¿Puede el hombre tener una relación como Particular con lo Universal?

Si el hombre de fe –de los cuales quedan pocos hoy en día-, se encontrara con alguna situación tal que tuviera que dejar de lado su sistema de creencias y, por ende, hacer una acción que fuera en contra de ella ¿Qué tan fácil lo haría y cuáles serían sus consecuencias para este noble ser humano? Una posible respuesta la presentó el filósofo danés S. Kierkegaard en su libro Temor y temblor. Si bien el escrito ha sido considerado como una de las principales obras del existencialismo, también trae a la luz algunas consideraciones prácticas para la ética moderna.

El tema del libro gira en torno al suceso relatado en el Génesis. Dios un día se le aparece a Abraham diciéndole que salga de su tierra y de su parentela, y lo lleva por una travesía por casi todo el Oriente Próximo, hasta llegar a Canaán donde le dice que le dará esa tierra a su simiente. El relato bíblico también comenta muchas de las experiencias y sucesos por las cuáles pasa Abraham, desde ir a Egipto a comprar alimento, salir a la guerra para rescatar a su sobrino Lot, cambiar de nombre, y, la imposibilidad de tener un hijo con Sara, su mujer. Este último suceso es de vital importancia pues la herencia de Abraham es nula; la promesa que le fue hecha de su descendencia se ve completamente anulada por el infortunio biológico que se les presenta. Sara, su mujer, le presenta la idea de tener un hijo con su criada Agar, sin embargo, el hijo de esta relación es producto de la desesperación de Abraham para conseguir un heredero. El hombre de la fe tendrá que esperar varios años, hasta que su edad sea indicio de su imposibilidad natural para tener un hijo, para poder confiar plenamente en la promesa que le había sido hecha y poder tener un descendiente legítimo con Sara. Abraham tuvo que pasar por una dura lección que lo llevó a dejar su entorno, no hacer caso de su situación –la avanzada edad que tenía-, y lo que parecía más real para poder vivir, una fe completamente personal con la persona que le había hecho la tan afamada promesa. La recompensa fue exitosa: Isaac nacía bien entrada la vejez de sus padres.

El hecho de que recalquemos el nacimiento de Isaac es para mostrar el gran aprecio que su padre le tenía. Había pasado por toda clase de desesperanzas y dificultades para que él pudiera nacer. Años más tarde, Dios le pide a Abraham que sacrifique a su propio hijo, al que tanto amaba. La narración bíblica no describe la sensación que tiene Abraham ante tan tremenda ordenanza; sin embargo, Kierkegaard introduce un concepto para aproximar lo que el hombre de la fe sintió en ese momento: la Anfaegtelse.

La Anfaegtelse, que también se puede traducir como inquietud o ansiedad. La designa Kierkegaard como esa sensación de inquietud religiosa ante el misterio de lo absurdo. Absurdo, pues la ordenanza que recibía iba contra los propios estándares de lo que se suponía ser la divinidad. Años enteros habían pasado para que él pudiera concebir un hijo, y ahora varios años después de tener a Isaac –aún sin descendencia-, le era pedido que su único hijo fuera sacrificado. Al respecto, incluso Immanuel Kant hace referencia en uno de sus últimos manuscritos, El Conflicto de las Facultades, del suceso bíblico. Kant hace la crítica de que ante tal situación Abraham debería haber respondido que al respecto de matar a su propio hijo, no está bien hacerlo por lo que no obedecería, y que ni siquiera estaba seguro de que esa supuesta voz fuese la misma voz de la divinidad, puesto que el hombre no tiene las facultades de poder conocerla ni escucharla.

Soren Kierkegaard no tomará en cuenta toda la crítica que hace Kant a la metafísica tradicional; por lo que la relación con la divinidad, si bien es subjetiva, se puede experimentar. El imperativo dado a Abraham es verdadero: tendrá que sacrificar a su propio hijo. Abraham, entonces, experimentará una suspensión teleológica de lo ético. En cuanto a lo ético, Kierkegaard lo entiende como lo general, la ordenanza que existe dentro de un fin (telos) existente. El fin (telos) es en cuanto fin, lo general. La tarea ética del individuo es dejar un lado su experiencia estética, basada en sus sentimientos y sensaciones corpóreas y externas, para unirse a lo general.

Cuando el individuo, en cambio, tiene una inclinación a enfrentarse como lo particular, el individuo cae en la sensación de Anfaegtelse, de la cual podrá salir sólo cuando se abandona como Particular en lo general. Al final del relato narrado en el Génesis, un ángel desciende prontamente a avisarle a Abraham que no sacrifique a su único hijo y le muestra un carnero que está en el lugar, el cual será, posteriormente, ofrecido como sacrificio. En realidad, la suspensión de lo ético –la orden de sacrificar a su propio hijo–, no fue una ordenanza general (y por ende, Absoluta), sino una situación para probar la fe de Abraham, el cual se halló irreprensible y saltó a la historia como caballero de la fe. Al final se reconcilió lo Particular la ordenanza específica que Dios le había hecho, y la angustia de Abraham, con lo Universal.

La suspensión teleológica de lo ético refleja mucha de la concepción del individuo de Kierkegaard. El individuo, en cuanto Particular, debe dejar su individualidad de lado para poder pasar a lo general, el cual es su fin, sin embargo, este hombre encontrará alguna situación que lo haga suspender lo ético, es decir, una situación en donde tenga que ir en contra de lo Universal. Es mediante el acto de fe que el hombre puede dar un paso siguiente y reconciliarse de nuevo con la Universal. La paradoja de este proceso está centrada en que, si bien existe una aparente y momentánea suspensión de lo ético, esta queda superada cuando el individuo da un salto de fe y se reconcilia de nuevo con lo Universal. Como Kierkegaard concluye al final de su obra: “De modo que, o bien hay una paradoja de tal especia que hace que el Particular como Particular se encuentre en una relación absoluta con lo absoluto, o bien Abraham está perdido”.

 

Kierkegaard, Soren. «Problemata.» En Temor y Temblor, de Soren Kierkegaard, 102. Madrid: Tecnos, 2001.

 

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Estudiante de Economía del ITAM. Filósofo frustrado. Me gustan los temas de religión, filosofía de la historia, ética e historia de la Edad Media. Mi pensador favorito es Immanuel Kant.

Aún me falta mucho por leer y conocer, pero me encantaría releer y reinterpretar algunos filósofos olvidados de la Edad Media, ya que considero que pueden aportar soluciones a la crisis de espiritualidad y exceso de materialismo que vivimos hoy en día.

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