Hablar del amor a través de un jardín

Hablar del amor supone aspectos muy difíciles de dimensionar. Y claro, esto sucede porque no vivificamos las emociones, los sentimientos y las experiencias de forma similar. Es más, conforme pasan los años, nuestras expectativas sobre el amor cambian, a veces de forma radical y otras sin darnos cuenta. Es por ello que me gusta ver al amor como un jardín que se adapta a las estaciones del año: por unos meses podrá florecer en su esplendor, y en otros pasará por sequías y fuertes fríos. Llenos de plantas que nunca florecerán, y otras que lo harán majestuosamente, algunas tendrán frutas y otras serán hierbas malas.

En los jardines no todo es belleza, también nos encontraremos con cardos que pueden espinarnos, plagas, hojas secas y flores marchitas, así es el amor, pues el propio hecho de amar también implica una serie de experiencias negativas, de momentos tristes, y por supuesto, de mucho dolor. Guardamos secretos que no contaremos a nadie, y no porque no encontremos en nuestro mejor amigo o amiga la confianza, sino porque ni siquiera podemos traducir esas vivencias a palabras. Tenemos un jardín secreto a donde vamos cuando queremos estar un momento a solas.

A veces estas situaciones tristes llegan a echar raíces en nuestra mente, pero lo peor es cuando  crecen en el corazón. En ese lugar, es donde se vuelve difícil de desenterrar, ya que las raíces crecen y crean miedos, los cuales nos cambian; modifican nuestra personalidad, nuestros gustos y nuestra forma de vivir la vida. El mundo comienza a girar hacia otro lado, o a veces simplemente deja de moverse, somos entes quietos, suspendidos en el tiempo y el espacio.

Sin embargo, nunca debemos dar por muerto nuestro jardín ni el amor. Siempre es imperante que volvamos a comenzar, a reflexionar qué salió mal, y cómo podemos convertir ese mal en algún bien para nosotres. Saber si nos hace falta agua, abono, o simplemente un poco más o menos luz. Nuestro jardín siempre estará en constante movimiento y somos responsables de lo que plantemos, cortemos y cosechemos en él. Es por ello que quiero compartir mi analogía del amor con aspectos de tener un jardín, pues no tiene que ser meramente físico ya que tenemos un jardín dentro de nuestro ser.

Quisiera comenzar aclarando que el amor al que me refiero no se trata únicamente de una relación sentimental con una pareja. En nuestro jardín encontraremos diversas flores, cardos, semillas, hojas, colores, tallos altos, pequeños hongos, en fin, una diversidad de plantas y representaciones de ellas. El amor se manifiesta y se disfruta de diferentes formas, tamaños, colores, aromas y sensaciones. Esta reflexión fue escrita escuchando “folklore” el álbum más reciente de Taylor Swift, por lo que puede que te ayude a conectarte mejor con lo que leas, te recomiendo iniciar en “my tears ricochet” y continuar el listado en el orden determinado.

Vía @bethanjanine

Las semillas en la tierra

Nuestra primera experiencia del amor es muy confusa, no tenemos el registro primario de en qué momento comenzamos a experimentarlo, pero suponemos que es en el hogar, junto a la familia que nos vio crecer y estuvo en nuestro cuidado. Conforme pasaban los años, aprendimos a amarlos. Pero, eso también resultó una experiencia de desconcierto, ¿realmente era amor?, tal vez esa confusión nos hizo creer en algún momento de nuestra infancia que, si huíamos de casa estaríamos mejor. Que si fuéramos semillas de diente de león dejándose llevar por el viento a lugares inimaginables, podríamos disfrutar de la libertad de ser la persona que deseábamos.

Después de algunos años aprendimos a vivir con nuestra familia, claro, algunos la han tenido mucho más difícil. Porque supieron lo que era realmente el amor, cuando perdieron a alguien especial, mamá, papá, hermano, hermana o alguna abuela. Ahí conocieron que amar suponía también sentir dolor. No obstante, también el amor de nuestra familia nos ha ayudado a salir adelante. Porque eso sí, lo digan o no, sabemos que quieren lo mejor para nosotres, no todes, pero sí los suficientes. Y por supuesto, nosotres para ellos y ellas. No estamos obligados u obligadas a amar a todas las personas de nuestra familia, no todas las semillas en la tierra llegan a germinar. Y tampoco necesitamos plantar todas las semillas que nos encontremos en nuestro jardín.

Vía @bethanjanine

Flores silvestres

Ahora, me gustaría hablar sobre el amor que encontramos con personas que se vuelven un reflejo. Personas que se hacen compañeras de aventura, derrotas y experiencias únicas: me refiero a nuestras amistades. Hay algunas que comienzan de formas muy extrañas, unas muy inesperadas y otras demasiado graciosas. Lo trágico es cuando se marchitan. Cuando descubrimos mentiras, secretos que nos dañan, o tal vez simplemente tomamos diferentes caminos que nos modificaron y nos hicieron personas distintas a las que alguna vez se juraron amistad eterna. Hay amistades que se vuelven enredaderas maliciosas, que traicionan la lealtad, que nos hacen dudar de volver a confiar en alguien de esa manera. Eso es algo que cambia nuestra forma de socializar.

¿Cómo confiar en alguien más de este planeta?, esas experiencias nos hacen creer que tal vez es mejor dejar a las amistades en el campo en el que las conocimos, es decir, los asuntos del trabajo se quedan junto a las personas de la oficina, así como las del colegio, vecinos, compañeros/as de proyectos, etc. Aunque el universo no es del todo perverso, porque de repente, en el momento menos esperado, nos pone a una flor silvestre; por lo regular muy rara y sin gracia para muchos, pero para nosotres, la flor más cool y graciosa. Con una belleza única e irrepetible. Créeme, esa es la señal, una flor que te haga reír y a la que tú puedas hacer reír. Porque la risa sana. Pero también nos ofrecen sus hombros para descansar, para llorar, y nos abrazan tiernamente. Sin culparnos, sin regañarnos. Solo están y eso es suficiente.

Las flores silvestres que no fueron producto de nuestros esfuerzos son las que le dan un toque especial a nuestro jardín. Nos sentimos agradecidos por haber elegido nuestra tierra, y coincidir en esta travesía. De darnos un toque especial y ser parte de esta locura llamada vida.

Vía @bethanjanine

Árboles frutales

Como seres sociales, siempre estamos en búsqueda de un grupo que coincida con nosotres en ideología, gustos, pasiones y aspectos en común. Pero, llega un momento en el que encontramos a una persona con la que conectamos –o no sé, algo sucede-, pero sientes que hay algo ahí, y que debes descubrirlo. Y bueno, para quienes han tenido experiencias anteriores, resulta ser un reto demasiado difícil. Surgen millones de preguntas, -tanto que no terminaría de enunciarlas-, pero sé que las conocen muy bien. Esa inseguridad ha sido desarrollada como un mecanismo de defensa.

Apareció una planta en nuestro jardín, a veces ni siquiera nos dimos cuenta de en qué momento fue plantada. En otras ocasiones, fuimos nosotres quienes la seleccionamos, y poco a poco fuimos acercándonos a sus cuidados, conociendo lo que le gusta. Hasta que, en un instante, nos dimos cuenta de que ya estaba floreciendo. Listo para ser polinizado y así crear frutos. Sin embargo, nos preguntamos ¿realmente me gustarán esos frutos? ¿Y si no da frutos? ¿Y si sus raíces terminan destruyendo mi jardín? ¿Cómo tener certeza de algo?

Una relación de romance con una pareja establecida no es la norma en nuestra vida. Eso es algo que todes debemos aprender y aceptar. No porque muchos tengan una relación y la presuman en redes significa que debamos aspirar a ello. Nuestra soledad también es valiosa, manejar nuestros tiempos, ir a nuestros lugares favoritos, comer lo que se nos antoje, eso también es un símbolo de amor. Porque nadie nos conoce mejor que nosotres.

Y para quienes son primerizos o primerizas, se enfrentan a diversos escenarios que al final, resultan confusos porque no conocemos cómo debe ser una relación. Las hemos visto en películas, en nuestra familia o nuestros amigos y amigas pero, en realidad no existe un modelo de relación. Cada quien lo establece cuidando de su integridad, de su estabilidad emocional y sentimental. No se trata de estándares o expectativas establecidas para quien resulte ser la persona candidata, sino que aprendemos a conocernos con el tiempo, y sabemos por cuales caminos no volver a pasar.

Aquí aparece una pregunta interesante: ¿las personas en una relación son para siempre? La ambigüedad de su respuesta recae en que, como seres sociales siempre estamos en constantes cambios. Nos adecuamos a las circunstancias o, a veces, vamos en contra de ellas. Y lo mismo pasa en las relaciones. No seremos las mismas personas al inicio, que un año después, y así sucesivamente. Si pretendemos que una relación crezca y madure en temporalidad, es necesario crecer juntos, no de la misma forma, pero sí en una sintonía en donde disfrutemos a la otra persona y de los momentos que pasemos junto a ella y sentirnos libres de ser quienes queramos ser.

No porque nuestros amigos o amigas tengan árboles frutales y son felices con ellos, significa que nuestro jardín también deba tener uno, y que dé la misma fruta. No tenemos que convertirnos en un manzano si a nosotres nos gusta ser agridulces como las naranjas. No tenemos que tener el árbol frutal en nuestro jardín si su fruta no sabe bien o si está acaparando más espacio del que se esperaba. Si de repente absorbe más nutrientes, nos nubla del sol y se convierte en una planta tóxica, es momento de pensar si ha llegado el momento de rescatar nuestro jardín. Si pretendemos que el árbol frutal permanezca a nuestro lado, debemos sentirnos bien de tenerlo. De protegernos en sus hojas cuando haya mucho calor, o de sentarnos junto a él para leer y disfrutar de sus frutas; así como nuestro árbol crecerá gracias a los cuidados que le demos. Si el aroma de sus hojas y sus flores nos reconforta y nos da paz, ese es el árbol que buscábamos.

Vía @bethanjanine

Plantas en macetita

Existe un amor que jamás nadie podrá superar, ni siquiera igualar. Y esto es porque siempre que lo recordemos nos hará querer llorar. Es diferente a un ser querido de nuestra familia, amigos o amigas. Se trata del amor que nuestras mascotas comparten con nosotres. Uno de los amores más bellos e incondicionales que existen. Y si hemos perdido a alguien, sé que comprenderán junto a mí lo difícil que es recordar.

Y es que el amor de nuestras mascotas siempre nos mueve a un mundo de paz. Donde podemos verlos a los ojos y sentir que nos abrazan fuertemente. Ese amor que nunca sabemos cómo fue creciendo, pareciera que se crea de la nada y dura para siempre. Porque son las criaturas más hermosas, porque nunca nos lastiman, no afectan a la lealtad y siempre estarán ahí para nosotres.

Es por ello que las cuidamos mucho. Las protegemos en pequeñas macetitas adornadas con mucho cariño. Las regamos delicadamente, y siempre estamos al pendiente de sus necesidades. Podemos pasar horas contemplando a nuestra pequeña plantita, y pensar que el mundo esconde bellezas y somos personas afortunadas por encontrar una de ellas.

Vía @bethanjanine

Jardines distintos. Todos hermosos.

No todos los jardines son iguales, todos tienen plantas distintas, colores diversos y están arreglados de una forma particular. Les presenté algunas de las muchas formas de cómo se puede manifestar el amor a través de flores, árboles, semillas y macetitas, pero no todo está definido para un jardín. Alguien quizá le quiera agregar una fuente, sembrar más flores, poner cactus, tener duendes protectores, o podar las hojas geométricamente. Así se manifiesta el amor: de formas diferentes y especiales para cada persona; tan extraño y confuso. Se percibe mágico, luminoso o en diferentes colores.

También cada une de nosotres hemos simbolizado para otras personas una parte de su jardín. Hemos sido semillas, flores, árboles, y tal vez también fuimos cardos o malas hierbas. Todes tenemos un jardín, y ese jardín somos cada uno de nosotres. Nuestro ser, nuestra mente, nuestro corazón, nuestra propia vida, todo ello consolida un hermoso jardín. Algunos han pasado por travesías más duras, otros son pequeños jardines que van aprendiendo de cuidados. Al final, la enseñanza del amor no depende del tiempo o el lugar, sino de cuánto amamos y cuánto nos dejamos amar. Miedos pueden haber muchos, tal vez alguna planta no creció como esperábamos, sin embargo, debemos tener en cuenta que hay muchas más en nuestro jardín. Tenemos que perder ese miedo a fracasar o salir dañades con espinos y plagas que atentan contra nosotres.

Al final, el tiempo en este mundo es muy corto, la vida no está en nuestras manos, así que mejor dejemos que las estaciones del año nos lleven. Que las brisas de primavera nos hagan florecer, que el calor del verano nos haga reflexionar, que los fuertes vientos de otoño nos enseñen los misterios de la vida y que los crudos fríos del invierno nos permitan llorar y regar nuestro jardín interior. Toma todo lo bueno de la vida como abono, y lo malo, déjalo reposar hasta que sea útil. Vive el amor con locura, ríete, llora, disfruta, canta, grita, desahógate, enójate, aliméntate, salta y descansa. Tú eres la única persona que sabe lo valioso que es tu jardín, cuídalo con mucho amor.

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Joven oaxaqueño formado en Ciencias de la Educación. Aprendiendo constantemente de las diferentes realidades sociales. Disfruto viajar y vivir México a través de sus culturas, arquitectura, gastronomía y misticismo. Amante del café, los momentos entre amigos y la música.

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