Está bien no estar bien

Durante la aparentemente interminable pandemia, he vuelto a mi vicio de la preparatoria, caracterizado por series —mejor conocidos como “dramas”— coreanos. El drama que ahora estoy viendo lleva por nombre el mismo que el título de este artículo. Esta frase, repetida a lo largo del drama en posters y en menciones de las y los diversos personajes, se volvió desde el principio en una de mis frases favoritas de la pandemia. Este artículo no se trata del drama, ni de lo maravillosos que son estos programas —en serio, véanlos— sino de lo importante que es recordar esta frase y de la enorme fuerza que me ha dado en esta época difícil que estoy viviendo.

Dicen que el cáncer te cambia la vida, nunca había pensado en esa enfermedad como algo remotamente cercano a mí o a mis seres queridos, siempre lo vi alejado de mi realidad, algo que únicamente pasa en las series y películas tristes, una ficción desgarradora, pero que termina cuando apagas la televisión o cierras tu computadora. Sin embargo, el cáncer decidió hacerse presente en mi abuelita, quien tiene 86 años y a quien yo llegué a ver como indestructible. Me parece gracioso que su primera reacción fue decir “hierba mala nunca muere”, tal vez en alusión a lo sana que siempre ha sido.

No se engañen por mi cara de felicidad y mis chistes inapropiados, no piensen que mi pésimo mecanismo de autodefensa —suprimir todo lo que siento hasta que parezca que no siento nada— es real… la noticia me rompió el corazón y la tormenta que llenó los ojos de mi madre provocó un huracán en mí. Me imaginé —tal vez egoístamente, no importa— lo que sería mi vida si fuera mi mamá en esa situación y, por primera vez, noté lo frágiles que son nuestros seres queridos y lo efímeras que somos todas y todos nosotros… mi primer pensamiento fue platicar con mi abuela y decirle cuánto la quería y que la apoyaba.

La segunda reacción de mi abuela fue la secrecía en lo relativo a su enfermedad… no deseaba que nadie supiera lo que le estaba pasando, tal vez por temor a verse débil, tal vez como un intento de negarlo hasta que desapareciera. Las palabras no salieron de mi boca y mis ojos evitaron verla; aún hoy lo evitan, aunque un poco menos, pues por primera vez veré a alguien que realmente amo librar una batalla con una enfermedad tan agresiva. A raíz de esto me puse a pensar lo difícil que es, en ciertas circunstancias, decirle a la gente que queremos cuánto la queremos.

¿Cómo expreso mi amor y mi apoyo sin que parezcan despedidas? ¿Cómo escribo un “estoy para ti” sin que suene a que estoy diciendo “me necesitas”? La respuesta es intercambiable dependiendo de quién le dé respuesta, es decir… depende, esa palabra —más muletilla— tan molesta, pero realista. No soy muy buena con la expresión oral, así que las letras, comas, puntos y finalmente oraciones siempre me han parecido una buena manera de decir lo que pienso y siento, sobre todo cuando mi cuerpo y mi mente saben que si comienzo a hablar voy a convertirme en torrentes montañosos e incesantes, pero no importa… está bien no estar bien.

Está perfecto no saber cómo reaccionar, está interesante quedarse pasmado ante lo difícil… está bien. Nadie nos enseña cómo afrontar el dolor ajeno que se siente como propio; nunca nos dan una clase de cómo afrontar el miedo a lo que se acerca poco a poco; jamás nos han mencionado algo importante: está bien no estar bien. Se vale guardarse en un ovillo de nervios mientras resolvemos nuestros afectos, desenmarañarnos poco a poco hasta que sepamos cómo reconstruirnos para comenzar a cuidar lo que necesitamos cuidar. Da igual si reaccionas rápido o lento, siempre y cuando reacciones, siempre y cuando no añores, tomando decisiones y no quedándote perpetuamente meditando.

Si puedo decirle algo a mi Gloria es que me duele verla mal y me duele no poder hacer nada más que recordarle que la amo. Le puedo asegurar estar ahí para escuchar o hablar, incluso para recostarnos a ver la TV en esos días que su cuerpo le pida descanso. Le puedo decir que es cierto que superará todo, pero no porque sea hierba mala, sino porque es una mujer fuerte.  Por sobre todas las cosas, le puedo prometer que una enfermedad no cambiará la poderosa mujer que es, porque si hay algo que diario le diré es que superaremos esto y que está bien no estar bien.

¡Hey! Estudio Derecho en el ITAM y tengo 23 años. Soy promotora de los Derechos humanos, y más particularmente de la salud mental. Me interesa mucho la filosofía, particularmente en cuanto a la formación individual del humano, tanto de manera colectiva como individualmente.

Siempre abierta al conocimiento de diferentes perspectivas de manera cordial y respetuosa. Nunca se sabe suficiente del mundo y siempre estamos construyéndonos.

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