Érase una vez en diciembre

El viento de los últimos días de diciembre azota las ventanas, acompañado a este ruido nocturno de las dos de la madrugada, los delicados dedos de Emile Pandolfi tocan una versión de piano de Once Upon a December, el aleatorio ha hecho caer esa canción haciendo un match curioso con la fecha. Los últimos días de diciembre se acercan con las festividades que suelen traer entrelazadas a sus heladas manos. Una época ilustrada como de amor y felicidad, relatada en los audiovisales con risas madrugadoras, bebidas calientes y un abrumador sentimiento de paz. Maravillosas fechas, aparentemente, a los ojos de la mayoría y que, sin embargo, para algunos son una suerte de interminable y laberíntica pesadilla. Alza en depresión y suicidios, estadísticas malditas que relatan lo que hay más allá de esas fotografías de familias cenando y riendo, celebraciones nocturnas, copas burbujeantes de espuma. ¿Qué veríamos en una fotografía de la depresión decembrina? Probablemente, la imagen de un rostro empalidecido por la falta de sueño, ojeras desmedidas, tazas de café a medias y ya frías; veríamos las lágrimas corriendo a través de heladas mejillas y la mirada de la incapacidad emocional reflejada en un par de cuencas vacías. El paisaje sería poco menos que decepcionante, un gris constante o una nada interminable. Veríamos un par de puños cerrados, venas endurecidas, ira interminable cuya fuente es indefinida.

¿De dónde viene tanta oscuridad? ¿Por qué el vació se aproxima apagando todas las farolas encendidas? Los estudios médicos dicen que esto es debido a que son estas fechas donde una gran mayoría voltea hacia la perspectiva. Llega a la cima y lo único logrado, a los ojos errantes del desesperanzado, son una serie de fracasos, batallas mal logradas, heridas incurables, tristeza insesante, ¿sabe que esto no es real? ¿Es consciente de que ha elegido ver únicamente la destrucción dejada por sus tornados? En momentos sí, en otros definitivamente no puede ver que ha dejado muchísimo de lado, ¿no alcanza con lo que el sol de la mente ha iluminado? No, no alcanzaría ni con el abrazo más cálido, porque la nieve del invierno ha invadido todos los tejados y no es de esa nieve suave y delicada que se escapa como polvo entre las manos… más que nieve, los copos son suertes de cristales que de a poco se encarnan en la mente, hiriéndola, debilitándola, helándola. Puede parecer que el sentimiento que carcome a quien lo padece es interminable, sin embargo, pasadas las fechas y celebraciones, de pronto, el malestar poco a poco se desvanece. ¿Fue solo un capricho? ¿Es el berrinche de la tristeza? La respuesta es negativa en definitiva.

Este malestar tiene un nombre y es uno de los padecimientos psicoemocionales más comunes en el mundo, conocida como la “Depresión Decembrina”, la afectación antes descrita es una de las que lleva a la estadística de la salud mental a sufrir severas modificaciones durante el último mes del año, especialmente en los índices de ansiedad, suicidio y, como se ha mencionado, depresión. Sumado a lo mencionado, la situación global traída a causa de la, aparentemente interminable, cuarentena, ha provocado que estos números crezcan y las dolencias se agraven. Afortunadamente, al igual que un número importante de los problemas de la vida, hay una solución a esto y no es solamente el tiempo. La psicoterapia; los días llenos de actividades planeadas rutinariamente para salir, aunque sea ilusoriamente, del interminable hastío; meditación. Creo, sin embargo, que la solución más efectiva es el entendimiento de lo normal e inavitable que este padecimiento es, pues hay un poco de vergüenza en sentirse miserable cuando todo y todas las personas a tu alrededor parecen estar embalsamadas en un júbilo inquebrantable y casi místico. Citando a uno de mis autores menos favoritos, “el dolor demanda ser sentido” aprendamos que no hay conflicto en el dolor decembino.

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¡Hey! Estudio Derecho en el ITAM y tengo 23 años. Soy promotora de los Derechos humanos, y más particularmente de la salud mental. Me interesa mucho la filosofía, particularmente en cuanto a la formación individual del humano, tanto de manera colectiva como individualmente.

Siempre abierta al conocimiento de diferentes perspectivas de manera cordial y respetuosa. Nunca se sabe suficiente del mundo y siempre estamos construyéndonos.

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