Enamorarse como acto revolucionario

Personalmente, creo que la parte más difícil de una separación de pareja es cuando ves la oportunidad de iniciar de nuevo con una persona distinta. Cuando alguien nos lastima o nos traiciona, siendo nuestra pareja afectiva, muchas veces creemos que no volveremos a sentir el amor de nuevo o que nos volveremos incapaces de estar en una nueva relación. Sin embargo, no pienso que sea cuestión nuestra, sino una vertiente del sistema que nos quiere ver infelices para caer en conductas consumistas o dañinas para nuestro cuerpo, como tratar de sustituir el amor con cosas materiales o con trabajo excesivo, aún que este no sea remunerado como merece. Por eso mismo es que creo que iniciar de nuevo es la parte más difícil, porque, no sólo nos acompaña lo antes mencionado, sino también decenas de inseguridades sobre si nos lastimarán de nuevo o sobre si nosotras hicimos algo mal en la antigua relación. Aquí es donde entra el título de este escrito, porque confío firmemente que enamorarnos puede ser un acto revolucionario.

Para empezar, hablemos del amor romántico, esta práctica violenta y misógina en la cual normalizamos muchas cosas como el dolor o la miseria. Justo conductas como estas nos lastiman constantemente y, no sólo de manera individual, sino también colectiva. En los feminismos se habla de que lo personal es político y sí, las emociones de las otras personas deberían ser asuntos de importancia y comunales, no individuales y reservados, porque si compartimos nuestras experiencias, como grupo nos nutrimos de ellas y tejemos redes de apoyo, solidaridad y empatía que nos ayudan a estar mejor con nosotras mismas. Esto guía a autocuidados y bienestar común, que es directamente una forma de rebelarnos al sistema. No ahondaré en el tema del amor romántico porque hay mucho para decir y creo hay otras mujeres que lo han estudiado más, como Coral Herrera o Raquel Ramírez, pero no podía iniciar a contar mi historia sin mencionar este lado del sistema.

Y pues sí, aun siendo feministas deconstruidas, caemos en el juego del amor romántico. Hace unos meses, una persona me lastimó tanto que dejé de cuidarme y de quererme. Estaba hundida en una tristeza que parecía no tener fin y, claro, pensé que no volvería a amar y no sólo por pensamientos míos, sino como decisión para tener la “seguridad” de que no me volverían a herir así de nuevo. Afortunadamente, mis ganas de ser feliz fueron más fuertes, así que decidí ir a terapia, un privilegio, por cierto, pero uno que no debería serlo. Trabajé con una mujer maravillosa llamada Andrea, a la cual estimo mucho porque me guio con ternura y empatía. Así, en unas cuantas sesiones, estaba consciente de mis sentimientos y me encontraba libre de emociones relativas a esa persona. Decidí fluir con la vida y sin duda alguna eso trajo consecuencias maravillosas, pues semanas después me encontré sonriendo al leer los mensajes de otra persona y era una sonrisa distinta, ya saben de qué tipo.

No quise apresurar nada y me cuestioné bien sobre lo que sentía por responsabilidad afectiva para ambas partes. Pero, luego de mapas mentales sobre mis emociones y largas charlas conmigo misma, me di cuenta que mis sentimientos hacia él eran verdaderos, así que una buena noche le dije y me correspondió. Con él he empezado una vida acompañada de ser y sentirme verdaderamente feliz, creamos acuerdos y cuando tenemos inseguridades, las decimos y trabajamos en ellas de la mano; tenemos empatía por la otra, cuidamos nuestras emociones y estamos conscientes de esa responsabilidad afectiva. Así, él y yo, comenzamos a querernos de maneras no tradicionales, pero sí mejores, y eso es un acto revolucionario.

Para encontrar alguien que vibre de una forma en la que nos haga bien, hay que estar primero en paz con nosotras mismas, alimentarnos para nutrirnos, meditar, ejercitarnos y, en general, cuidarnos; pero siempre recordando que no podemos ser espirituales sin denunciar las injusticias sociales. Siempre estaré agradecida con quienes estuvieron en mi pasado, pero hoy me doy cuenta que merezco algo mejor, ser querida, amada, cuidada y respetada.

Entonces sí, creo que enamorarnos o decidir perder el miedo a enamorarnos puede ser un acto revolucionario, pero también hay que enamorarnos de nosotras mismas y disfrutarnos mucho. De esta forma, podremos compartir y crear el amor desde otros espacios y conductas que nos lleven a reivindicar el amor.

-Mariana Jasso

 

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