El recuerdo está ahí

Muchas cosas nos hacen recordar los momentos especiales. Un objeto, un lugar, una palabra o más aún, un sabor. No creo ser la única, pero aún recuerdo esa sensación de estar compartiendo una comida con amistades que ya no están aquí conmigo y siento una gran nostalgia en mi interior… un sentimiento que jamás podré explicar. Evidentemente, soy del club que le toma fotos a su plato apenas llega a la mesa, pero el motivo va más allá de solo compartirlo a redes sociales o algo así, porque sé que al mirar esa foto en un futuro, reviviré ese momento y esa sensación inexplicable regresará a mí.

Para muchos será irrelevante, pero si eres como yo, ten por seguro que comprendo tus sentimientos y la pasión que puedes llegar a sentir cuando le compartes a alguien querido tu platillo favorito en tu restaurante especial. En lo personal, mi curiosidad es muy grande y me gusta saber el lado lógico de las cosas. Así que pensé que esta pequeña cualidad lo tendría también, y así lo fue.

Según un estudio realizado por la Universidad de Massachusetts, la memoria de la comida es más estimulante que otros tipos de recuerdos porque involucra los cinco sentidos, es decir que es un tipo de memoria sensorial al 100%. Por lo tanto, su estímulo tendrá un efecto mayor. Esa melancolía (ya sea positiva o negativa) que sientes al recordar esa cena o esa emoción de un desayuno, se debe al impacto que tuvo ese momento en ti. La calidez que puede provocar dentro de ti el pensar en ese día que probaste por primera vez algo nuevo, siempre estará contigo.

De igual forma, lo mismo sucede con los sentimientos negativos. Esto se explica por un efecto asociativo (es decir, que es fácil de relacionar con otros factores) llamado “aversión condicionada al gusto”, que surgió como una estrategia de supervivencia para nuestros antepasados. Esto sucede cuando nuestro cerebro relaciona cierto alimento con una experiencia favorable o incluso desfavorable, como esa vez que te intoxicaste por comer un helado de mamey —sí, si pasa— y no quieres volver a probarlo en tu vida. Es por esto que los recuerdos que poseemos de cierto alimento son tan fáciles de asociar y poseen un gran poder en nuestro sentir futuro.

A esto, también se le añade el factor del olor. El aroma, de acuerdo a estudios psicológicos, tiene un gran vínculo con la memoria autobiográfica (aquella en la que se encuentra toda nuestra historia personal y los recuerdos de nuestro pasado). El bulbo olfatorio que se encarga del sentido del olfato, está ligado a las áreas del cerebro asociadas a la memoria y experiencias emocionales. Por eso, el aroma se convierte en algo tan evocador.

Pero además de que la experiencia de comer involucra todos nuestros sentidos e incluso un instinto de supervivencia, también se relaciona con el contexto. Por eso, un cierto alimento tiene la capacidad de recordarnos la experiencia completa que tuvimos en determinado momento. El contexto se refiere a la situación en qué se dio tal comida, qué festajabas, con quién estabas y más detalles. Toda esta información regresa a nuestra mente y nos podemos sentir inmersos en esa sensación otra vez.

Teniendo una combinación de estos elementos, los recuerdos de la comida se convierten en unos de los más poderosos y también en unos de los más queridos. Llega un punto en el que ese platillo tan rico que prepara tu familia en tu cumpleaños, es más que solo eso. Es un símbolo. Pero lo interesante es que para este proceso de creación de recuerdos gastronómicos, nuestro cerebro emplea ciertas áreas de él que trabajan de una manera inconsciente para nosotros. Es decir, que estos recuerdos se crean de una manera involuntaria y aún cuando no te des cuenta, se forman vínculos emocionales entre cierto alimento y las memorias que se encuentran en nuestro inconsciente.

Los alimentos entonces, se convierten en descencadenadores de sentimientos. También, en ocasiones especiales, la comida se vuelve parte de tus recuerdos más añorados. Te hacen sentir como si tuvieras 10 años otra vez. Como si otra vez, toda tu familia estuviera aquí contigo disfrutando una cena de Navidad con un buenísimo pastel de tres leches con coco como postre. Como si estuvieras otra vez con tu abuelita viendo alguna telenovela mientras comes biscotelas. Como si estuvieras otra vez en la primaria comiendo tamborines y algún sandwich que tu mamá te hizo. La nostalgia que estos recuerdos generan es inmensa. Incluso podría describir esta sensación del recuerdo como un deja vú, pero tal vez en este caso, un dejavú gastronómico.

Creo que despues de todo, cada uno posee su propia colección de comidas familiares, compartidas con amistades valiosas o con la gran compañía de uno mismo. Cada una con sus sabores y recuerdos únicos. Y siempre podemos regresar a ellos, para detener el tiempo aunque sea por unos minutos. Tal vez no podamos recrear esos momentos, pero podemos revivir esos sentimientos. Así que por favor, no invites a cualquiera a tu restaurante favorito, porque el recuerdo siempre estará ahí y con estos lugares tan especiales no puedes correr ese riesgo.

 

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