Dolerse en tiempos de Coronavirus

Por: Valeria Garza

La noche del pasado 1 de agosto, después de haber cumplido con mis tareas asignadas del nuevo negocio familiar inaugurado y motivado por la falta de trabajo, me puse cómoda para ver en el Facebook Live de la Feria del Libro Independiente de Valparaíso, la presentación de la edición aumentada de Dolerse: textos desde un país herido, de Cristina Rivera Garza.

El libro, aunque ya había leído anteriormente su pasada edición, me parecía completamente nuevo. Escuchar en voz de la poeta chilena Rosa Alcayaga el contundente “Discúlpeme, Señor Presidente, pero no le doy / la mano / usted no es mi amigo”, versos que abren la primera parte del libro y que abren, a su vez, las heridas de la voz de Luz María Dávila, mujer que perdió a sus dos hijos en la masacre de Villas de Salválcar en Ciudad Juárez, provocó que se me volviera a enchinar la piel. Pensé, aunque luego me arrepentí de haberlo pensado, que no había una ocasión más ad hoc para presentar un libro sobre el dolor que en medio de una pandemia. Me pregunté cuándo había sido la última vez que sentí dolor y qué significaba sentirlo. Me pregunté cuándo había sido la última vez que verbalicé mi dolor con alguien. Cuándo había sido la última vez que me condolí.

Terminada la transmisión, busqué entre mi librero las letras rojas imperdibles del título hasta encontrar el libro en su edición pasada. Comencé a releerlo. Encontré subrayado un fragmento de la introducción en donde, partiendo de Adriana Cavarero, se dibujaban las diferencias entre el horror y el dolor. El horror no emite palabras, nos hace abrir la boca y morder el aire. El dolor, en cambio, es un lenguaje. Un modo de articular lo inimaginable y de permitirnos levantar la voz ante el silencio. De ahí que dolerse sea tan importante, de ahí que poner en diálogo nuestros dolores y compartirlos con otros sea el modo de comunicarnos y condolernos del sufrimiento ajeno.

Cerré un momento el libro y levanté la vista. Recordé que Cristina dijo durante su presentación que el dolor involucra al cuerpo. Y la pandemia también lo involucra. Y lo hiere. Y lo vulnera. Recordé los mensajes transmitidos en televisión que exhortan a la población vulnerable a extremar las medidas de higiene: personas con ciertos padecimientos, ancianos, niños y mujeres embarazadas. Recordé un libro de Judith Butler que habla sobre la vulnerabilidad, donde afirma que todos, sin excepción, somos vulnerables. Porque somos humanos y porque, como cuerpos, estamos siempre expuestos y en relación con el mundo y con los otros. Pensé en las medidas de higiene y en los nuevos modos de relacionarnos evitando el contacto físico. Pensé de nuevo en el dolor y en sus diferentes formas. El dolor del que se queda sin trabajo. El dolor del que va a trabajar con miedo. El dolor de las noches de insomnio. El dolor de los ataques de ansiedad. El dolor del enfermo y de su soledad. El dolor de los familiares del enfermo y de su impotencia. El dolor de la muerte. El dolor de no poder despedirse.

En tiempos de COVID, cuando el distanciamiento social es un requisito, ¿cómo acompañar a alguien en su dolor? ¿Cómo condolerse? Cerré el libro de letras rojas para intentar encontrar respuestas en mi mente. Pensé en mi familia y en los dolores silenciosos que se esconden en sus caras sonrientes y positivas.

Recordé lo vulnerables que son y que soy. Que somos. Pensé en mi mamá y en su abrazo que me dice que, aunque también tiene miedo, no debo perder la fe. Recordé la sensación de sentirme abrazada por personas a las que quiero y no puedo tener cerca. Recordé la sensación de sus palabras y de sus diferentes maneras de comunicar lo que sienten.

Noté unas lágrimas que bajaban por mi rostro y encontré respuestas. Las respuestas habían estado siempre ahí. La única manera para condolernos, para acompañarnos, es con el lenguaje mismo. Y no, no se trata únicamente de mandar mensajes instantáneos que llegan a cualquier parte del mundo sin necesidad de contacto físico, sino de estrechar vínculos y de ser empáticos con los que nos rodean. Se trata de dolerse y condolerse. De comprender que aquel que sale todos los días a la calle tiene sus propios dolores al igual que el que no ha salido desde que comenzó el confinamiento. De percibir los distintos modos en que alguien sufre y hallar el modo para decirle “Estoy contigo”. Se trata de encontrar una manera de comunicarnos que nos haga más humanos.

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