Diario de un Año Pandémico: Depresión, Pizarnik y una Distancia de Rescate.

Siempre se cuenta con un libro como amuleto, un libro que se atesora, que se encarna en nuestro cuerpo para siempre, está cosido al corazón. El mío se encuentra amarillento, con manchas de café porque se impregna de mi aroma. El café que me sirvo y que en efecto voy tirando distraídamente en el camino. El libro es uno de poesía completa de Alejandra Pizarnik. Lo llevo a todos lados, hojeo las páginas y elijo de manera azarosa un poema o a veces dos. Depende mucho de mi estado de ánimo en el día, sí es un día soleado o nublado. Si es soleado, necesitaré dos dosis de Pizarnik porque el calor me sofoca, me lastima, me nubla el ánimo. Si llueve, no leo a Pizarnik, prefiero leer otro tipo de cosas. Pero la dosis es diaria, es como la receta que me prescribe mi psiquiatra. Rigurosamente tengo que tomar una tableta de escitalopram en la mañana. Rigurosamente tengo que leer un poema de Alejandra. Contraindicación: no abusar de su consumo, puedes tener una repentina sensación de pesadumbre.

Vía Librería Norte

El día que escribí esto, ya había leído mi respectivo poema pizarnikiano. Se llama “La Carencia”:

          Yo no sé de pájaros

          no conozco la historia del fuego.

          Pero creo que mi soledad debería tener alas

Alejandra sin saber, volaba, nunca se dio cuenta que tenía alas, nadie le dijo que tenía alas. Ella y su soledad se quedaron enjauladas, nunca les abrieron la rejilla. El mundo la abandonó para luego abandonarse ella misma. Abandonarse es un verbo lúgubre, me abandoné como Alejandra, al menos por un tiempo y, hasta ahora, es que comienzo a reencontrarme. Nunca supe con exactitud cómo pasó, en qué momento empezó todo. Un día estaba feliz por haber ya egresado de la facultad de psicología, estaba feliz por haber conocido a personas muy lindas en Toronto durante dos meses de haber vivido allá. De pronto, sentí una pesadez regresando a Mérida, como si hubiera tenido que cargar con todo el peso del mundo, con todos sus problemas, con todas sus catástrofes. Me sentía piedra.

(Al menos las piedras sienten la caricia del viento, al menos son abrazadas por las olas. En cambio yo me sentía inerte, como las piedras. Todavía, hay días en las que me sigo sintiendo piedra)

Me sentía mareade, sin lugar, sin saber que hacer de mi vida. A lo mejor era la nostalgia de abandonar Toronto o que en parte temía tener que tomar nuevas responsabilidades, pasar página para comenzar a escribir otro nuevo capítulo en mi vida. Sabía que eso que sentía no era nostalgia, porque recuerdo con alegría ese momento, pero supe decir adiós, tuve la certeza de saber que mi cuerpo me estaba hablando, era mi cuerpo pidiendo auxilio. Le doy gracias a una tía que me supo hacer notar que algo en mí estaba distinto, que me notaba distraíde, desvelade, irritade, con un semblante de cansancio. Ya me lo habían dicho mis padres y mi hermano con regularidad, pero hizo falta que una voz distinta me lo hiciera saber.

Ilustración de Fabiola Olvera

No se necesita que las personas se compadezcan de las personas que vivimos con depresión ni tampoco necesitamos porras como si con palabras de motivación se curara una herida expuesta. Lo que necesitamos es alguien que nos escuche, que nos brinde su cercanía, su amistad, su soporte. Una voz amiga que no juzgue pero que tampoco invalide todas nuestras emociones y nuestras broncas. Necesitamos a una persona a distancia de rescate, que respete nuestros procesos y nos acompañe en nuestro camino de recuperación.

Todavía me encuentro empezando mi recuperación, acompañado de amigues que me aman, familia que me tiende la mano, mi psicoterapeuta  y los poemas de Pizarnik que me recuerdan que mi soledad tiene alas para sentirse acompañada, porque la soledad se disfruta también cuando recordamos que no estamos soles.

Ahora me encuentro un poco mejor, por si acaso se preguntaban. La depresión es mi sombra y me acompaña todos los días, pero es mi tarea no alimentarla más de lo necesario, no permitir que me embulla por completo en esa sórdida oscuridad. Tengo mucho que hacer, planes que empezar, metas que quiero cumplir porque me van a llenar de satisfacción en el proceso. Tal vez, esta etapa de mi vida me recuerde que estoy a una distancia de rescate para volver a reencontrarme conmigo misme.

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Psicólogo. Interés por la educación y consejería de la sexualidad, estudios queer y literatura latinoamericana.

Amo las películas de Yorgos Lanthimos, el jazz, la trova y leer artículos del New Yorker.

Mi libro favorito es “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro.

Convencido de que “lo personal es político”.

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