De sucesos inconexos y pensamientos afines

Son las 2:44 p.m. de un domingo en el que está finalizando un bello puente por motivo de la semana santa. Estoy sentado en un camastro escribiendo en mi laptop y avanzando con mi proyecto de sentencia, mientras me tomo una cerveza y espero a que regrese mi familia, que ahorita está en la playa disfrutando del sol y del bello mar en este paraíso.

Respiro. Volteo a mi alrededor desconcertado. Ni siquiera sé si lo estoy realizando bien, si está saliendo como lo planeé el primero de enero de dos mil veintiuno. Regreso a mí, ¿qué estoy haciendo sentado trabajando y no disfrutando de la playa con mi familia? ¿quién en su sano juicio se pondría a hacer por gusto lo que estoy haciendo ahorita?

Dentro de todo este torbellino de carga laboral, sé que tengo que entrarle al juego de la disciplina y el sacrificio si es que deseo poder llegar a donde quiero. Lo sé, y es que yo también odio el discurso echaleganismo, ese de la ilusión meritocrática que nos transfiere a las personas desde nuestra individualidad la responsabilidad de nuestro éxito o fracaso, y que éstos se miden con base en el esfuerzo.

Sin embargo, tengo una meta profesional que deseo cumplir. Una que adopté hace casi tres años mientras aún realizaba mi servicio social de la universidad, y con la que creo que aburrí a mi exnovia de tanto hablar de ello. Pero es que, por más incertidumbre y miedo que sienta, no pienso bajarme de este tren hasta no conseguir esa meta, no como una obsesión, sino como una forma de trabajar en mi proyecto de vida, en mi vocación, en lo que deseo hacer para mí y para quienes me rodean, porque afortunadamente cuento con ciertas herramientas y privilegios con los que no todas las personas cuentan, no en este país.

Estoy viviendo cosas nuevas. Creo que para poder cumplir una meta personal hay que entender una cosa que me ha costado tanto comprender, por obvia o lógica que parezca: antes de hacer cualquier cosa, es deseable estar bien con une misme.

Creo que está bien recordarme cada día lo que quiero lograr, pero sin fantasear demasiado, y en cambio, sí realizar pequeñas acciones, baby steps, porque luego las cosas se me acomodan.

Tener objetivos que perseguir en el día a día es lo que me mueve, y fijarme metas y luchar por las mismas, está relacionado con mi bienestar mental. De hecho, entiendo que uno de los principales motivos o síntomas en una depresión es la pérdida de ilusión e interés por objetivos vitales. O sea que, dicho de otra forma, establecer metas nos ayuda a estar bien. Porque si no tengo metas en la vida, me lleva a etapas de crisis existencial, y ya estuve en tres ocasiones distintas en mi vida en ellas, y no está chido.

En fin, quiero aterrizar y finalizar este escrito diciendo que, desde el miércoles que salí de la oficina, me dediqué a mí, a estar con mi familia y mis amigos, pero nunca perdiendo de vista que estoy conmigo mismo, sabiendo disfrutar a las personas que más quiero, y que sea lo que fuere que va a ser de mí el 15 de mayo de este año, voy a estar bien, y voy a estar preparado, porque de esto también se trata la vida, del ensayo y error.

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Abogado, servidor público, activista en derechos humanos y fan del rock ochentero.

Escribo mis inquietudes personales y jurídicas en este blog.

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