Ajolotes en el tiempo

-Diego Ramírez Martín del Campo

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En las aguas dulces del valle central de México existe un pequeño anfibio de gran cabeza y cuerpo angosto, cola plana, dedos de pétalo, branquias externas como ramas de coral y, según Cortázar, ojos de oro transparente.

El Ambystoma mexicanum, o ajolote para los oriundos, es un animalillo de muchas virtudes. De vida acuática pero con patas para andar entre el fango y con un peine que recorre su lomo hasta la punta de la cola como aleta de pez, capaz también de respirar dando bocanadas de aire, así como por sus branquias y la piel. Gracias a su color pardo verdoso puede confundirse entre las tantas rocas del lecho donde habita. Pero tal vez lo más impresionante de esta quimera de mil formas vaya más allá de su figura y costumbres, pues a pesar de su somera y a veces imperceptible vida, el ajolote se atrevió a hacer algo inconcebible y logró desafiar al tiempo.

Realmente siempre ha sido una criatura caprichosa. Lo fue cuando era dios azteca, que se rehusó a enfrentar al cambio y al destino. Entonces, cuando se le comandó arrojarse al fuego para que los cuerpos celestes pudieran continuar su curso cambió en pie de maíz, luego en penca doble de maguey y finalmente en axolotl, como le llamaban entonces, y que así nunca le encontraran. 

Una vez más, con nosotros y nosotras los mortales se rehúsa a adoptar el cambio, a enfrentar el futuro que le espera comúnmente a los de su clado. A dejar el agua, a perder las branquias, y la cola de pez y enfrentar al mundo como la salamandra que debió ser. Esa es la metamorfosis típica de los urodelos, el curso típico que siguen las demás salamandras modernas. “Anfibio que es semejante al pez, pero que tiene cuatro patas y que al envejecer sale del agua y se comporta como un lagarto” fue como describió a estas indecisas criaturas Opiano Cilicio, poeta griego del siglo segundo. Pero no el ajolote, este se rehúsa a abandonar sus pieles de larva y en cambio se aferra a una tranquila vida sin cambios.

A este curioso proceso en el que ciertos organismos mantienen su estado juvenil, incluso al alcanzar la madurez sexual y su etapa adulta, se le conoce como neotenia. En mi opinión, una táctica bastante astuta para evadir las dificultades y pesares que llegan con la adultez. Pero no habrá quien diga que es simple cobardía a no querer enfrentar el destino. Que la naturaleza siempre retoma su curso y negarla es pura necedad. Pero es verdad que el porvenir es incierto. 

Después de todo, es solo el estrés lo que obliga a este animalito al cambio. Dummeril creyó ser el primero en verlo cuando un grupo de ajolotes que llevó a latitudes parisinas se transformaron en salamandras. Así Velasco, el gran muralista, enardecido defendió que también en México cambian, pero solo cuando se secan sus aguas, cuando el oxígeno escasea, o en casos cuando sus congéneres los hieren de gravedad.

Sus nuevas ropas llegan a regañadientes; entonces pienso que el ajolote se opone a cambiar porque muchas veces eso es arrojarse a la incertidumbre, a la posibilidad de que todo empeore, como con aquel fuego de los aztecas al que finalmente le echaron cuando ya no pudo escapar más; pero aquella vez la tierra y el sol y la luna se mantuvieron quietos. La fortuna lo traicionó ese día así que, con recelo, solo abraza al cambio de mala gana.

Axolotl se escribe con x, como axis que es eje, y que se representa con las flechas que el propio cuerpo del ajolote adopta, y así encarna esa configuración, como las mismísimas flechas en el tiempo de Eddington, no solo en forma, también en carácter; y frena esta flecha de toda dirección entrópica para que nunca pueda moverse, y que su dirección solo indique al presente.

Pero, ¿a qué se aferra el ajolote?, ¿a la calma de las aguas someras?, ¿a las constantes corrientes frescas? No, se aferra al sosiego y a la complacencia, así que usa lo que queda de su divinidad para esconderse una vez más y que el tiempo no lo halle. ¿Por qué sumergirse en la incertidumbre? Mejor quedarse en quietud y que al tiempo se lo lleve la corriente. No puedes perder lo que nunca ganaste, ¿no es así? El estrés, la angustia de lo que puede ser tienden a desgastar el alma aún en vida, así que ¿por qué afrontar todo eso?

Aunque las aguas del ajolote cada día estén más envenenadas, más calientes, más secas, es más cómodo cerrar los ojos. La desesperanza invita a esperar a que todo sea como antes. Es más fácil no ver que el planeta se deteriora, que este mundo, como su estanque, también se pierde, que el estado inmobiliario se complica, que los trabajos son escasos, que el arrojarse al fogón azteca del mundo adulto es día a día más complicado, así que escapamos, así que escapo. Juzgar al ajolote es injusto, después de todo ¿no somos un poco ajolote?

Constantemente se comparte la idea de alcanzar la estabilidad a través del trabajo duro, pero nada lo asegura, entre corrupción y esfuerzos malbaratados. Entonces nos desborda el anhelo de que las cosas sean como antes, cuando la vida era recorrer las mismas calles y casas, con las mismas personas, los mismos juegos y mismas canciones. Como un mismo estanque, con iguales aguas e iguales plantas. La nostalgia y la añoranza evocan a la calma, como un tibio recuerdo, pero todo en exceso pesa, y como la miasma que infecta nuestras aguas y las del ajolote, se asientan y aprietan hasta que no queda lugar a donde moverse. Allá afuera hay un fuego real que quema al clima y al tiempo y se me desvanece el optimismo con cada día que pasa. Nos estamos arrojando a la hoguera del panteón mexica.

Recuerdo una novela de René Daumal en la que tras una noche de borrachera y desvaríos con un grupo de amigos, el protagonista concluye que ultimadamente la vida no tiene propósito y que lo mejor es colgarse. Al día siguiente, tras encontrarse con uno de los amigos de la noche pasada, la conversación continua. Entonces recuerdan al ajolote en su estado de larva perenne, y concuerdan que eso somos, un grupo de larvas que enseñan a otras a como ser larva; a buscar comida, gustos y placeres de larva aferrados a no dejar eso atrás pues finalmente es lo único que conocemos. La palabra larva tiene una raíz griega que significa fantasma, y eso es: la fachada de algo que ya no debería estar ahí. Entonces, ¿qué esperanza hay? Ver las cosas diferente es la sugerencia de Daumal, dar un giro brusco a la mente porque entendemos todo al revés.

El ajolote solo cambia a la fuerza, pero en nuestro caso no existe una influencia exterior que nos obligue a mudar de pieles. Entonces, lo que debe cambiar es nuestro entendimiento, pero como todo esto resulta muy complicado y no existe un guía, se concluye que nada vale la pena, que sí, que deberíamos ahorcarnos, pero tal vez no del cuello, sino por los pies. Ver al mundo por el otro extremo y envolverse en una crisálida, hacer como la oruga, otro animal afín a la metamorfosis, que sin decisión sobre su cambio, solo lo toman, no necesariamente para bien o para mal, ya que solo sucede. Queda afrontar el cambio, tal vez repensarlo, crecer alas, si es posible.

Aceptar los problemas que se manifiestan con la edad no necesariamente presenta una solución, pero sí un primer paso muy necesario. Recibir la experiencia de los años y asumirlos con ojos y mente flexibles parecen ser los únicos caminos para que los fantasmas larvales se terminen por desvanecer, igual que como hace la oruga cuando se le abren los cielos como mariposa; como hace la salamandra cuando da sus primeros pasos fuera del agua y admite un mundo distinto, ni mejor ni peor, solo con diferentes capacidades.

No es culpa del ajolote, no descargaré más en él, dejemos que continúen cómodos en su agua somera, muy difícil es ya mantener su forma tan susceptible, que la mantengan dichosos cuanto puedan. En cuanto a lo que nos toca, no está mal ser ajolote, pero a veces también es importante ser salamandra.

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