64 cuadros de Beth: reseña feminista de Gambito de Dama

Spoilers ahead

The Queen’s Gambit se ha convertido en la miniserie más vista de Netflix, con 62 millones de cuentas sintonizándola en los primeros 28 días.

La historia, inspirada en la novela de Walter Trevis (1993), sigue a Beth Harmon, una prodigio de ajedrez desde la infancia, en su camino a convertirse en una maestra del juego, mostrándonos las facetas, retos y obstáculos que atraviesa una mujer comprometida con sus pasiones.

Quizá el punto más interesante de la trama es que plantea un universo lejos de los escenarios femeninos hegemónicos: un tablero. Beth aprende las reglas del ajedrez como una joven huérfana de la mano del conserje de su orfanato y comienza a deslumbrar a adultos expertos en el juego con su destreza. La vemos crecer en un mundo masculino, desenvolverse en situaciones sociales desconocidas para ella y enfrentarse a los demonios de la depresión, las adicciones y la dependencia. Y es en estos obstáculos donde nace un personaje destacable: lejos de representar una agenda, un cliché o estereotipo, Beth es independiente, multifacética y única, motivada por sus deseos y las condiciones de su historia, en lugar de responder a las expectativas que el mundo crea para ella. Se ha convertido en un estandarte femenino, una inspiración intelectual y un recordatorio de la lucha pasada y presente.

¿Quién es Beth Harmon? ¿Y qué papel desempeña desde una perspectiva feminista?

Es una mujer obtusa, compleja e imperfecta. Lejos de encontrar fuerza en las características que el resto de los personajes admira —belleza, resiliencia o misterio— Beth encuentra valor en su inteligencia. El tablero se convierte en su zona de confort, en donde puede dominar la situación, encontrar control y enfrentarse a los retos intelectuales que busca.

Es interesante notar que, en sus momentos más bajos, se pierde en los vicios de las mujeres que la rodean —las pastillas, las compras y el alcohol—, pero cuando logra retomar el curso de su vida, estas distracciones dejan de ser protagonistas, demostrando su determinación.

Si analizamos la moda del programa, una de las dimensiones más celebradas por la audiencia, notamos que no representa una herramienta ni denota frivolidad, es simplemente otra dimensión en la que el personaje transmite su personalidad. Su femineidad forma parte de su fiereza, en lugar de ser una oportunidad para la comodidad masculina.

Al analizar a los personajes que la rodean, en su mayoría hombres (como reflejo del medio) notamos que primero la minimizan y antagonizan, hasta finalmente admirarla. Aunque sus relaciones nacen de la competencia, sus rivales rápidamente se convierten en tutores y ella en la aprendiz que los supera. Esto habla del esfuerzo extra que, como mujeres, debemos entregar para ser respetadas y valoradas: no solo debemos ocupar nuestro lugar, debemos demostrar y comprobar que lo merecemos.

Si bien, nosotras las personas que somos audiencia, acompañamos a estos personajes a lo largo de su tiempo con Harmon, notamos que el resto del universo de la serie reduce sus logros para enfocarse en su género, algo que la misma Beth nota al leer las diferentes entrevistas y reportajes en los que aparece.

Esto me hace pensar en el escrutinio público al que se enfrentan mujeres en esferas dominadas por la cultura masculina, como sería el caso de Hilary Clinton en su campaña contra Donald Trump o el de Amber Heard en su juicio contra Johnny Deep.

Beth es privilegiada al vivir una experiencia en la que su género abre las puertas de la curiosidad en sus contrincantes, pero nos recuerda que, para una mujer, las puertas tienen trabas de más.

Ahora, en el mundo cinematográfico los personajes suelen tener una dimensión comparativa, mostrándonos atributos deseables e indeseables, y esta función está vagamente presente en Gambito de Dama. La mayoría de las mujeres en la vida de Beth están alineadas a su rol de género, como su madre biológica, su madre adoptiva y sus compañeras de secundaria. La serie muestra vistazos de sus vidas, llenas de abandono, abuso de sustancias y soledad; y los yuxtapone contra Cleo, una modelo misteriosa y espontánea que despierta la curiosidad de Beth y su deseo por participar en una esfera social sin las barreras y formalidades a las que está acostumbrada.

Aunque estos personajes contrastan con la protagonista —y pudieran fácilmente ser presentadas como parias o villanas—la serie les concede autonomía para explorar sus propias historias, lo que nos regala personas complejas e interesantes. Considero que estas relaciones representan la búsqueda de Beth por su identidad como mujer: la manera de disfrutar su vida sin caer en los vicios de su madre, la soledad de sus compañeras y la irreverencia de Cleo. Es una manera de explorar emociones ajenas, posibles caminos a seguir y obtener atisbos de las consecuencias de sus decisiones.

Y es precisamente en esta exploración donde encontramos el verdadero valor de Beth Harmon como mujer y feminista: ella se rebela con el único propósito de vivir como quiere. Es inteligente, femenina, tímida y reservada y es en esa autenticidad en donde el feminismo se desenvuelve. Es la representación de una mujer fuerte y libre, la verdadera antítesis de la estructura patriarcal.

El tablero de ajedrez es el escenario perfecto para esta historia de empoderamiento. Ella es la reina en el juego, la pieza más poderosa.

En la serie, las mujeres que tienen la suerte de cruzarse en el camino de las fichas utilizan su destreza para crecer en áreas que reten su intelecto. Se convierten en referentes dentro de círculos masculinos y aprovechan su autodescubrimiento para encontrar nuevas posibilidades, confianza en sí mismas y el respeto de sus pares.

Claro, no hay que ignorar los pecados de la serie, como el cliché del personaje negro mágico en Jolene, la mejor amiga de la infancia de Beth, pero podemos rescatar que, si bien algo problemático, ejerce más agencia que en otras instancias. Jolene es su apoyo, no de manera ciega e incondicional, sino fundamentada. Se vuelve su familia, alguien que la acompaña, no alguien a su disposición. Sí, llega cuando todo está perdido y resuelve los problemas de la protagonista, pero sabemos que hay más que mera devoción: no es un accesorio, es su propio personaje, con motivaciones propias, una historia personal e intereses independientes a Beth. Más que su ángel guardián, es una fuente de inspiración y apoyo.

La representación interseccional en la serie es poca, y su exploración de la misma es faltante, pero hace un esfuerzo por procurar el espacio y autonomía de cada personaje. Quizá no sea la serie perfecta, pero nos deja ver que el camino pinta bien y que ya nos encontramos de subida.

Lo que Gambito de Dama ha logrado es un universo genuino, con personajes complejos que nos presentan historias desde nuevas perspectivas. A través del crecimiento de Beth Harmon nos enamoramos del juego, del desarrollo de nuestras pasiones y de las oportunidades que la vida nos regala.

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Comunicóloga. Busco entender al mundo desde las letras y escribo sobre lo que me encuentra. Feminista de izquierda, socióloga frustrada y frenemy del cine de terror.

Comparto palabras románticas en Pluma Intrusa, proyecto de copy creativo.

Una respuesta a «64 cuadros de Beth: reseña feminista de Gambito de Dama»

  1. “Es la representación de una mujer fuerte y libre, la verdadera antítesis de la estructura patriarcal.“

    Vi esta miniserie en dos días (o menos) y realmente fue algo muy notable para mí. Lo que más valor tuvo para mí fue esta representación de que sí, es mujer pero es un humano que es. Su motivación no es probarle a los demás lo que vale o de lo que es capaz, sino que en el camino de desenvolverse y buscar un reto mayor todo resulta ser más que evidente. Y por el hecho de ser termina convirtiéndose en ícono y referente.
    Lo que me fue muy refrescante es que a diferencia de algún otro contenido, el enfoque de la batalla no es con lo que el mundo dice, sino con ella misma. Verdaderamente empoderador. Ella es dueña de SU vida.

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