El baño hetero-cis: una lectura espacial sobre significados sexuales

Los baños públicos se están convirtiendo en el territorio en disputa por excelencia cuando se trata de mirar con sospecha a las personas que escapan a la norma cis. La controversia en torno a los baños neutros, la inspección de los cuerpos que se leen ajenos, los lugares que se prestan a la vigilancia y el escrutinio. La protección con uñas y dientes de los baños exclusivos para mujeres se está volviendo prácticamente una defensa territorial.

Hace unos días, J.K. Rowling compartía un video de una persona haciendo drag en un baño neutro de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, muy preocupada la pobre, por los índices de violencia del país; aunque su preocupación por México le haya durado lo que dura un tuit, pero señalando, con toda la tranquilidad, a sus culpables. También, después de que se conoció el caso de la violación de una estudiante en el baño de un CCH, se dirigió la responsabilidad y la culpa a las personas trans. Porque eso es lo que pasa cada que dicen «¿ya ven? Por eso los baños neutros son un peligro». No culpan al baño porque los baños no violan, culpan a quienes lo quieren usar en libertad. Y sorprendentemente, tampoco responsabilizan a quien realizó la acción, aunque sea un hombre cis en un baño de mujeres: «¡pero sigan abriendo baños neutros!». O tenemos una crisis de capacidad argumentativa, o relacionamos la cisheteronorma con una percepción de seguridad (o las dos anteriores).

Los baños públicos, en su diseño estándar actual, tienen significados sexuales y códigos de género que se ajustan muy bien al mandato cisheterosexual, que tal vez deberíamos empezar a poner en duda. En el mejor de los casos (o sea, cuando no expulsan su transfobia por los poros como el séquito J.K. Rowling), las “soluciones” al “problema” son el baño neutro. Una Suiza para las disidencias sexogenéricas. Y yo, aclaro, a tope con los baños neutros, cien por ciento apoyo total, pero falta. ¿Qué “solución” a qué “problema”? Tal vez el verdadero problema vaya sobre la configuración de los lugares regida por el mandato heterocis, y no sobre quienes no quepan ahí. Creo que no es solamente sobre permitir la existencia de nuevos lugares, como los baños neutros, sino sobre dudar de los ya existentes, de los que están dados, de pensar en por qué son como son. No supongamos que la división de los baños (en hombres y mujeres), está dada naturalmente. A los baños asociamos ideas de privacidad, pudor, seguridad y moral, que no son neutras. Hay que reflexionarlas un poco.

“Recuperada de la cuenta @BFeminasty”

¿Por qué los baños se dividen en baños de hombres y mujeres? Aunque cada vez lo veamos menos, algunas actividades básicas se dividen todavía por género (ir al baño, dormir, bañarse). Por ejemplo, en los viajes escolares hay dormitorios de niños y dormitorios de niñas. En los gimnasios, los vestidores son para hombres y para mujeres. Ya no pensamos que a las cantinas sólo entran los hombres, pues detrás de eso operaba una ideología moral de lo propio de las mujeres y de los hombres. Eso ya no aplica para las escuelas, los lugares de trabajo, los lugares de entretenimiento (espero…). Pero permanece la sensación de que en las actividades en las que estamos vulnerables, que se pueden sexualizar o moralizar, estamos más segures si nos dividimos, los niños con los niños y las niñas con las niñas. De fondo, la premisa de eso es que, si el espacio es cisheteronormado, es “seguro” (pasa también con las “espacias separatistas”, pero no entraré en ello ahora).

En estas actividades se activan los registros de la vergüenza, del pudor o de la seguridad, nos sentimos más segures dentro de la heteronorma. ¿Por qué? Porque asumimos que las otras personas no pueden sentir atracción sexual hacia nosotres, y que la atracción sexual se traduce pronto a la violencia sexual. Nuestra percepción de privacidad y seguridad es heterosexual. Cuando algunas mujeres dicen que los baños exclusivos para mujeres son “espacios seguros”, la premisa heteronormada es que son espacios libres de deseo y, por lo tanto, libres de violencia. Bajo esta premisa, entonces, habría que hacer baños todavía más exclusivos: baños para mujeres heterosexuales. Libres de todo. Y revisar, así como estamos decididas a revisar genitales y cispassing, que a los baños seguros no entren las lesbianas. Absurdo, ¿no?

Hasta aquí en lo que respecta a la división de los baños en hombres y mujeres. Pero, ¿qué pasa al interior?, ¿qué pasa con el mobiliario?, ¿con los usos? Los baños son espacios muy legibles, cargados de significados sexuales. Uno conocido es que los baños de mujeres tengan cambiador para bebés y los de hombres no, y nos dice cosas de a quien consideramos que le corresponde el cuidado de las infancias. Otro, los urinarios. ¿Por qué están en ese punto medio entre lo público y lo privado?, ¿por qué no activa registros de la vergüenza, el pudor, o la inseguridad? Una interpretación es la del filósofo Paul Preciado «… la producción eficaz de la masculinidad heterosexual depende de la separación imperativa de genitalidad y analidad. (…) El discreto urinario no es tanto un instrumento de higiene como una tecnología de género que participa a la producción de la masculinidad en el espacio público. Por ello, los urinarios no están enclaustrados en cabinas opacas, sino en espacios abiertos a la mirada colectiva».

Los baños también son puntos de encuentro. En las películas podemos ver cómo se dan muchísimos momentos de socialización. En el baño de mujeres, el punto de encuentro es el lavamanos, mientras se realizan actividades codificadas como femeninas (retocarse el maquillaje, platicar con las amigas y el espejo mediante, peinarse o llorar en la boda de tu ex, claro). Los urinarios y los lavamanos son sólo un par de ejemplos para decir que las disputas y tensiones sobre los baños están relacionadas con que tienen códigos de género muy presentes y que, cada vez más, parece que nos podemos permitir vigilar (y castigar). «En el siglo XX, los retretes se vuelven auténticas células públicas de inspección en las que se evalúa la adecuación de cada cuerpo con los códigos vigentes de la masculinidad y la feminidad» (Preciado). Básicamente, nos jode lo que jode a la heteronorma.

La actual ola de transfobia tiene mucho que ver con esa inspección, con ese orden. Son sumamente delicadas las asociaciones que se están haciendo entre la violencia sexual y los baños neutros. Hay posturas transfóbicas que son bien tramposas, y que, para nuestra sorpresa, muy fácilmente están creando pánicos morales y resonando entre grupos. Por ejemplo, aquella que dice una cosa así: «sí, reconozco que las personas trans “de verdad” deben poder ir cómodamente al baño, pero eso va a permitir que los violadores se identifiquen como mujeres o se disfracen y entren a violar». Así cercanita a la Rowling. Medio que acepto que las personas trans tienen derechos básicos y me tiro al mismo tiempo un comentario híper facho. Derechos, pero a otro lado.

Además de seguir criminalizando a las personas trans, deja muy en claro que no se está entendiendo de qué va una violación. Ya lo dijo Rita Segato, una violación no tiene un móvil sexual, no es sobre la libido: «el acto de violación de un cuerpo no es, como lo concibe el sentido común, el resultado de un deseo sexual incontenible, sino un acto exhibicionista de dominación (…) la motivación no es del ámbito de la sexualidad y sí del ámbito de la dominación». Así que no, los violadores no violan porque un baño neutro instigue un deseo incontrolable, así como un letrero de “baño de mujeres” no es significa nada en una violación, los hombres cis no van a “disfrazarse de mujeres” para violar porque las violaciones no van de eso, no seas estúpida, Joanne.

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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