El autocuidado como acto político en la defensa de los derechos humanos

Vivir en México es despertar un día y leer que una joven de 17 años fue violada por cuatro policías en una patrulla cuando regresaba a su casa. Pero poco importa si cada 18 segundos violan a una mujer en el país y diariamente asesinan a otras nueve, como a Mara Castilla, Lesvy Berlín, o como a Emma Gabriela. Entonces decidimos protestar, romper vidrios y pintar paredes para que nos escuchen; pero en lugar de resistencia las autoridades dicen que son “provocaciones”, porque duele más la brillantina rosa en el traje de un servidor público de alto rango que las mujeres violadas y asesinadas.

Así como poco duele lo que le pase a los pueblos indígenas, a las personas con discapacidad, a la comunidad LGBTI+, a las personas en situación de pobreza, personas afrodescendientes o a cualquier grupo en situación de vulnerabilidad. Y ni hablar de cuando estas categorías se interseccionan, porque las vivencias y la realidad de nuestro país se torna mucho más compleja.

Al leer estas situaciones, durante estos días no he podido evitar sentir un cúmulo de emociones que van desde el enojo hasta las náuseas, la indignación y la tristeza. Y si bien no podemos dejar de sentir lo que sentimos, lo que sí podemos es ejercer nuestra libertad en la elección de lo que queremos hacer con ello. Por lo tanto, es derivado de esta empatía que nos generan las injusticias (propias y ajenas) que muchas personas nos vemos involucradas en la defensa de los derechos humanos. Aunque a veces no nos reconozcamos a nosotras mismas como activistas o como personas defensoras, el constante contacto con el dolor, así como los abusos, el maltrato y la violencia, nos orillan a tener que lidiar no solo con nuestras propias emociones sino que también con las de otras personas (por ejemplo, en la atención a víctimas).

Ante ello, es una realidad que la defensa de los derechos humanos afecta nuestra salud física, emocional, psicológica, mental, espiritual y por consiguiente las relaciones familiares, sexoafectivas, de amistad y laborales de quienes nos dedicamos a este quehacer.

El desgaste emocional es tal, que incluso se ha identificado que cuando no se aborda o maneja pertinentemente, pueden generarse síndromes tales como el del burnout el cual se define como “un síndrome de estrés crónico que se manifiesta en aquellas profesiones de servicio caracterizadas por una atención intensa y prolongada a personas que están en una situación de necesidad o dependencia y tiene un carácter tridimensional: agotamiento emocional; despersonalización en la relación profesionista-consultante; y falta de autorrealización profesional”.

Frente a ello, muchas instituciones gubernamentales y sobre todo organizaciones de la sociedad civil han implementado herramientas de contención emocional para que su personal sepa cómo acompañar a las víctimas de violaciones de derechos humanos a través de la escucha activa y la empatía. Y no solo esto, sino que también han creado espacios de autocuidado para registrar oportunamente los malestares físicos y psicológicos de su personal con la finalidad de ejecutar acciones que permitan afrontarlos y resolverlos de manera adecuada.

Las acciones de autocuidado van desde llevar una dieta saludable, hasta la meditación, el yoga, una caminata por la tarde, cualquier tipo de ejercicio físico, convivir más con personas que queremos y básicamente cualquier actividad que nos haga sentir plenas y en balance con la vida.

Aunque es claro que estas actividades son importantes para la vida de cualquier persona, incluso si no pertenecemos a ninguna organización de defensa de derechos humanos o alguna institución gubernamental, en el caso de las personas defensoras de derechos humanos, estas actividades superan el ser una opción personal y se transforman en un aspecto político que es esencial para el desarrollo de sus actividades profesionales y por lo tanto para la búsqueda de justicia en las sociedades.

Si bien el autocuidado parece algo simple, muchas veces se percibe como  privilegio, y tal vez en algún punto lo es para las personas que no disponen de tiempo libre o que por ejemplo no pueden pagarse unas clases de yoga. Incluso yo misma puedo decir que llegué a posponer el tiempo que le dedicaba a hacer ejercicio, a salir con mis amigas o incluso a comer, porque prefería quedarme a trabajar o leer algo que me hiciera ser mejor en mi labor profesional. Sin embargo, después de un periodo de autodescubrimiento personal me di cuenta de que el tiempo que dediquemos a cuidar de nosotras mismas jamás es una pérdida e incluso es lo que nos ayuda a tener un mejor desarrollo tanto personal como profesional, porque como alguna vez escribió la gran Audre Lorde:

“Cuidarme a mí misma no es auto-indulgencia, es auto-preservación y eso es un acto de guerra política”.

 

 

Referencias:

Gina Díaz Barreiro, “Emociones, sentimientos y calidad de vida”, en Prometeo, revista mexicana trimestral de psicología y desarrollo humano, núm. 58, México, Adehum, 2010, p. 63.

Pedro R. Gil Monte, El síndrome de quemarse por el trabajo (burnout). Una enfermedad laboral en la sociedad del bienestar, Madrid, Pirámide, 2005, p. 59.

Ana María Arón y María Teresa Llanos, Cuidar a los que cuidan: desgaste profesional y cuidado de los equipos que trabajan con violencia. Sistemas Familiares, núm. 1-2, 2004.

Estudiante de último semestre en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma De Yucatán. Integrante de Amnistía Internacional Yucatán e investigadora sobre derechos humanos y perspectiva de género.

Siempre me estoy cuestionando todo y a veces escribo sobre ello.

Soy amante del impresionismo porque me hace pensar que en realidad la vida es una imitación del arte.

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