Incentivos o confianza

Durante los últimos 50 años, varios países latinoamericanos han afrontado una serie de cambios en la estructura de sus sistemas democráticos liberales. Muchos de las anteriores han llegado a consolidar nuevos modelos constitucionales que ponen sobre la mesa un sinfín de discusiones entre analistas teóricos del Estado sobre la innovación y/o retroceso de algunas naciones en materia de gobernabilidad, entre otras cosas.

Javier Couso, Doctor en Jurisprudencia y Políticas Sociales, ha hecho bastante hincapié en los últimos años sobre el diagnóstico que el ambiente latinoamericano ha arrojado tras el estancamiento del desarrollo en materia de igualdad y corrupción. Asimismo, otros especialistas han indicado relevante el contexto que le otorga una  gran importancia a los sistemas de transparencia al grado de aparecer como piedra coyuntural de las políticas públicas de lo que va del siglo XXI, incluso vinculado a un nuevo poder dentro del sistema democrático.

Derivado de su análisis, Couso y otros especialistas coinciden en que una de las principales causas del malestar social por el cual los ciudadanos de la región del centro y sur del continente americano han comenzado a desalentar el criterio democrático es la corrupción. En efecto, este mal, definido por transparencia internacional como el abuso de un poder en beneficio de un particular, ha sido la pieza de articulación clave para el nuevo orden de los factores institucionales ya no sólo dentro de algunas áreas en determinados países, sino ahora abarcando regiones que pueden traspasar más de una frontera.

El debate está creciendo, sin embargo, aún no ha arrojado una propuesta o solución viable para distintos plazos o, por lo menos las ideas en cuestión no despiertan la cruzada necesaria para atacar el problema y aprovechar su potencia para impulsar mejoras en diversas plataformas con el fin de mejorar el Estado de Derecho.

Las discusiones han tenido cierta consistencia. Por un lado, algunos arguyen que la corrupción es un problema de incentivos y círculos que se pueden transformar en viciosos o virtuosos según el panorama, así como los recursos y herramientas a la mano de los integrantes de la sociedad. Por otro lado, una fuerte tendencia comienza a escalar en la percepción de las personas y es aquella que vincula a la extinción del problema desde un plano ético-moral. En otras palabras, a través de la confianza en la humanidad.

El debate no es necesariamente moderno, tampoco el problema. Los pensadores clásicos desde la época de Sócrates (incluso antes) ya habían tocado el tema. Griegos y romanos coincidían por un período en que el estado del ser humano era corruptible. Aristóteles señalaba que los vicios y pasiones ilimitadas nublan la razón, al grado de dejarnos corromper por nuestros propios problemas. O qué seguidor de la historia podría olvidar la metáfora que utilizaba Diógenes para buscar hombres decentes (caminaba a plena luz del día con una lámpara para buscar al hombre digno entre la verdadera oscuridad).

Así podemos transitar período por período, incluso, en algún punto, señalar que la corrupción ha sido castigada por diferentes instituciones, como lo fue el caso de la iglesia o, consecuentemente, de los Estados totalitarios. La verdad es que conforme ha transcurrido la historia de la humanidad, la corrupción ha tenido costos y propuestas que no han dejado una clara línea de solución. El castigo ha sido visto como un incentivo a no corromperse, pero también como una prevención que genera confianza en quienes no la practican.

El punto es que dentro del contexto presente de nuestro país, el problema de la corrupción no es que haya aumentado más que otros años, sino que se ha vuelto más visible. Esto no implica volver a respirar y calmar el descontento social, puesto que estos mecanismos han sido el avance que ningún sistema (por más escondido y “protegido“ que esté) se esperaba en su contra. El paso se ha dado y se ha abierto una ventana para poder capturar la esencia de un problema que se lleva en el ADN de muchas instituciones e incluso de algunas personas físicas. La reciente investigación de Animal Político y Mexicanos Contra la Corrupción, nombrada y conocida como La Estafa Maestra es un claro ejemplo de lo que hoy es viable comunicar.

No obstante, el siglo XXI parece tener intrínseco la posibilidad de experimentar y encontrar una solución. Pero ¿cuál? ¿Cómo? ¿En dónde? ¿Cuándo? La respuesta a estas preguntas deberán aceptar el eclecticismo y aceptar que la confianza y los incentivos no son sustitutos, sino complementos.

La dimensión del problema abarca distintos niveles, el período de solución también. Por lo tanto, tras un poco de sentido común, podemos comprender que la maximización de la solución a la corrupción está vinculado al espacio y tiempo, es decir, a la ubicación que tiene un problema de corto plazo en frente de nuestra casa u oficina (la “mordida “ al policía) hasta uno de largo plazo y más largo alcance (el desvío de recursos públicos a través de empresas fantasma y contratos simulados). El reto es conocer la prioridad de cada uno junto con su vía de solución y así crear un efecto centrípeto y no centrífugo.

Los incentivos pueden generar confianza, así como la confianza en las instituciones mismas pueden generar más incentivos para la inversión. Dentro de una vida donde se tiene que ser astuto para salir adelante, lo correcto sería utilizar esa astucia con sabiduría y en un marco legal, definición de Estado de Derecho.

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Rodrigo Núñez, 21 años.

Estudiante de economía en el ITAM y derecho en la UNAM, coordinador del área de transparencia del Centro de Estudios Alonso Lujambio y asistente de investigación del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Escribo sobre economía, derecho e historia.

Me interesan los deportes y la política.

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