Ser o no ser económicamente correcto

Pongámonos técnicos por un momento. De acuerdo con el Indicador Global de Actividad Económica (IGAE), la economía mexicana tuvo una contracción del 0.1 por ciento en el primer trimestre de 2019. La producción industrial (ajustada por estacionalidad) también presentó una reducción del 0.2 por ciento en dicho periodo y, finalmente, la tasa de ocupación (empleo) cayó 0.13 por ciento en el mismo tiempo.

Muchas personas suelen excluir de su lectura cotidiana datos con puntos, números y porcentajes como en el párrafo anterior. Así, diferentes estudios han demostrado que las personas suelen tener una mejor recepción de los problemas cuando estos son individualizados en una persona o en un conjunto pequeño de seres humanos. Tal fue la conclusión de un experimento realizado en la Universidad de Pennsylvania, donde quedó demostrado que el impacto de la simpatía por una persona es superior al impacto que generan lo que muchos conocemos como los datos duros.[1]

Bajo el esquema descrito, creo es más sutil plantear el presente artículo bajo una breve historia de una familia de 4 integrantes (dos infantes y dos adultos) cuya vivienda se encuentra en Chiapas, la entidad federativa con 76.2% de población en pobreza. Añadamos que bajo las condiciones que viven, los dos menores de edad asisten a la escuela, sin embargo, su rendimiento no es el óptimo, ya que tienen que buscar cómo sobrevivir en el día y, si tienen suerte, cómo ayudar a su familia. Por último, supongamos que de los dos adultos, solo uno trabaja para una casa con escasez de servicios básicos (electricidad, hospitales, drenaje, agua, pavimentación, etc.).

Iniciemos suponiendo que una nueva administración llega al gobierno con propuestas que buscan acabar con la corrupción y el neoliberalismo, ayudar a los pobres y ser honestos. El ánimo de la elección y de la victoria es tal que por un momento se pierde de vista el cómo de las promesas y se llega directo al sí se pudo del resultado de la votación. Con el paso de las semanas se anuncian aumentos en el salario mínimo, transferencias del gobierno a jóvenes, cierre de obras de infraestructura que se señalaba costarían millones de dólares, se crea una política de austeridad en el gobierno y se apuesta por el petróleo como fuente de financiamiento para un país con 125 millones de personas.

Está claro que una familia localizada en el último nivel de ingresos del país, es decir, aquella que gana en promedio 91 pesos diarios, va a recibir con suma esperanza un aumento en su salario, una transferencia de dinero por parte del gobierno para que sus hijos puedan concentrarse en la escuela y un mayor grado de responsabilidad por parte de las autoridades para que el presupuesto destinado a los servicios básicos por fin llegue a su calle sin perderse en el camino. Así es por un periodo corto de tiempo, pues visto desde el nivel micro, la familia se beneficia por un clima de mayor esperanza que la hace tener confianza en su futuro. Sin embargo, en el nivel macro las cosas apuntan en sentido contrario.

Con la entrada de las políticas públicas señaladas, en primer lugar, el aumento del salario mínimo refleja un mayor ingreso para el adulto que lleva el pan a la casa; sin embargo, dado que viven en la entidad federativa con mayor pobreza, las pequeñas y medianas empresas no pueden costear el aumento en los salarios por muy pequeños que sean y, por lo tanto, se ven obligadas a despedir empleados o a contratar a personas que estén dispuestas a trabajar por menos que el salario mínimo.

En segundo lugar, las transferencias gubernamentales de los niños les dan una mejor vida para poder estudiar y disponer de los recursos necesarios para sobrevivir sin necesidad de trabajar; no obstante, con el paso del tiempo y un mal manejo del presupuesto, el gobierno se da cuenta que para poder seguir sosteniendo dicha política tiene que o endeudarse o subir los impuestos. Si se endeuda, en un periodo de tiempo no tan largo, tendrá que pagar dicho monto más sus intereses a través de una reducción en el gasto público (o en las transferencias gubernamentales) o con una subida de impuestos, lo cual perjudicaría, en el mejor de los casos, al ingreso de los infantes cuando éstos ya tengan un trabajo.

Vamos un poco más lejos. Con el cierre algunas obras de infraestructura y la apertura de otras sin estudios ni visión, el país termina pagando más y obteniendo un beneficio menor. Con la política de austeridad, los hospitales públicos reducen sus incentivos para atender a las personas (claramente el doctor tiene que estar bien para poder ver que los demás lo estén) y no sólo eso, sino que las oficinas del gobierno comienzan a ser (todavía) más ineficientes, pues el salario no iguala sus necesidades. Por último, apostando todos nuestros ahorros y creencias en el petróleo, un recurso natural no renovable, construimos nuevas refinerías y establecemos un control de precios para que el combustible sea justo y barato, pero a costa de un déficit que no podrá ser pagada ni siquiera en el largo plazo, pues el petróleo, como ya mencionamos, tiene caducidad.

Después de todo el párrafo anterior, la familia de la que hablábamos solo puede esperar que el presupuesto del gobierno siga siendo efectivo para sostener su economía. ¿Qué va a pasar cuando se den cuenta que no alcanzó?

Muchas veces pedimos ponernos en los zapatos del otro, pero muy pocas veces caminamos con ellos.

 

Fuentes consultadas:

https://www.forbes.com.mx/mas-ricos-en-mexico-ganan-21-veces-mas-los-mas-pobres/

https://www.inegi.org.mx/temas/igae/

https://www.inegi.org.mx/contenidos/programas/enh/2017/doc/enh2017_resultados.pdf

[1]Sympathy and callousness: The impact of deliberative thought on donations to identifiable and statistical victims.

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Rodrigo Núñez, 21 años.

Estudiante de economía en el ITAM y derecho en la UNAM, coordinador del área de transparencia del Centro de Estudios Alonso Lujambio y asistente de investigación del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM.
Escribo sobre economía, derecho e historia.

Me interesan los deportes y la política.

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