Dios ha muerto. ¿Y ahora qué?

A ti, por despertar en mí algo parecido a la fe.

Limpiar la casa es una de las actividades que más se espejan con la reflexión. Quizá por ello, cuando psicoanalizamos una obra literaria, la casa se nos presenta como imagen o metáfora de la mente. En esos quehaceres de apariencia mundana me encontraba cuando descubrí la naturaleza invencible de mi férreo enemigo, el polvo; y en él, mi propia existencia. Los objetos, quietos y olvidados, se llenan, muy a su pesar, de polvo. No puede dejarse una casa, una habitación, un librero, sin que se genere ese áspero recordatorio de nuestra frágil condición humana. Ya las voces bíblicas lo habrían sentenciado: “polvo eres y en polvo te convertirás.” Las cosas pasan, y lo único que queda, es el polvo, al cual hemos de sucumbir tarde o temprano con nuestro reposo. Posiblemente por ello Borges intuía que el más perverso de los destinos no era perecer, sino permanecer, tal cual, como individuo.

A esa fragilidad de nuestra condición –y al miedo que nos suscita– debemos casi todas nuestras filosofías, las cuales se han multiplicado y mutado monstruosamente en el último siglo al atestiguar, como humanidad, la caída de nuestras certezas a través del fin de dos grandes metarrelatos: el comunismo y el cristianismo.

Si Nietzsche anunció la muerte de Dios, Foucault anunció la del “Hombre”, refiriéndose con ello al ser humano (la lengua francesa padece de vez en cuando estas oscuras limitaciones). Así es que la trascendencia y la identidad han cobrado la importancia que siempre tuvieron, solo que esta vez al desnudo y sin tapujos. Es así que nos vimos obligades a construir nuestras propias deidades –o deconstruirlas– y elegir dónde y cómo fijar nuestros altares. O, también, optar por la muy válida mirada al abismo, prescindiendo de todo ello. Y aquelles con mejor instinto, a mi gusto, eligieron el amor y la poesía como significado subjetivo y reconfortante de las cosas.

Por otro lado –y paradójicamente a plena luz del día, pues encuentro mucha oscuridad en esos lares–, existe quien intercambió la idea de lo desconocido por teorías de conspiración: murió Dios y nació el deep state; otres lo hicieron por deidades invisibles, como la santa mano del Señor Economía, de la que hablaba el iluminado profeta Adam Smith. Algunes suplieron las inquisiciones con punitivismo, y el sentido de pertenencia comunitaria con ciegas militancias extremas. Sobre ello puedo recordar la voz de mi profesor cuando vivía en Chile, un sacerdote jesuita, quien decía que todes nos engañamos, solo que hay maneras más elegantes que otras de hacerlo.

Lo cierto es que la fe, lo que sea que ella signifique, nos sustrae del polvo y nos eleva a una orbe de belleza y plenitud. O, no sé, tal vez he dicho todo esto para distraerme del tedio producido por las labores domésticas.

 

Mexicana. Licenciada en Derecho, Máster en Literatura y sommelier. Mamá
feminista. Filosofo y escribo desde Florencia, Italia.

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