Dicen que todo está dicho ya

Dicen que todo está dicho ya. Que todo lo que puede salir de nuestras bocas ya fue pronunciado antes por otras voces. Dicen, además, que se dijo mejor. Que ya no hay cimas por conquistar ni planeta por descubrir. Que alguien ya lo intentó antes y que otro alguien llegó primero. Alguien ya lo hizo y, además, lo hizo mejor. No tiene caso hacerlo peor.

Se dice también que todos los grandes temas están tratados. Que no hay nada nuevo bajo el sol. Que los clásicos son los clásicos y que siempre hay que mirar la belleza donde ya fue señalada. Aprender a ver, aprender a escuchar, aprender a interpretar. Curso de apreciación cinematográfica. Que lo bueno es bueno sólo por ser bueno y que la grandeza creativa es resultado de historias de vida y circunstancias extraordinarias más que por una cualidad común a toda la humanidad.

Dicen, no sé si otras personas o las mismas, que la historia es cíclica y que sus luchas no son sino variaciones de los mismos problemas. ¿Y qué hay de las vanguardias? Ilusiones, temporales, provocaciones sin contenido, insostenibles. ¿Y las revoluciones? El movimiento de un péndulo que va y viene. Una lucha añeja por poder y por protagonismo. ¿Y la vida? Una serpiente mordiéndose la cola, un eterno retorno, una danza de estaciones y ciclos cada vez más disfuncionales. Entropía, se diría en otro contexto.

Dicen que todo está inventado y que caer en la creencia de haber encontrado algo original no exhibe sino la más profunda inocencia o la más vergonzosa ignorancia. Que antes que disfrutar la novedad con la que sentimos las cosas más inmediatas, debemos apresurarnos a la más sesuda comparación. Esto se parece a esto, que se parece a aquello, que también se parece a esto otro. No vaya a parecer yo un idiota conformándome con el refrito, apreciando un cliché, o no viendo el lugar común de todo esto. Aun cuando aprendemos imitando, encumbramos lo original como el valor creativo más importante.

Y como síntoma de la misma tendencia, parece que en las más prestigiosas academias del mundo se apilan, cita sobre cita, referencia tras referencia, las carreras profesionales de nuestros tiempos. Que alguien lo haya pensado ya, parece salvarnos de tener que justificar las desconocidas fuerzas detrás de una idea verdaderamente espontánea. Y así, termina aceptándose como método infalible que a fuerza de puro citar y empaparse en teorías exportadas tendremos derecho de darle credibilidad a nuestras intuiciones.

Es decir, no sólo dicen que todo está dicho ya, sino que para poder ser parte de aquello que no deja de repetirse es necesario el reconocimiento de pares y el permiso de la experticia en la materia.

Todo está dicho ya; pero las cosas, cada vez que son sinceras, son nuevas, dijo alguna vez el poeta y revolucionario cubano, José Martí. Hoy, y siempre, quisiera recordarnos esta verdad.

Porque creer que todo se ha dicho ya, como un destino fatal, podría ser una de las consecuencias de creer también que sólo tiene caso aspirar a lo que nadie más ha logrado o intentado. Que el fin último de nuestros quehaceres es hacer o decir lo que nadie más ha podido. Esta aspiración, aunque loable, suele desembocar en una ansiedad generalizada que estima todo aquello que no nos encamine hacia “la gran meta” como una pérdida de tiempo.

Amar la trama más que el desenlace, dice un famoso cantante uruguayo. Creo que las tramas y los procesos merecen ser revalorizados frente a este absurdo de esperar que lo original, lo inédito, llegue como un resultado que valide o no nuestros procesos. Si sólo es digno de valor lo que no se ha dicho o hecho, jamás lograremos comprender qué hay detrás de las grandes creaciones de la humanidad: un profundo y caótico flujo de libertad creativa e intelectual.

Así voy suplicándole a mis amistades (y a mí mismo) que no tiren ese poema y que no deshechen ese dibujo al que llamaron garabato. Les pido que no abandonen esa idea que genuinamente les atrapa. Y a quienes lidiamos con cierta soberbia insoportable, no pedir permiso a que nos guste esa comedia romántica que se parece tanto a otras películas de su género, pero que, por alguna razón, disfrutamos más. No deshechar esa curiosidad que parece nada tener que ver con tu campo profesional al que le invertiste tantos años. Ni menospreciar nuestros procesos, ni dejar de disfrutar nuestras inocencias. Nos pido, también, no dejar de imitar las palabras y modos de quienes admiramos. No nos hace personas menos únicas.

Y bueno, si alguna vez resulta que no somos personas lo suficientemente auténticas, espero que abracemos ese sentimiento, pues podría ser cierto. Pero eso únicamente significaría que somos parte de algo más grande, que nos atraviesa y ata con las demás personas.

Meloso o no, aunque digan que todo está dicho ya, quiero decirlo yo, y quiero escucharlo de ti.

En permanente desconfianza de las categorías. Para quien sirvan los títulos: estudiante de economía y filosofía. Busco aproximarme a la realidad con disposición crítica.

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