Diario desde el encierro: a 145 días y tres gatos

A 145 días de encierro, comienzo a comprender la belleza en los detalles de la vida frente a mis ojos. Todo es tan simple, tan monótono. La rutina se sentó y su presencia dejó de representar un fastidio. Los días pasan, se fusionan unos con otros. Desconozco en qué día vivo y laboralmente sobrevivo gracias a una aplicación —Asana— que me indica qué toca hacer hoy y qué haré mañana. Esto va para largo y ya lo he aceptado. ¿Qué me queda salvo disfrutar las cosas sencillas de la vida?

Disfruto a mi familia, con quienes no había compartido una comida entre semana desde que inicié la universidad, hace ya cuatro años. ¿Y los fines de semana? Bueno, ser sólo tres en casa nunca evitó que el horario del almuerzo no se complicara. A veces era mi hermano menor el que faltaba y en otras ocasiones era yo, o simplemente uno decidía comer en su habitación para continuar una serie o película. Lo normal, ¿no? Conforme crecemos, cada quien comienza a hacer sus propios compromisos. Vamos de aquí para allá, apresurados, contra el reloj. ¿Corremos de más? Quizá.

145 días de una nueva rutina.

Desde hace 145 días me di el permiso de bajar la velocidad, algo que hicimos muchos que llevábamos una vida vertiginosa, siempre dando el paso siguiente. Me atrevería a decir que incluso he llegado a detenerme, sobre todo en los momentos de crisis —que sí han existido, no todo es color de rosas y disfrutar la belleza de los detalles— y cuando es preciso recalibrar el orden de prioridades, porque en definitiva lo que ayer era imprescindible, hoy ya no lo es. Y lo sé gracias a tener más momentos en familia que antes, estar en casa y realizar mis pasiones con una pequeña remuneración económica.

Aunque caigo día tras día en una rutina autoimpuesta, no me pesa. Me levanto a las 9 a.m., a veces le abro la puerta a la Señora Gato y a La Gatita —las vecinas que llegan de visita— y me siento a trabajar hasta las 2 p.m. Siempre tengo unos pequeños breaks para mantener mi mente despejada y relajarme un poco, como la hora de la botana entre las 11:30 a.m. y las 12 p.m., cuando mi papá nos invita a comer en la sala lo que se haya cruzado en su camino. La hora del almuerzo —pasadas las 2 p.m.— se convierte en un momento de transición que se antoja como un vistazo a los días ideales en la vida antes del COVID-19: una comida juntos. Hoy es mi día a día, una hora llena de risas, actualizaciones familiares, chismes, noticias internacionales y ver que la Señora Gato no le pida comida a mi papá que se rompe el encanto.

La segunda parte del día es para proyectos personales, un par de labores de freelancing, ver series y películas, pequeñas sesiones de lectura, dibujo y disfrutar la presencia de la Señora Gato, la Gatita y —en los días más recientes— a La Panterita, una visita que viene y va desde hace quince días. Sí, tres gatos y ninguno es verdaderamente nuestro, es más, esta era una casa donde nunca entrarían gatos. ¿Qué pasó? Un milagro.

145 días y 3 gatos.

Si bien la Señora Gato y la Gatita ya eran parte de nuestras noches y fines de semana desde hace poco más de seis meses, época en la que aterrizaban por apapachitos y un poco de comida; ahora son integrantes más o menos permanentes en esta casa. Cada una tiene su plato de comida, su silla o sillón favorito y peculiaridades. Por ejemplo, la Señora Gato detesta que La Gatita se le acerque, no come las verduras ni cualquier comida “humana” distinta al jamón de pierna o pechuga de pavo y te voltea la cara si la regañas. En cambio, La Gatita es terrible —medio destructora e hiperactiva— pero cariñosa, es una bebeshina, y sus expresiones asustan a mi hermano por ser humanas.

Por ese par he comenzado a observar más mi alrededor y, sin duda alguna, han sido fundamentales para mantener una mente sana en estos 145 días de encierro. Quizá todo inició cuando vi disfrutar a la pequeña de una sesión de juego entre las hierbas altas del jardín y un par de mariposas. La Gatita se entretiene con cualquier cosa, observa mucho y yo, curiosa, termino imitándola para intentar estar más cerca de cómo ve el mundo. Pero la observación no se queda en intentar ver el mundo como ella lo ve, también en comprenderla a ella y a la Señora Gato para ganarme su confianza, para poder estar cada vez más cerca de ellas sin un gruñido o una mala cara, como las que acostumbra la Señora Gato cuando la chiquita se acerca. ¿Qué tipo de apapachito les gusta más? ¿Qué quieren transmitir con cada uno de sus sonidos? ¿Qué sonidos les da miedo? Así, dando respuestas, poco a poco las voy entendiendo.

A veces me pregunto qué hubiese sido de mí en el encierro sin La Gatita o la Señora Gato, hoy me pregunto si La Panterita tendrá un impacto en nuestras vidas como las otras dos. Tan solo en unos días, se ha convertido en la sombra de mi papá cada que está en la terraza, siempre está cerca cuando echa a andar la lavadora y tiende la ropa. Lo más emocionante es el buen recibimiento que ha tenido: es una gatita que pide cariñitos y mi papá —quien hasta hace 145 días no era cat person ni lo reconoce— no solo se los da, también tiene deferencias que no había tenido tan rápido con las otras dos.

A 145 días del encierro, mi vida es muy distinta y, en definitiva, lo último que quiero es regresar a los días vertiginosos de entonces. Como he dicho en otros rincones de la web, duermo mejor, me estreso menos, mis alimentos son más equilibrados y no me salto comidas. Además, tengo más horas en compañía de mi familia nuclear. ¿Qué más puedo pedir? Salvo un par de horas presenciales con mis amistades, primos, tíos y abuelos; no mucho.

 

Comunicóloga. A veces hablo de libros y escritura creativa, el resto del tiempo colecciono historias y postales. Se me va el avión, una disculpa.
En todas las redes como Bookish Bruha. Esa h no es muda.

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