(Des)romantizando la explotación

En los tiempos modernos donde lo personal es político en todos los escenarios, algunas veces, pensando en todas las categorías de nuestra socialización que nos atraviesan (orientación sexual, género, origen étnico y demás), se nos olvida el lugar desde el que ejercemos y/o exigimos nuestros derechos como personas que en lo individual tienen sentimientos, necesidades y deseos. A veces el compromiso con la(s) causa(s) es tan grande que nos entregamos —sin darnos cuenta— al culto del estrés, las pocas horas de sueño y la vanagloria del agotamiento; aunque esto por sí mismo ya es peligroso, no deja de ser voluntario, pero hay escenarios aún más trágicos donde las condiciones nos remiten a este culto perverso sin siquiera pedirlo. Por eso dedico este texto a la precarización de las juventudes y otros demonios.

Ser persona en un mundo como en el que vivimos es terriblemente difícil, incluso con privilegios, hay situaciones que nos están afectando a todas y todos: la contaminación, la violencia machista, la discriminación, la impunidad, criminalidad y otros problemas sociales, por mencionar algunos. Pero ser persona joven en este escenario sube en varios niveles la complejidad, y sin negar que también en la infancia y en la vejez se viven contextos difíciles, este espacio hace particular énfasis en la adversidad que enfrentan —y probablemente sigan enfrentando— las juventudes.

Hay más de un criterio para determinar que una persona es joven, pero de manera general se utiliza el criterio cronológico-biológico. Pero es un hecho que las aproximaciones desde las ciencias sociales ofrecen más herramientas para su comprensión, definiendo a las juventudes como “condiciones históricamente construidas y determinadas por variables” o como una “condición social con cualidades específicas que se manifiestan según la época histórica”, autoras y autores siguen debatiendo. Por eso, y porque todo acaba siendo una construcción social, se hará referencia a las juventudes con las cargas que existen en la sociedad sobre tener determinada edad.

Según la legislación mexicana vigente, la juventud abarca el periodo comprendido entre los 12 y los 19 años; la Convención Iberoamericana de los derechos de los jóvenes considera a las personas entre los 15 y los 24 años; dentro de la Organización de las Naciones Unidas se utilizan diversos parámetros que van desde los 12 hasta los 32 años; para la Carta Africana de los Jóvenes, la juventud comprende de los 15 a los 35 años de edad; finalmente, la Comisión Europea define como “jóvenes” a las personas de entre 15 a 29 años. Estas variaciones aumentan si se hace un comparativo de país a país. No obstante, lo anterior refleja que cada sociedad determina y otorga cierta carga a la edad que tienen las personas, ya sea por actividades que realizan o por sucesos de vida (independencia económica, matrimonio u obtener un título universitario). Esto tiene un impacto directo en la forma que se les percibe, sobre todo cuando son «jóvenes». Pero no hay que olvidar que independientemente de la edad o todas las características compartidas que llegaran a tener, dentro de las juventudes no hay grupos homogéneos.

¿Y esto cómo se traduce en contextos laborales? En primer lugar, hay que partir del hecho de que no todas las personas jóvenes pueden acceder a la educación y que esto reduce o condiciona sus oportunidades laborales. Entonces, ¿a qué se enfrentan las personas jóvenes? El informe Coyuntura Laboral en América Latina y el Caribe realizado de forma conjunta por la OIT y la CEPAL revela que ha aumentado la informalidad laboral, tanto por la debilidad en la generación de empleos nuevos como por la informalización de los empleos existentes (como el caso del trabajo de entregas a domicilio). En otras cifras, la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) señala que, en 2019, el 56.9% de la población económicamente activa mayor de 15 años trabaja en el sector informal. Asimismo, en el último informe sobre juventud y derechos humanos del ACNUDH se señala que el panorama mundial indica que es más probable que los jóvenes no sólo tengan más probabilidades de estar desempleados que los adultos, sino que además sus empleos suelen ser más precarios (por ejemplo, contratos sin especificación del número de horas de trabajo) y de menor calidad, sin acceso a los derechos en materia de protección social.

Así, el limitado número de empleos disponibles provoca que se acepten condiciones laborales precarias, principalmente porque se espera que la transición del hogar familiar a la vida independiente se realice durante la juventud. Cuando esta condición no se cumple, existen costos sociales e individuales. Entre las principales formas de precarización que se aceptan se encuentran las horas de trabajo no remuneradas, contratos que generan obligaciones unilaterales o muy pocos derechos; la sub utilización de las capacidades, malos tratos, ausencia de prestaciones, pocas oportunidades reales de crecimiento y apropiación sobre el crédito del esfuerzo personal.

A pesar de lo anterior, en la “cultura de la explotación”, dar un extra, ponerse la camiseta, sacar la casta y ganarse las cosas son frases que podrían estar encubriendo un sistema de explotación bien estructurado basado en relaciones de poder asimétricas que afectan a las personas jóvenes. Pareciera que en la modernidad “amar el trabajo” aunque sea precario es una condición inherente a la vida, o al menos necesaria para la validación social, al punto en que llega a ser exigible.

También es importante mencionar que en nuevas realidades como el freelance o el home office, que reflejan una cultura trendy¸ en su falso rompimiento con la explotación “godín”, están borrando las líneas de lo laboral y lo social, llevando la explotación a un nivel profundo e interiorizado, sin horarios fijos y vendiendo la falsa idea de ser el propio jefe.  Lo mismo que el abuso de las pasantías o trabajo no remunerado en empresas o instituciones, genera todo lo que anteriormente se ha señalado, sin la posibilidad de recibir un pago económico.

Anne Helen Petersen explica en un muy interesante ensayo cómo los millenials están desesperados por cumplir con expectativas muy altas (propias y ajenas), reconociendo que toda una generación que fue educada para esperar que sus “buenas calificaciones y amplios logros extracurriculares” les conseguirían empleos satisfactorios que alimentaran sus pasiones, se enfrenta a un empleo precario y poco motivante. Si bien su análisis parte de la realidad de jóvenes en Estados Unidos, el contexto inmediato no es distinto.

Una joven abogada comenta en redes sociales: “siento que la explotación al estudiante de derecho o recién egresado no tiene límites, parece no haber respeto para un profesionista en formación”. Lo que ella señala es cierto y puede aplicarse a más de una profesión porque en general no existe respeto ni tampoco consideración al trabajo de juventudes empleadas (trabajo joven). Muchas veces afirma que siendo «joven» se está en aprendiendo, pero el discurso detrás es una subestimación de las capacidades de las personas jóvenes, porque en realidad las personas nunca dejan de aprender, independientemente de la edad. Tampoco los discursos que parten del error como una característica inherente a la juventud se sustentan por sí mismos debido a que en la realidad todas las personas invariablemente cometen errores.

Pese a que las ideas centrales se enfocaron a exponer la temática de la explotación en contextos de trabajo formal con un jefe, no se deja de reconocer que las mujeres jóvenes sufren un panorama laboral aun peor. A todo lo anterior se suma la violencia de género y la creencia de que las mujeres jóvenes no tienen la capacidad profesional para realizar determinadas tareas u ocupar ciertos puestos; también se suma a las desventajas la brecha salarial y los trabajos no remunerados.

Las y los jóvenes en contextos que se emplean en el trabajo informal arrastran una serie de desventajas sociales que a futuro no solo tiene costos en sus expectativas de vida, sino que puede generar efectos acumulativos e intergeneracionales. Muchas veces se intersecciona el trabajo informal con juventudes migrantes, indígenas, con discapacidad o con identidades trans. En la actualidad ser joven implica verse atravesado por múltiples discursos incompatibles coexistiendo. Por un lado, se dice que “lxs jóvenes son el futuro” y por otro que “no están listos para vivir” como si la juventud fuera un padecimiento o una etapa previa a la adultez (que tampoco es muy buena que digamos).

Resulta ilógico y contradictorio que se quiera negar que persona de entre 12 y 37 años no tienen intereses, deseos y aspiraciones. Si quiere construirse un futuro, debe dejar de negarse el espacio que corresponde a las juventudes. Deben generarse condiciones laborales justas y sobre todo, espacios de aprendizaje y crecimiento. Una generación dispuesta a construir, deconstruir y transformar sólo requiere dejar de ser explotada y menospreciada para aprovechar todo su potencial.

Miembro de la Red Peninsular de Apoyo al Litigio Estratégico a favor de los pueblos indígenas y comunidades campesinas en los estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo, y de la Red Juvenil "Valiente” para defender la tierra, el territorio y el medio ambiente.

Escribo sobre política, sociedad y medio ambiente con perspectiva de derechos humanos.

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