Desde el Lugar Hundido: Recaída en Resistencia

Húndete en el piso. Estás en el lugar hundido. Esa frase de “Get Out!” que sume al protagonista en una prisión de su propia mente en la que puede ver todo lo que le pasa a su cuerpo pero no puede interactuar de ninguna manera, ha resonado bastante conmigo estos últimos meses. Porque, en cierta forma, es la mejor metáfora que se me puede ocurrir para explicar mi recaída.

Pero eso es adelantarnos mucho, lo mejor, creo yo, es que les platique cómo llegué al “lugar hundido” de Jordan Peele, ya con ese contexto, les explicaré sobre el valor y el poder que tiene existir durante una regresión en su proceso de salud mental. Porque, como neurodivergente y persona con discapacidad en un mundo neurotípico y capacitista, existir es resistir.

Julio 2021: Estoy realizando un trabajo final, llevo un retraso en mi entrega. Trabajo tan rápido como puedo, pero de repente el cuarto es más oscuro, el aire es más denso. Mi cuerpo es de plomo. Empleo todas mis fuerzas y me levanto de la silla para colocarme delicadamente en el piso, lo logro. Al menos pude tener un ataque de pánico sin caerme súbitamente. Me levanto a darme un baño caliente. Mientras estoy en el agua hirviendo, extiendo la mano y apago la luz, cuando estoy ansioso, mi autismo se hace más notorio y la luz me sobrecarga. No es suficiente para evitarlo de nuevo. Tengo un segundo ataque de pánico, saliendo del primero.

Lo último que recuerdo esa noche es estar bailando frenéticamente al ritmo de la música mientras sollozaba, dejaba que la música me guiara porque mis ojos llorosos no me permitían ver mis pasos. Fue mi primera vez sufriendo un episodio mixto debido a mi trastorno bipolar. Un episodio mixto es la aparición de manía y depresión al mismo tiempo, es la experiencia emocional más confusa y enajenante que se puede experimentar. Lloras mientras bailas. Te sientes un dios, pero no vales nada. Te quieres morir, pero te sientes inmortal. Me gustaría decir que fue la última vez que sufrí uno, pero mi madre no crio un mentiroso. Se hicieron mucho más comunes. Tuve, además, dos ataques de pánico extra durante ese periodo de entregas finales. De nuevo, uno vino inmediatamente después del otro.

Agosto 2021-Diciembre de 2021: Todo el semestre se caracterizó por episodios mixtos. Desatendí mis clases, a menudo estaba lo suficientemente deprimido como para no bañarme, no comer, no levantarme de la cama en todo el día. Conectarme a las reuniones de Zoom era una tarea imposible. Mi consuelo fue que la institución se solidarizó con mi situación y prometieron ayudarme si llegase a necesitarlo.

Las citas con el psiquiatra se hicieron más frecuentes. Yo había pasado dos años libre de medicinas psiquiátricas para prevenir el daño cognitivo que me causa tomarlas (debido a un periodo de sobremedicación causado por negligencia médica en mi adolescencia). Enfrentar mis episodios mixtos sin medicinas fue un infierno, lo más difícil que he hecho. Pero no quería regresar a la amnesia disociativa, al entumecimiento emocional, a los problemas de atención y retención de la información. Lo manejé con terapia y muchos, quizá demasiados, breaks de salud mental.

A finales del semestre me sentí más estable, así que me pasé a vivir solo. La independencia trajo consigo muchos retos, pero también una comodidad increíble. Desgraciadamente, me enfermé de faringitis en el último periodo. Dos pruebas de Covid salieron negativas, pero de todas formas no podía salir de mi departamento (no es como que pudiese probarle a la gente en la calle que mi tos era por una cosa y no la otra). Todo mi trabajo tuvo que hacerse en casa.

El reposo trajo consigo el rezago. Me atrasé en todos mis pendientes. En una clase, junté suficientes faltas para ameritar reprobación inmediata. Al hablar conmigo la maestra hace referencia a mi depresión: Entiendo que no todas las personas tienen las mismas situaciones, pero eso no es justificación para la falta de compromiso. Después de eso me indicó que el trabajo final en equipo, me tocaría hacerlo solo. La promesa anterior sirvió para poco, después de todo, había cometido un pecado institucional: permití que mi depresión afectara mi productividad.

Hubo una niebla en mi mente por las siguientes 48 horas. Mí único esfuerzo fue por tomar agua y de vez en cuando ir al baño, el resto de ese periodo lo pasé acostado, ya sea llorando o simplemente viendo al techo. Memorizando las manchitas en la pintura mientras mi mente permanecía en blanco. Lo siguiente que recuerdo es que me estaba vistiendo. Había comido unas papas y unas galletas, mi única comida real en esos casi tres días. Me puse mis tenis, unos shorts, ropa cómoda. Agarré mis llaves y dispuse a salir a la calle a las 8pm en dirección a la avenida más concurrida a esperar que pase un camión a toda velocidad.

Me llegó un mensaje de mi madre, “¿Cómo estás?” y fue hasta ese momento que el peso de lo que estaba a punto de hacer cayó sobre mí. No había tenido un intento de suicidio en más de diez años. Y si mi madre no hubiese mandado ese mensaje, muy probablemente no habría sido solo un intento. De nuevo, lágrimas en los ojos, “No ma, no estoy nada bien.” Contesté. Al platicarle de la situación, de cómo me sentía, me ofreció quedarme en su casa en Navidad: “velo como unas vacaciones, descansas un rato, te dedicas a hacer tu trabajo final otro rato. Y regresas a tu depa cuando hayas salido de esta.” Acepté la oferta.

Enero 1, 2022: Era oficialmente Año Nuevo y yo no había avanzado nada en mi proyecto. Estaba enfermo, mis amistades estaban en alguna fiesta y yo pasé el conteo final del 2021 envuelto en sábanas sucias, viendo en mi celular a gente más feliz que yo en un cuarto a oscuras. Llevaba 72 horas así, deprimido, pidiéndole a mi cuerpo que se mueva, que se levante, se bañe, coma algo y se ponga a trabajar en ese trabajo final o reprobábamos. Y si reprobábamos perdíamos la beca. Y si perdíamos la beca… “Entiendo que no todas las personas tienen las mismas situaciones, pero eso no es justificación para la falta de compromiso.” No hubo respuesta de mi cuerpo por horas.

Cuando al fin me pude mover, caminé hasta el cajón de la alacena donde guardan las pastillas. Tomé un bote de analgésicos lleno e intenté girar la tapa. De nuevo, el peso de lo que estaba a punto de hacer cayó sobre mí. La botella de repente pesaba 100 kilos. Caí al piso y lloré en mi alacena por un tiempo, pudieron ser veinte minutos, pudieron ser dos horas, o cuatro, hasta el día de hoy no recuerdo cómo llegué a la cama, pero ahí desperté.

“Ahora estás en el Lugar Hundido” Get Out! (Jordan Peele, 2017) via: Joe Medforth

Enero 14, 2022: Eran las diez de la noche cuando recibí el mensaje. No había nadie en la casa. Le mandé exactamente lo mismo a tres amistades. “Perdí la beca. Me quiero morir. Me voy a morir.” Y entonces pasó: “Húndete en el piso. Estás en el lugar hundido.” Yo existía, pero ya no tenía ningún tipo de control sobre mi cuerpo. Podía verme y sentirme en el piso. Golpeando y pateando el azulejo. Llorando en absoluto silencio. Después de un tiempo, escuché a mis primites jugar con mi hermana afuera, corriendo y riendo. “No entren. Por favor, por lo que más quieran, no entren. No quiero que me vean así…” Traté desesperadamente de tomar el control, pero yo estaba flotando, lejos de mi cuerpo, pero aún dentro de él. Levantándome del piso y tambaleándome por el cuarto en movimientos erráticos, sin sentido.

Caí en la cama, me retorcí un poco más. Perdí toda la energía. Volteé los ojos hacia el sillón, podía ver mi celular brillar. Mi amigo Alejandro me estaba llamando. Hasta el día de hoy, no sé cómo pudo sentir en mi mensaje que algo estaba muy mal. Mis otras amistades asumieron que lo que dije se trataba de una expresión, de hipérbole. Alex se olió, por alguna razón, que era algo más profundo, más real. Llamó a mis hermanas, a otro amigo, a mi mamá. Para cuando mi hermana entró al cuarto, yo estaba inmóvil, con la mirada perdida viendo al techo. Mi único movimiento eran mis dedos retorciéndose. Me preguntó cómo estaba, pero no pude responder.

Se quedó a cuidarme en lo que llegaba mi madre. Lloró. Yo lloré en silencio porque me mataba en vida que me viera en ese estado. Me destrozaba que, si ella no llegaba, temo lo que pude haber hecho al recobrar la energía. Porque las limitaciones de mi mente ya no existían para mi cuerpo, yo estaba en el lugar hundido. Si recobraba la energía, esta vez no habría frenos. Ella me habría encontrado en un estado mucho peor, se siente horrible saber eso. Estoy seguro de muy pocas cosas, pero definitivamente estoy 100% seguro de algo: Alex me salvó la vida.

Llegó mi madre. Quiso preguntarme qué me pasó, solo sollocé. Quería responderle, pero mi única reacción al abrir la boca era llorar. Me abrazó y me dijo que buscaríamos una solución, que me tome mi tiempo, pero que regrese. Durmió junto a mí. Lloré hasta quedarme dormido. Estuve en un estado no verbal, casi catatónico, por al menos 10 horas. No me imagino lo desgarrador y a la vez consolador que fue para mi madre escucharme decir, con toda la naturalidad del mundo, “Ya voy Pico” en la mañana, cuando mi perro rascó la puerta para que lo saque a hacer pipí.

Ninguno mencionó que pude hablar y moverme como si nada. Quizás porque ambos teníamos el mismo miedo: que mencionarlo iba a hacerlo real, y que hacerlo real iba a regresarme al lugar hundido por un tiempo indefinido.

Encontré soluciones. Estoy gestionando no perder la materia ni la beca. Pero el sentimiento de culpa sigue ahí. Sufrí, por primera vez en mi vida, un eclipse total de la mente. Un episodio mixto por mi bipolaridad, una regresión en mis etapas de desarrollo por mi autismo, un episodio disociativo debido al trauma, un ataque de pánico sostenido y un brote psicótico, todo al mismo tiempo. Eso fue el lugar hundido. La conjunción de mis trastornos en un mismo lugar, un mismo momento, el momento más aterrador de mi vida.

Y en lugar de sentirme agradecido por sobrevivir, me siento responsable. Siento que fallé de alguna manera, que no debí haber sufrido tanto o incluso más que en mi peor momento hace diez años. Que es mi culpa tener que jugar con mi suerte al regresar a los psicofármacos. Que sufrí un retroceso y todos mis logros en mejorar mi salud mental a lo largo de más de una década valieron para nada.

No me considero alguien famoso, es más, no me considero alguien importante en temas de neurodivergencia. Pero sí reconozco que hay un pequeño grupo de personas que disfruta mis artículos y publicaciones al respecto, un muy reducido, pero significativo grupo de personas que en mi experiencia encuentran consuelo para su propio proceso. La vergüenza que sentí por haber fallado como ejemplo de superación me estaba matando.

Hasta que, al contarle mi situación a una amistad, me dijo algo que me marcó. Me dijo mis propias palabras: “Rafael, cuando yo estuve mal, tú mismo me dijiste algo que me hizo sentirme mucho mejor. Que una recaída no implica un retroceso.” No recuerdo cuándo dije eso (mi memoria es bastante defectuosa), pero es algo que probablemente dije, algo que, en mi situación de mejoría, en mi orgullo de nunca haber sufrido una recaída tan fuerte, tan real, había dicho sin haber reflexionado realmente en esas palabras.

Sí, estuve en el lugar hundido, pero salí. Y el hecho de que haya pedido ayuda esta vez, el hecho de que haya podido salir de ese estado en solo diez horas, el hecho de que estoy aquí ahora y no dejé que el abismo me consuma. Bueno, considero que sí, significa que tuve una recaída, pero no un retroceso. Porque el Rafa de hace diez años habría sufrido esto solo, habría ido a esa avenida, habría tomado esas pastillas, se habría quedado en el lugar hundido. Y en su lugar, aquí sigo.

Porque una recaída no es un retroceso. Y porque, como persona neurodivergente, al tener una regresión en tu salud mental causada por una sociedad y cultura altamente capacitistas y neuro-normativas, lo más valiente que puedes hacer, la mayor forma de resistencia que puedes demostrar, es sobrevivir. Hay un poder inimaginable en respirar cuando el mundo te dice que no lo mereces. No he salido de la recaída, no aún. Pero lo haré. Sé que lo haré.

Y si tú estás pasando por un proceso similar, te deseo de todo corazón que tengas la apertura de comunicarlo libre de vergüenza. Porque créeme que el amor que recibirás te sacará del lugar hundido. Recaíste y duele, pero, así como una herida del pasado puede volver a abrirse, también puede volver a sanar. Y la cicatriz que te deja será el recordatorio más grande de que no moriste. Hay mucho poder en eso. Permítete recaer, permítete pedir ayuda, e incluso desde la oscuridad del lugar hundido, verás a lo lejos un halo de luz.

Dedicado a Alejandro: De todo corazón, gracias.

Soy Rafael Abreu, psicólogo, autista y paciente bipolar que busca eliminar estereotipos negativos sobre la neurodivergencia. Clasificado legalmente como "Discapacitado, más no incapacitado." Me apasionan los temas relacionados a videojuegos, cine, neurodivergencia, discapacidad, la comunidad LGBT+ y DDHH.

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