Desahogo sobre la amistad y sus pérdidas

Sobre el contexto.

Hace unos días escribí un tweet que decía “un texto que hable sobre cómo el corazoncito va sintiendo cuando es momento de dejar ir una amistad” porque —en medio de la tristeza y el miedo que me da estar reconociendo que, quizá, una de las amistades que más estimo está llegando a su fin— sentía que me estaba inundando de más dudas que respuestas, que me estaba ahogando en mis propias emociones y en el temor de, por una parte, no estar siendo “suficientemente paciente y buena amiga” y, por otra, estar siendo “injusta y poco sincera conmigo misma”. Después decidí que, una vez más, recurriría a mis propias palabras para sanar esto, para darle, de una u otra forma, una salida y camino a todas las emociones. Para esto, pedí que quien quisiera me contara su historia perdiendo alguna amistad. Para mi sorpresa, muchas personas se acercaron a contarme sus vivencias, experiencias y conclusiones al respecto y aprendí tanto y me sentí tan acompañada y apapachada que no puedo hacer más que agradecerles la confianza. Hoy reconozco que, en medio de tantos sentimientos, aún no sé muy bien qué decir ni cómo expresarlo, pero aquí va mi intento con el corazón muy abierto y sincero.

 

Sobre la amistad, lo mutuo y lo justo.

Para mí, la amistad significa una decisión y compromiso consciente y constante de construir en colectivo, de rodearse de aprendizaje, de dar y recibir apoyo y ternura; de vivir experimentando nuevas emociones con una presencia que reconforta. Para mí, la amistad significa motor, camino y compañía.

No creo que se trate de una tablita de esas que veías en la prepa en la materia de contabilidad; no es una lista de “debe” y “haber” para mantener el registro de qué tanto damos para ver cuánto nos toca recibir. Creo que el proceso es algo mucho más natural, menos organizado; menos de un tipo de material contable y más como una sensación de que ahí donde estamos nos sentimos con la confianza, seguridad y cuidado necesario de manera justa y recíproca.  Pero ¿qué pasa cuando, sin llevar la cuenta, una empieza a sentir que el piso de la relación ya es sumamente disparejo; que no hay cuidado mutuo; que hay un lado de la cancha mucho más solitario que el otro; que de un tiempo a la fecha hay mayor dolor que alegría? No tengo muchas respuestas y, en parte, esa es la razón por la que escribo este texto; que busco desmenuzar mis emociones y, a la vez, hablar un poco más sobre esta otra cara de la amistad de la que poco se habla.

 

Sobre la primera amistad que dolió y terminó.

 Tuve un mejor amigo. Nos conocimos en segundo de primaria y nos acompañamos en todos los procesos de nuestra vida hasta sexto semestre de preparatoria. Compartimos todo; grupos de amistades, apuntes escolares, gustos musicales, experiencias en conciertos y viajes, historias de nuestros corazones rotos y hasta compartimos familias, pues, incluso actualmente, a pesar de que ya no hablamos, a su mamá le digo así también, “mamá”. Al llegar el último año de prepa, cuando empezó una relación una mujer que también me caía muy bien, nos fuimos separando. Los celos irracionales de pensar que a mí siempre me había gustado él, hicieron que hubiera conflictos en su relación y, después, de manera muy confusa, empezaron a salir temas que me costaba mucho comprender. Lo extrañaba y extrañaba sentir que éramos equipo. Cuando tenía discusiones con su novia, recurría a mí y estábamos bien, pero, después, cuando se arreglaban volvía a distanciarse. En nuestro último día de prepa, me dijo que él sabía que no estaba bien lo que estaba ocurriendo, que su relación, además, ya estaba muy rota, que cortarían y que, después, platicaríamos para arreglar todo. Nunca pasó. Luego, en mi primera semana de universidad, le escribí una carta que le hice llegar por correo; ahí le describí todo lo que había ocurrido en mi vida durante los últimos meses (la separación de mis papás, mi mudanza de ciudad, la pérdida de mi perrita, los conflictos que tenía en mi relación, etcétera). Realmente lo necesitaba. Le dije, además, que empezar un primer día de clases sin él era rarísimo; que no sabía compartir escritorio con nadie más porque él siempre había sido mi equipo; y, por otra parte, le deseé un buen inicio de actividades universitarias a él también, le recordé lo mucho que lo admiraba y cuánto confiaba en que lograría cualquier cosa que se propusiera. Después de unos cuantos días me contestó y, omitiendo todo lo que le había contado, me dijo que nuestra amistad ya no podía continuar. Continuamos con nuestras respectivas vidas, volvimos a coincidir en algunas reuniones y ahora sólo nos contactamos para felicitamos en nuestros cumpleaños.

En mi vida, siempre hay historias que lo incluyen porque su amistad me conforma. He cambiado mucho desde que nuestra amistad se rompió y hay muchas partes de mí que a él ya no le tocaron conocer; mi feminismo es, quizá, el más grande ejemplo. Pero mi identidad se construyó caminando con él; mi interés en el estudio de la música, mis habilidades en el basquet, mi gusto por coleccionar changuitos de peluche y hasta la forma en la que sostengo las hamburguesas cuando las como (pulgares y meñiques abajo y el resto de los dedos arriba, este tip les cambiará la vida); todo eso lo aprendí de y con él y me gusta pensar que mucho de mí también lo conforma a él. Su amistad y el hueco que dejó a mí es un proceso que, hasta la fecha, sigo sanando. Dolió mucho, pero lo sigo recordando con cariño y, cada que se cruza por mi mente, deja una sensación cálida y familiar. Memo, con todo lo que dejó sembrado en mí, representa el aprendizaje de que las personas también son ciclos.

Autor @saturno.efimero

 

Sobre el camino que ha venido desde entonces.

 Después de perder la amistad de M. vinieron muchos procesos que me hicieron comprender que la responsabilidad afectiva debe hacerse presente en todos los espacios que formamos y, principalmente, en aquellos en los que construimos amistades. En un texto que escribí para este mismo blog, mencionaba lo importante que es proteger(nos)  del dolor que se puede prevenir volviéndonos conscientes de nuestras acciones, de la necesidad de empatía y de lo bonito que es acompañarnos a través de la comunicación, la sinceridad y el establecimiento de límites. Volviéndome consciente de esto he ido construyendo todas mis relaciones actuales y puedo decir que, sin duda alguna, es el punto de mi vida en el que mejor acompañada me siento, donde creo que estoy rodeada de personas maravillosas que me permiten crecer con ellas y que me llenan de un cariño lleno de solidaridad y ternura. Sin embargo, esto también ha significado aceptar y volver a reconocer que no todas las personas son para siempre y que, aunque desee conservar su compañía por el resto de mis días, hay que soltarlas y comprender, una vez más, que son ciclos que se transforman y que también se cierran.

 

Sobre lo actual.

 Cuando hablo sobre estos ciclos que se transforman o que terminan, muchas viejas amistades se me vienen a la mente y, aunque les recuerdo con cierta nostalgia, no es algo que duela, pues considero que es necesario que cada quien, desde lo individual y colectivo, cambie, se adapte y evolucione. No todas las personas entran en todos los procesos y es normal. Los caminos se separan y a veces el cambio se da de una manera tan cotidiana que, cuando menos te imaginas, reconoces que esa amistad ya está en otro plano y que, quizá, fue lo mejor o, al menos, lo “normal”. Pero no siempre pasa así; a veces el proceso es más doloroso y mucho más frustrante. A veces simplemente no queremos que pase y, en ocasiones, la lucha unilateral duele tanto como cualquier otro tipo de ruptura. Tal es el caso con una de las personas a las que más quiero en el mundo. Mi compañero de los últimos años y la familia que elegí una vez que me mudé de ciudad. Esta amistad ha significado un ejercicio mucho más consciente de respetar espacios, de darle tiempo a quien lo requiere, de comprender si alguien no quiere hablar y entender que no se trata de nada personal, sino que, más bien, hay que aprender a cuidar, apoyar y querer desde los espacios que las personas nos permiten. Durante los últimos años eso es lo que me he pasado intentando; comprender que, si mi amigo no quiere hablar conmigo es porque, quizá, no se encuentra en su mejor momento; que, si no sale a nuestros planes es porque probablemente está ocupado, cansado o que, si simplemente no quiere, también es válido; que, si no puede apoyarme cuando lo necesito es porque, en tiempos tan caóticos, cada personita apenas y puede con su vida; que si dijo o hizo algo que me dolió, no fue intencional, que cualquiera comete errores y que estamos ahí para hablarlo, solucionarlo y seguir mejorando; que si se repite, bueno, lo volvemos a hablar. Comprender, entender, perdonar y seguir construyendo. Ese ha sido mi objetivo porque hay mucho de esta amistad que aprecio; porque sé que hemos crecido tanto acompañándonos que me niego a aceptar que una mala racha sea definitoria; porque tiene tanto espacio en mi corazón que el cariño sigue intacto; porque me interesa tanto comprender y empatizar con lo que él está viviendo que me da pánico estar siendo egoísta al pensar en lo mucho que lo extraño, en cuanto lo necesito y en cómo no ha estado para mí. Y es que ahí está la cosa, que ya no sé si debo seguir intentando por la amistad que hemos construido o si debo ser más justa conmigo misma y aceptar que, a pesar de todo el cariño, también yo necesito cuidados, apapachos, atención y el compromiso constante de saberme en una relación justa. ¿Dónde está la línea? ¿Cuándo se sabe cuando ya fue suficiente y que no se puede o no se quiere dar más? ¿Cuándo este dolorcito del pecho alcanza el tamaño necesario para abandonar la misión? No quiero aferrarme a las personas ni a lo que representan en mi vida, pues, insisto, estoy consciente de que siempre vamos creciendo, evolucionando, cambiando, etcétera, pero tampoco quiero rendirme con la gente que quiero. ¿Por qué, si sé que hay tanto cariño de ida y vuelta, me siento tan solita en esta amistad de dos?  ¿Por qué, si sé que todas estas emociones son válidas, me da miedo estar confundida y resultar en una persona egoísta?

Autor @matiasprado

Insisto, aún no tengo las respuestas. Aún no sé muy bien qué sentir, pensar o hacer al respecto y esa es la razón por la que escribo este texto; porque necesito alguna manera de desenredar tantas emociones que duelen, incomodan y que me dejan en una posición tristemente conocida. No sé si algún día estaré lista para soltar amistades así como así, sin esforzarme durante meses o años, sin dar oportunidades, sin intentar ponerme en segundo lugar para ver todo desde distintas perspectivas. Sólo sé que, actualmente, el hecho de sentirme solita en un camino que debería ser de dos es algo que me tiene con el corazón triste, que me frustra y que, incluso, me hace querer nombrar esto desde el enojo. Supongo que todo lo anterior se trata también de reconocer que los procesos que vivimos, a pesar del tiempo, la experiencia, la teoría, la terapia, etcétera, siguen siendo complejos. Que hay emociones para las cuales nunca llegamos a estar preparadas al cien por ciento. Que el dolor sigue siendo normal y que, lo que decidimos hacer con él, es lo que va mejorando en nuestra evolución constante.

 Hablamos mucho sobre todo lo maravilloso que la amistad implica, sobre la alegría que da la compañía, las risas, el apoyo, etcétera. Pero hablamos muy poco sobre lo doloroso que es cuando alguna termina. Nos quedamos con sentimientos atorados, con muchas preguntas y el contexto en el que vivimos nos prepara poco para entender que estas emociones son válidas. Quizá es culpa del amor romántico y del peso tan desproporcionado que le damos a las relaciones de pareja o de familia, no lo sé, pero sin duda alguna considero que debemos abrirnos más espacios para platicar de estos procesos y de lo que dejan en nuestras identidades. Debemos hablar más sobre la amistad, y no sólo como en una película de Disney Channel en la que todo sale bien sin importar nada, sino más bien como un proceso firme y consciente que requiere energía, compromiso, cariño, responsabilidad y ternura; de todo un mucho.

Gracias a quienes están, permanecen y acompañan. Gracias a quienes me permiten estar, permanecer y acompañar. Seguimos avanzando y, aunque siga con más dudas que respuestas, una vez más reconozco que, con todo y las subidas y bajadas, este mundo tan injusto y hostil se aligera cuando se comparte y transita con ustedes. ¡Qué viva la amistad! Que hallemos formas de sanar nuestros corazones rotos por estas razones y que, paso a pasito, se vuelva un proceso menos solitario.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

2 respuestas a «Desahogo sobre la amistad y sus pérdidas»

  1. Me gusto el texto, a veces parece que es más normal de lo que imaginamos perder amistades y siempre aparentando que no hay dolor detras de estas perdidas sin importan el motivo que lleve a su fin, yo perdi a mi mejor amigo sin explicación alguna y para ser sincera yo no estaba pasando en un buen momento y simplemente nunca más volvi a recibir un mensaje de él, me paso lo mismo con una amiga el año pasado por cuestiones del trabajo arrastro nuestra amistad y para ser sincera aún estoy triste por esa situación. Gracias por el tiempo de escribir sobre estas experiencias. Un gran saludo.

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