Des-romantizar la maternidad: Reflexiones desde el libro de Jennette McCurdy

Hace apenas unos días, se publicó el libro de Jennette McCurdy con un título que a algunes les pareció desconcertante: I’m glad my mother died o Me alegro de que mi mamá murió. Fuerte ¿no?

 A Jennette le han preguntado sobre la razón por la que se decidió por este título. Si bien, ha hablado de que tiene que ver con que la gente se interese por él, evidentemente, es una decisión editorial y de marketing. También ha dicho que espera que las personas que lo lean entiendan completamente el significado del título al terminarlo, porque no es una frase que usa de forma sarcástica o humorística, sino que de verdad lo siente de esa manera. Se alegra de que su madre haya muerto.

Y lo primero que podríamos pensar con estas declaraciones es que Jennette es una mala persona, porque ¿quién podría alegrarse de algo que, para muches de nosotres, representa uno de nuestros más grandes miedos?

Pero creo que, leyéndola, también nos lleva a reflexionar sobre ¿cómo vemos a nuestras madres? ¿Desde la idealización? ¿Desde lo que la cultura y la sociedad nos han dicho cómo debe ser una madre? ¿Desde la idea de amor incondicional a la familia que también nos ha sido impuesta?

La madre de Jennette abusó emocional, económica, física y sexualmente de ella. Espero que ninguna de las personas que esté leyendo este artículo esté pasando por una situación similar. Sin embargo, precisamente el hecho de que la relación con la madre y con la familia, en general, esté tan romantizada, hace más difícil reconocer, nombrar e incluso denunciar las violencias ejercidas en estas relaciones.

Jennette misma lo dice, tanto en su libro como en sus entrevistas: “mucho tiempo pensé que todo lo que ella hacía, lo hacía por mi bien”. ¿Y cómo no creerlo? Si su mamá se lo decía y ella solamente era una niña. Pero también, ¿cómo no pensarlo?, cuando todo a nuestro alrededor nos dice que una mamá siempre sabe qué hacer y siempre va a velar por nosotres.

Tomada de @emakbooks vía instagram.

Algo que creo que se nos olvida muy fácilmente es que, nuestras madres no son solo madres. Son personas. Ahora, vuelvan a leer la frase del párrafo anterior: todo a nuestro alrededor nos dice que una mamá siempre sabe qué hacer. ¿Qué persona podría, en realidad, siempre saber qué hacer? No queda margen para el error, para equivocarse, para ser humana. Y esto lo hemos visto en frases tan estereotipadas como: “mi mamá es mi heroína, la mejor, perfecta”. Y resulta que no. Nuestras madres son personas. Nuestras madres son humanas.

Y como humanas, tienen sus propios prejuicios, problemas y errores. Se pueden equivocar incluso con nosotres, con nuestra crianza y con la forma en que se relacionan con nosotres. Ojo, cometer errores no es lo mismo que ejercer violencias.

Jennette lo menciona también en una entrevista: “no culpo a mi madre por tener problemas, la culpo por no haberlos trabajado y terminar haciéndome daño a mí”. Esto refiriéndose a que su mamá tenía trastornos de la conducta alimentaria, los cuales terminó inculcando en su hija, al enseñarle el conteo y la restricción de calorías a la temprana edad de once años.

Ok, las madres son personas y pueden cometer errores como todes, pero eso no justifica las violencias que puedan tener. Porque en ninguna persona deberían justificarse. Pensar que ser madre hace a las mujeres inherentemente buenas es volver a la idea esencialista que intento criticar en este texto.

Ser madre no te convierte automáticamente en nada. Mucho se habla de que en cuanto ves a tu hije en tus brazos por primera vez, es amor a primera vista. En cambio, por años no se habló de la depresión postparto, e incluso ahora que tiene un poco de más visibilidad no se compara a la que tiene la idea de la “magia” de dar a luz. Mucho se habla también sobre el amor incondicional de una madre y de lo maravillosas que deben ser las relaciones madre-hije, puesto que si te cargó en su vientre por nueve meses evidentemente existe algún tipo de “conexión irrompible”.

He aquí el meollo del asunto: si ser madre no te convierte automáticamente en una persona amorosa, inherentemente buena, un ser de luz, entonces hemos de asumir que existen personas de todo tipo que son madres. Incluso personas violentas y que cometen abusos de la magnitud de los cometidos por la madre de Jennette. Personas por cuya muerte agradecerías, como ella se siente respecto a su propia madre.

Es tiempo de bajar a nuestras madres del pedestal. Porque pareciera que ese pedestal, más que un lugar en el que ellas quisieran estar, termina siendo una presión. Porque no nos permite ver que las relaciones madre-hije no siempre son el sitio seguro que nos prometieron. Porque nos hace quedarnos callades ante violencias que se pueden cometer en esos espacios. Porque incluso, sentirnos tristes, enojades, disgustades con nuestras madres nos llena de culpa. Porque bajarlas del pedestal nos permite construir relaciones más horizontales o incluso decidir que no queremos seguir construyendo con ellas. Y es válido.

Morra de los 90’s. Psicóloga feminista en proceso de terminar su tesis de
posgrado. Escribo sobre las cosas que me mueven, las que me hacen sentir conectada con el mundo y con otras personas. Las películas que veo y los libros que leo son mis cajas de resonancia.

Habito este mundo desde la ternura, la intensidad y la alegre rebeldía. Creo que el amor entre mujeres, en cualquiera de sus formas, nos salva. Creo que nuestra rabia es digna y necesaria. A veces me peleo en Twitter.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *