La tradición vs. el deporte

El circuito mundial de voleibol en playa se jugará en las próximas semanas en Doha, Qatar. Al igual que diversos torneos, este torneo estaba calendarizado para jugarse en 2020 pero debido a la pandemia, fue pospuesto hasta esta fecha. Sin duda la abundancia del mundo deportivo lleva a que este tipo de eventos en diversos lugares como México, pasen desapercibidos. Sin embargo, este torneo se colocó en el foco mediático después de la declaración del equipo femenil alemán, en el cual establecieron que no atenderán dicho torneo.

El equipo femenil alemán, conformado por Karla Borger y Julia Sude, declararó que iba a boicotear dicho torneo al prohibir que las mujeres usaran bikinis en la cancha. We are there to do our job, but are being prevented from wearing our work clothes, manifestó Borger. Ante la declaración, la asociación de voleibol de Qatar afirmó que los participantes podían competir en su uniforme internacional, sin embargo, se sugiere el uso de playeras y pantalones largos a las mujeres. Asimismo, la Federación Internacional de Voleibol (FIVB) respaldó a la asociación de Qatar argumentando que dicha prohibición se debe entender como una regla elaborada por respeto hacia la cultura del país sede.

Aunque el voleibol no requiere el estricto uso de un bikini, el problema reside en las extremas temperaturas que el lugar sede llega a registrar. Tan solo en marzo, se registran temperaturas de 30ºC y un clima sumamente húmedo. El clima ha sido igual de controversial en torneos atléticos anteriores: en el 2019, diversos atletas sufrieron los estragos del clima, principalmente deshidratación, durante el Campeonato Mundial de Atletismo. Asimismo, la Copa Mundial de la FIFA, en el 2022, se jugará en diciembre debido a los extremos climas de verano.

Ciertamente el boicot de Borger y Sude va más allá de un mero asunto climatológico. La manifestación de las atletas alemanas se entiende igualmente como un boicot a la designación de sedes en las cuales las mujeres no pueden competir bajo sus propios términos debido a la cultura y jurisdicción de la sede. En el pasado Mundial de Clubes, igualmente celebrado en Qatar, las árbitras brasileñas Edina Alves Batista y Neuza Back no obtuvieron el mismo reconocimiento que su contraparte masculina por el representante del gobierno qatarí, Sheikh Joaan bin Hamad Al Thani, en la ceremonia de premiación. Dicho gesto se entiende bajo el contexto de la cultura de la sede, sin embargo, ¿es necesario contraponer el deporte con la cultura en dichos eventos?

Mundial de clubes, extraído de Sport Bible

Las restricciones que surgen de sedes culturalmente distintas a lo que la comunidad internacional está acostumbrada en los eventos deportivos ciertamente hacen incómodas este tipo de designaciones. No se trata de una batalla de bien contra mal, es un tema cultural en el cual ningún bando puede argumentar tener la razón dado que cada sede vive su propia definición de cultura. Por tanto, criticar las restricciones o los actos públicos en dichas sedes es, hasta cierto punto, un sesgo occidental. Sin embargo, estos compromisos por ambas partes podrían ser evitados.

Es claro que la designación de dichas sedes es un intento de inclusión global a dichos torneos, cualquier país tiene la posibilidad de ser sede si cuenta con la capacidad de infraestructura para celebrarlo. La unión global a través del deporte ciertamente es un sueño que las Olimpiadas intentan representar cada cuatro años, no obstante, al intentar cumplir este sueño se crearon diversas tensiones. El claro ejemplo es el mundial que se espera jugar en el 2022. No solamente ha sido criticada esta designación por el escándalo de corrupción detrás de la candidatura, sino también por los reportes de altas violaciones de derechos y explotación humana que se ha ejercido con el objetivo de completar la infraestructura necesaria para llevar a cabo el mundial.

Sin mencionar que las restricciones de la sede no aplican únicamente a los atletas y jugadores, sino también a los espectadores. ¿Es justo que las sedes tengan que flexibilizar sus normas culturales para poder ser candidatos a fungir como anfitriones de eventos deportivos? El claro ejemplo es la admisión de mujeres extranjeras a los estadios de fútbol para el mundial pero la negación de las mujeres locales a hacer exactamente lo mismo. “Es su cultura”, podría ser la respuesta a lo anterior, sin embargo, nuevamente se cuestiona el balance entre ambas culturas – la de la sede y la del evento deportivo, ¿realmente se puede alcanzar un equilibrio? Y se llega al inevitable cuestionamiento: ¿se debería seguir designando sedes que resultan tan controversiales en el momento de intentar encajar con el deporte?

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¡Hola! Soy Mariana, tengo 24 años y actualmente estoy estudiando Ciencia Política y Relaciones Internacionales en el ITAM. Aunque me encantan la mayoría de los deportes, mi mero mole es el fútbol americano. Desde chiquita apoyo a los únicos e inigualables Acereros de Pittsburgh.

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