De suffragettes a feminazis

Hace un par de días se conmemoraron 64 años desde aquel 3 de julio de 1955 en el que las mujeres mexicanas ejercieron por primera vez su derecho al voto en elecciones federales. Esto sucedió dos años después de que un decreto presidencial cambiara la redacción genérica masculina de “ciudadanos” (hombres), a la enunciación de que debían ser consideradas como tales “hombres y mujeres” que tuvieran la nacionalidad mexicana, reconociendo de esta forma el derecho de las mujeres a votar y a postularse para cargos de elección popular.

Más allá de la gran reflexión que nos deja la redacción de este Decreto respecto a la importancia del lenguaje y al genérico masculino, la conmemoración de este acontecimiento me trae siempre una particular felicidad al pensar que este hecho no fue más que un eco de aquel Primer Congreso Feminista realizado en Yucatán en el año de 1916, donde ya se vaticinaba el sufragio femenino a partir de la lucha de grandes mujeres mexicanas como Hermila Galindo, Elvia Carrillo Puerto, Beatriz Peniche, entre muchas otras.

En medio de esta felicidad, no pude evitar encontrarme con algunas publicaciones en redes sociales en las cuales se hacía referencia a que “esas sí eran verdaderas feministas” y que esos tiempos eran cuando “las mujeres luchaban por cosas de verdad” y “sin necesidad de salir a marchar desnudas” y “sin gritar o ser violentas”. Sin embargo, estos comentarios, además de parecerme sumamente desacertados, se me hicieron un tanto graciosos, porque contrario a lo que muchas personas detractoras del feminismo piensan, la conquista del sufragio femenino no se logró solamente pidiéndolo por favor.

De forma general, el “sufragio” significa el derecho a votar en elecciones políticas. Por lo tanto, cuando a finales del siglo XIX y principios del siglo XX se inició la lucha por el reconocimiento de este derecho, se le conoció como el movimiento sufragista.

Si nos remontamos a Inglaterra, donde el movimiento sufragista tuvo gran auge durante esta época, podemos encontrar a la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino (NUWSS por sus siglas en inglés), movimiento liderado por Millicent Garrett Fawcett y conformado principalmente por mujeres blancas de clase media alta que eran de las pocas en tener propiedades. La NUWSS creía en una organización prudente y siempre respetuosa de la ley para ganarse el respeto del Parlamento, por lo que a través de protestas pacíficas y buscando personas aliadas en las instituciones lograron hacer llegar varias propuestas de ley que reconocían los derechos de las mujeres. Sin embargo nunca tuvieron el apoyo suficiente para ser aprobadas.

Después de muchos años en los que el movimiento sufragista se encontraba estancado y sin lograr ningún avance significativo en sus objetivos, Emmeline Pankhurst, quien formaba parte de la NUWSS, al verse frustrada por las estrategias elegidas, abandonó este movimiento y formó la Unión Social y Política de Mujeres (WSPU por sus siglas en inglés). Este nuevo movimiento era mucho más inclusivo que la NUWSS, ya que incluía a mujeres obreras y amas de casa que no necesariamente pertenecían a la sociedad privilegiada de Inglaterra.

En contraste con la NUWSS, la WSPU adoptó como el lema de “Hechos, no palabras” (“Deeds Not Words”) para visibilizar que sus estrategias para el logro de los objetivos serían menos pasivas. Sus acciones incluían protestas, incendiar edificios públicos, pintar las paredes con sus consignas y organizar huelgas de hambre en los centros de reclusión cuando eran detenidas.

Sus acciones eran tales que durante 1913 incluso se llegó a considerar la prohibición de la entrada de las mujeres a los museos y galerías de arte, luego de que Annie Briggs, Lillian Forrester y Evelyn Manesta, pertenecientes al WSPU, irrumpieran en la Manchester Art Gallery rompiendo cristales y rayando las obras artísticas que consideraban patriarcales por resaltar el papel de sumisión de las mujeres inglesas.

Atendiendo al contraste en las tácticas de ambos grupos de mujeres, la sociedad inglesa empezó a crear una distinción entre las sufragistas y a las que llamaron las suffragettes. Las primeras, identificadas con NUWSS, eran las mujeres que luchaban por su derecho al voto, pero siempre dentro del status quo, las que seguían cumpliendo con el canon femenino de vestirse y comportarse como unas damas. Mujeres consideradas prudentes y mesuradas que siempre respetaban las normas y no desatendían los deberes propios de su condición femenina (como hacerse cargo de sus hijos y procurar el bienestar de su marido).

Por otro lado, suffragette era la forma peyorativa para referirse a las integrantes de la WSPU. Eran consideradas mujeres locas, poco femeninas, frustradas, irracionales, violentas y desobligadas de sus labores domésticas. Incluso, los periódicos de la época publicaban ilustraciones de las suffragettes retratadas como mujeres feas a las que ningún hombre quería y que por lo tanto al no conseguirse un marido, no les quedaba más que salir a gritar y pelear por sus derechos.

Sin embargo, fue precisamente gracias a los actos de estas mujeres que el movimiento sufragista superó el estancamiento en el que se encontraba, logrando que en 1918 se aprobara un proyecto de ley en el Parlamento que reconoció el derecho al voto de las mujeres mayores de 30 años, siempre que fueran propietarias de tierras, o tuvieran un arrendamiento anual superior a 5 libras, o un título en alguna universidad británica. Diez años después se logró que a todas las mujeres se les reconociera este derecho.

Han pasado ya muchos años y derechos reconocidos desde el sufragio femenino, pero la división de las luchas aún persiste. Ahora las mujeres que pelean por sus derechos transgrediendo el orden social ya no son llamadas suffragettes, pero son llamadas feminazis.

El término feminazi fue acuñado por Rush Limbaugh (un hombre blanco republicano locutor de radio y comentarista político conservador estadounidense). Fue descrito por él mismo como la forma de designar a todas aquellas “feministas radicales” que tienen como único objetivo lograr que “haya tantos abortos como sea posible”. Sin embargo, de acuerdo al Oxford Dictionary of American Political Slang (Diccionario de Oxford del argot político estadounidense en español), feminazi se refiere a una forma peyorativa de llamar a “una feminista comprometida o una mujer de voluntad fuerte”.

En la era de las redes sociales, si eres una mujer feminista probablemente te hayas encontrado en un acalorado debate en el cual alguien te ha llamado feminazi para desacreditar tus argumentos o para plantear implícitamente que seguramente tu descontento con la vida no son los feminicidios, las brechas salariales o la doble jornada de las mujeres, sino que en realidad es porque eres una mujer frustrada que seguramente odia a los hombres.

En incontables ocasiones, yo misma me encontré explicando lo que creía eran diferencias entre una feminazi y una “feminista de verdad”. E incluso he recibido comentarios como “qué bueno que tú eres feminista y no feminazi” como una forma de aprobación social en la cual está bien pelear por el reconocimiento de derechos siempre que no incomodes ni transgredas el orden establecido.

Aunque a menudo el término es utilizado como un sinónimo del feminismo radical, Alda Facio en el Diccionario de la transgresión feminista,  define al feminismo radical como “una corriente del feminismo que no hace alusión a una excesiva beligerancia o fanatismo, como la palabra radical podría sugerir, sino a que esta corriente sostiene que, para lograr eliminar la desigualdad social, es indispensable atacar la raíz del problema”, y precisamente lo que se ha identificado como tal es el patriarcado. Por lo tanto utilizar la palabra feminazi, no es más que una forma de desacreditar las luchas feministas y hacer una categorización a las mujeres que forman parte del movimiento, tal como se hacía con las suffragettes.

En conclusión no sé si haber sido llamadas suffragettes y ahora feminazis es uno de los muchos precios que las feministas tenemos que pagar por la transgresión al orden social y al sistema de opresión patriarcal. Pero lo que sí sé es que me parece completamente insensible y mezquino pretender comparar una ideología antisemita y racista que causó tanto dolor a la humanidad, con el feminismo que por definición no es más que un movimiento político, social, cultural y económico que tiene como objetivo la igualdad de derechos entre mujeres y hombres.

Estudiante de último semestre en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma De Yucatán. Integrante de Amnistía Internacional Yucatán e investigadora sobre derechos humanos y perspectiva de género.

Siempre me estoy cuestionando todo y a veces escribo sobre ello.

Soy amante del impresionismo porque me hace pensar que en realidad la vida es una imitación del arte.

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