De ser princesa de la comuna

La expresión izquierda caviar (caviar gauche) se usó por primera vez en la década de los 80 por sectores opositores al presidente François Mitterrand para referirse a un ala del socialismo francés cuyo estilo de vida acomodado entraba en tensión con los ideales que profesaban en público. La expresión rápidamente se fue extendiendo a distintos contextos: el champagne socialism inglés, el socialismo de salón español, el radical chic italiano… en todos los casos, una cosa permanece inmutable: en la izquierda caviar, el caviar gana (« dans gauche caviar, le caviar l’a emporté », en palabras de Laurent Joffrin). A grandes rasgos, nosotres les llamamos simplemente privilegiados: menos creativo, pero definitivamente más simple. A mí me gusta llamarles princesas revolucionarias; a Elena Poniatowska, la conjunción de las ideas que promulga (en público, por lo menos) y sus orígenes plenamente aristocráticos le ganaron el sobrenombre de la princesa roja.

¿Qué hace a una princesa revolucionaria? No hay que necesariamente apellidarse Slim ­—ni mucho menos portar apellido de reyes, como Elenita— ni adscribirse a una corriente político-filosófica particular. Tampoco basta con vomitar a Marx o Chomsky en algún aula universitaria o entre bebida y bebida con nuestras amistades al cobijo de una colonia bien. La princesa revolucionaria es un personaje, una cuidadosa construcción performativa cuya manufactura solo es posible si se deja en manos de les más sanes hijes del statu quo, resultado de cuidadosos cálculos y elaboradas estrategias de relaciones públicas como solo quien tiene algo que perder por su apariencia podría idear. Todes conocemos a una. Tal vez nosotres mismes (¿quien teclea estas palabras?) seamos una. Siempre será quien habla más fuerte, quien para todo tiene una opinión y se asegura que comunicarla con efusividad y elocuencia y casi coreográficamente. A menudo protagonizará riñas con sus pares solo para deleitarse por lo vanguardista de su propia propuesta (o lo que pretende hacer pasar por propuesta). El mundo es su jardín de recreo y el reglamento nunca le será satisfactorio, y se asegurará de hacérselo saber a quien se lo pregunte (y a quien no) desde la comodidad de la piedra más alta, recostada al sol con grandes anteojos oscuros y el atuendo más chic que pueda encontrar —sin importar el precio en la etiqueta.

La princesa revolucionaria no da paso sin huarache. Tras cada movimiento hay capas y capas de agendas, motivaciones y propósitos difícilmente más alejados de ella que el largo de su propio brazo. La comodidad de la plena satisfacción de las necesidades materiales (y la necesidad abrasante de conservar ese determinado estado de cosas) le permiten habitar un mundo de teorías, de cavilaciones y contemplaciones tan abierta y plenamente utópicas que de antemano sabe que son irrealizables. Aunque su círculo interno suele estar habitado por semejantes, crecer y moverse en ambientes menos cercanos a la filosofía de la revolución es de suma importancia para la conformación satisfactoria del personaje: todo empieza con la intención de hacer enojar a una madre o un abuelo o un conocido o una maestra de escuela conservadora, muy posiblemente en un profundo acto de juventud. No obstante, muy rápido hay que elegir entre lanzarnos al vacío de la utopía o saborear las dulces mieles de la comodidad capitalista. Árbol que nace torcido del corredor no pasa: princesa que nace en palacio del salón no sale. Al final del día, sería muy estúpido renunciar a las bandejas de plata, y lo sabemos muy bien.

El conservadurismo velado es, entonces, el rasgo definitorio de la princesa revolucionaria: su cómodo estilo de vida le permite estar perennemente enojada, indignada, desencantada por cosas y situaciones que no la tocan ni la perturban en realidad. Tras cada pronunciamiento inflamatorio, tras cada «yo acuso», tras cada manifiesto y declaración de principios, se mueven los delicados engranajes del no le muevas mucho. La que se mueve no sale en la foto, y nuestro trabajo es ser siempre la que más sale, la que está en todas las fotos posibles. Digamos, supongamos, imaginemos que me encuentro con la posibilidad de hacer algo respecto a todas esas cosas de las que me quejo, contra las que vocifero: si lo hago, ¿qué me queda? ¿Dónde queda mi excepcionalidad? ¿Estoy dispueste a dejar de ser distinte, de atraer miradas, de que se me escuche, aunque sea por puritito morbo? Si mi personaje se define por su enojo, ¿por qué habría de querer resolver sus causas? ¿Por qué no habría de preferir poner el pie cada vez que me fuera posible en nombre de la integridad de mi performance?

La contradicción y la incongruencia son rasgo inherente de la humanidad. No hay que temerle a reconocer la propia. Tampoco pretendo decir que solamente es válido opinar o reflexionar respecto a lo que nos aflige personalmente ni que solamente determinados grupos pueden opinar respecto a determinadas cosas. Lo que no debemos perder nunca de vista —en nuestras lecturas de otres y en las de nosotres mismes— es que las más de las veces el código postal (por eufemizar todo eso que gira en torno al tan temido privilegio) tiende a la autoconservación.  

Chilango apasionado y chavito bien empedernido. Me gusta mucho la política y creo que a veces un puro es solamente un puro pero también a veces no. Me gusta irme a dormir con más dudas que con las que me desperté y despertar con más que con las que me fui a dormir. A veces cuestiono más de lo que me gustaría.

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