De Intocable y la salud mental en personas adultas y adultas mayores

Hace unos meses fui al concierto de Intocable —sí, el grupo norteño, el de “Fuerte No Soy”, el del acordeón potente— y, desde entonces, no he podido dejar de pensar en el cantante principal —mi querido Ricky Muñoz— y en cómo esa experiencia cambió mi forma de ver las cosas. El concierto de Intocable, y lo que ahí sucedió, pusieron en mi mente algo que, hasta ese momento, había abarcado muy poco espacio en mis preocupaciones: la salud mental de las personas adultas y adultas mayores (de 45 para arriba, por poner un rango). Y, cómo de verdad parece que no puedo pensar ni hablar de otra cosa, vengo a aprovechar este espacio para compartir mi reflexión al respecto.

Para empezar, ¿qué fue lo que pasó? Necesitamos un contexto largo y amplio para entender cómo es que hoy, en este texto, Intocable y la salud mental van de la mano. 

De entrada, deben saber que Intocable es, desde siempre, de mis grupos favoritos en todo el mundo.  Simplemente no recuerdo mi vida sin el gusto por sus canciones. Y es que en la infancia pasé tanto tiempo escuchándolas en compañía de mi tío favorito, que ni siquiera sé en qué momento se creó el recuerdo. Sus letras, su dolor y el gusto por el acordeón me lo dejaron ellos desde muy pequeña y, al parecer, si todo sale bien, se quedarán por siempre en la lista de gustos que me conforman. Lo curioso es que jamás había tenido oportunidad de ir a uno de sus conciertos. Por una u otra razón no se me había hecho, a pesar, incluso, de haber ganado boletos en una ocasión. Es por eso que fue tan especial esta vez que tuve la oportunidad de presenciar un concierto suyo en la Plaza de Toros de la Ciudad de México. Estaba emocionadísima; lista con mi tequila en mano y con el sombrero bien puesto en la cabeza.

Todo comenzó cómo debía, quizá con algunos problemas de sonido, pero nada grave. Y todo marchó bien hasta que, de repente, en una canción no tan conocida, Ricky Muñoz colgó el acordeón en su base, dejó al público entonando la melodía, dio media vuelta y abandonó el escenario. El resto del grupo continuó tocando hasta que, poco a poco, terminó la canción y apagaron las luces. Al principio, mi amigo y yo nos lo tomamos con gracia, no sabíamos si era planeado o no, pero ¿qué tan malo podía ser? Seguro que pronto volverían. Cuando empezó a pasar más tiempo, yo empecé a echar mi mente a volar, y como la buena y experta persona preocupona que soy, imaginé muchos escenarios malos. Y es aquí donde va mi primera confesión, la cual honestamente me llena de vergüenza. Recuerdo clarito cómo le dije a mi amigo “es que no quiero que se me caiga un ídolo”. Y a lo que me refería era a que no quería que Ricky Muñoz estuviera pasando por una sobredosis y que, por eso, estuviera abandonando el concierto. Todavía no teníamos información, pero yo ya lo andaba tachando de “igualito al de the strokes”, estigmatizándolo a él y, en general, al uso y consumo de drogas. Literalmente, en ese momento, floreció una versión de mí que no conocía y que, en realidad, ni me gusta ni concuerda con mis intereses, pero el estrés, la preocupación, los abucheos y los comentarios similares en la multitud me llevaron a ese tipo de pensamientos y me parece importante reconocerlo (más adelante hablaremos del por qué).

Después de 25 minutos, aproximadamente (quizá más), salió un animador a decir que no nos preocupáramos, que todo estaba bien, que ya estaban reanimando (usó esa palabra, literalmente) a Ricky en la ambulancia y que en quince minutos estarían de vuelta en el escenario.

Pasaron mucho más de 15 minutos. Mentiría si dijera un número exacto, porque la verdad es que no tengo ni idea; pero bastó para que mi amigo fuera al baño y a comprar otra ronda de tequila, en plena sección general de la plaza de toros, así que considero que fue mucho tiempo. Y —­en medio de chiflidos por ahí, abucheos por allá, y porras de “¡Ricky! ¡Ricky! ¡Ricky!” bastante dispersas— el mejor acordeonista de México salió al escenario de nuevo. Con ropa más cómoda y dejando al acordeón en su base, bromeó sobre lo que acababa de pasar. Dijo que había tenido diarrea y, entre risas y algunas otras mentadas de madre, aclaró que estaba bien y que el show debía continuar.

Lamentablemente, después de 3 o 4 canciones, Ricky se volvió a ir. Para este punto, yo ya había desechado por completo la idea de la sobredosis y ya me apenaba muchísimo el simple hecho de que eso hubiera atravesado mi mente. Más bien, para ese punto, yo ya estaba nerviosísima y muy muy preocupada por la salud de Ricky. Me parecía tan poco cotidiano lo que estaba ocurriendo que sentía que tenía que ser muy grave. Y, además, estaba tan poco consciente de su edad que yo imaginaba que era mucho más grande de lo que en realidad es y me estaba preocupando el doble por el hecho de que fuera algo muy grave de salud física. Y es que, como dije al principio, yo no recuerdo mi vida sin Intocable. Entonces en mi mente solo estaba la idea de que “si yo tengo 24 años, y Ricky siempre ha estado ahí, con un grupo conformado sólidamente y con mucho éxito, ¿pues cuántos tendrá él?” Poco sabía yo, en ese momento, de que el señor tiene 48 años, unos doce menos de los que yo imaginaba. Y no es que se vea más grande, en realidad se ve muy bien conservado, más bien yo estaba sobre pensando la situación, OTRA VEZ.

Después de 20 minutos, Ricky Muñoz volvió al escenario, solo que esta vez lo hizo sentado en un banco. Mi amigo y yo, entre risas nerviosas, bromeamos sobre que ya no podían evitarle otro tipo de esfuerzo; si ya no estaba cargando el acordeón, y si además ya estaba sentado, ¿qué faltaba? Por su parte, Ricky, más preocupado que en la ocasión anterior y mucho más serio, dijo que por nada del mundo iba a fallar con el concierto y que él quería dar lo mejor de sí, pero que no iba a voltear hacia atrás porque su equipo le estaba intentando convencer de que esa no era la mejor decisión. Posteriormente, explicó que, quizá, la explicación de lo que podía estarle ocurriendo estaba relacionado con la presión y que la razón detrás probablemente era la diferencia de altura en la CDMX. Por supuesto que, para este punto, machos borrachos no faltaban en la plaza de toros, y por supuesto que los abucheos y burlas incrédulas llenaron la plaza de toros. Aun así, Ricky continúo explicando todo, diciendo las ganas que tenía de dar el mejor show y aquel que el público merecía. Después de una canción, se levantó, dijo que no se sentía él mismo ahí sentado y, de ahí en adelante, no dejó de cantar por la siguiente hora y media. Vinieron las canciones más clásicas, varios chistes, muchísimos coros y los mejores solos de acordeón. Terminó el concierto y todas las personas presentes salimos de la plaza de toros, a mi parecer, satisfechas, pero sin comprender bien qué era lo que había pasado.

Durante la siguiente semana, yo no hice más que escuchar la playlist de “This Is Intocable” en Spotify. Me obsesioné tanto que me atrevo a decir que Intocable será mi artista más escuchado del 2022. A pesar de todo el gusto que sentía por recordar las versiones en vivo, no podía dejar de pensar en Ricky Muñoz y en lo que le había pasado. Y fue el 16 de mayo que él subió a sus redes un video explicando que ya había ido al médico, que se había hecho todos los estudios y análisis clínicos necesarios y que, respecto a lo físico, todo estaba en perfecto estado. Que fue así como, platicando con su médico y más personas expertas, habían llegado a la conclusión de que había sido mental, que había sufrido un ataque de pánico escénico. Lo más triste del video: la forma en la que él declaraba que sentía coraje consigo mismo por sufrir ansiedad “a estas alturas del partido”, después de 28 años de carrera.

@sinonimodeprado

Cuando vi el video, se me salieron lagrimitas y entré en shock por unos minutos. Muchas cosas pasaron por mi mente, empezando por la preocupación de lo que uno de mis cantantes favoritos en el mundo estaba viviendo y siguiendo con la vergüenza de reconocer que, entre todas las explicaciones hipotéticas que le di a lo ocurrido en el concierto, jamás se me ocurrió considerar su salud mental. Por otra parte, no pude evitar extrapolar este caso a muchos más, llevar este caso individual a lo colectivo, y pensar: si Ricky Muñoz, un hombre con una carrera exitosa, con un ingreso altísimo y con acceso información y a servicios de salud está tan sorprendido y enojado consigo mismo por un diagnóstico así, ¿qué pasa con el resto de las personas adultas, de generaciones arriba de la nuestra, que tienen estigmatizada a la salud mental o que ni siquiera creen en ella? Peor aún, ¿qué pasa con aquellos que sí creen en la importancia de la salud mental, pero no cuentan con los recursos necesarios para acceder a ella?

Aquí es necesario hacer otra confesión: cuando pienso en el futuro, de las poquitititas cosas que me dan esperanza es considerar que las nuevas generaciones tendrán mayor acceso a la salud mental. Obvio que con un montón de excepciones y restricciones por el ingreso y la desigualdad. Pero, en general, pienso que las siguientes personitas que habiten este mundo contarán con mayor información para saber que la salud mental importa y que ésta no debe de ser minimizada ni mucho menos estigmatizada. Pienso que, si bien las generaciones arriba de la mía hicieron muchas cosas malas con la salud mental, por lo menos ya no tendrá que ser así en el futuro. Pero, entonces, bajo ese supuesto, ¿dónde estoy dejando a quienes pertenecen a la generación de baby boomers y a la generación x? Esas personas siguen aquí y, sin embargo, yo no les contaba para tener esperanza respecto a la salud mental. Supongo que, como buena millenial enojada, decía “ok, boomer, caso pérdido, ahí después vemos”. Grave error. Gran confesión para sentir vergüenza y arrepentimiento, otra vez.

Todas las personas merecen salud mental, así como salud física, merecen el acceso a ella, merecen una vida plena en todos los ámbitos y merecen estar libre de vergüenzas y preocupaciones por temas de este ámbito. ¡Qué emoción saber que, cada vez, más infancias acceden a la salud mental! ¡Qué bien que haya más información a la disposición de adolescentes! ¡Qué tranquilidad saber que, si tengo hijes, la salud mental nunca será un tabú en el hogar! Pero las personas adultas, por ahí arriba de los 45, y las adultas mayores, por ahí arriba de los 60, ¡siguen aquí! Y a muchas les quedan montones de años aún, ¿por qué yo ya no les contaba en este tema? ¿Por qué les daba por perdidas? ¿Por qué no apostarle a que, con mucho esfuerzo, el tiempo que transiten este mundo, también lo hagan en libertad y con cuidados de salud mental? Se lo merecen, y no sólo eso, ¡es su derecho!

Entonces, después de un exceso de contexto, mi punto principal es el siguiente: no caigamos en el error de dar por pérdidas a las generaciones arriba de la nuestra. Ni en salud mental, ni en nada. Si bien yo sé que suelen haber muchos posicionamientos políticos que nos separan, la construcción del bienestar colectivo sólo se puede construir con aprendizaje intergeneracional. Les necesitamos y lo mismo de manera viceversa.

A partir del concierto de Intocable, hice el firme compromiso de estar más al pendiente de la salud mental de las personas adultas que me rodean, de nunca darla por sentada, de estar más dispuesta a reconocer que la salud mental no es estática y que debe ser cuidada siempre, individual y colectivamente.

Gracias a Ricky Muñoz por cambiarme la vida de chiquita, con su música, y gracias por hacerlo ahora, ampliándome la mirada. Espero, de verdad con todo mi corazón, que a él y a todas las personas nos espere una vida más plena, tranquila, sana y gozosa, donde la salud mental sea una prioridad.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

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