De amores, feminismos y otras amarillas historias…

Era la madrugada de un jueves de noviembre (ha pasado un año ya, casi no puedo creerlo). Él apagó las luces del coche y, en medio de la obscuridad total de una angosta carretera, me invitó a mirar el cielo. Temerosa, me atreví a bajar del coche. Solo podía ver oscuridad. Sin embargo, lo hice. Él me hacía sentir segura. Levanté la mirada y encontré tal cantidad de estrellas que me pareció que nunca antes había visto algo así. Este momento podría ser lindo y nada más, pero para mí, está lleno de profundos significados que me llevan a reflexionar sobre la forma en la que vivimos las relaciones de pareja.

Esta escena autobiográfica me parece que es un reflejo de lo que me contaron que era el amor. Alguien llega un día y te enseña todas las cosas hermosas que nunca antes habías podido ver. Tiene algo de cierto. Hay amores que nos invitan a reconocer todas esas cosas maravillosas que habitan nuestro ser y que, por alguna razón, decidimos no ser capaces de ver.  Pero, por otro lado, hay experiencias de pareja que, al ser dolorosas, nos develan un montón de mundos personales y colectivos por explorar.

Ya nos lo diría Coral Herrera hablando sobre su blog Mujeres que ya no sufren por amor: “venís aquí a buscar amor y os encontráis con feminismo”. Y así fue también para mi, en medio de mis agitados deseos de amar y ser amada, descubrí que las relaciones de pareja nos pueden llevar a tocarnos a nosotras mismas hasta lo más profundo de nuestras existencias y a darnos permiso de transitar por aquellos aun inexplorados mundos de nuestro ser.

El amor romántico, el amor vivido desde el patriarcado y que se sabe que termina por ser destructivo, nos alimenta de tal forma que, de poco en poco, logra desconectarnos de nosotras mismas, de nuestros otros amores, de nuestros cuerpos, de nuestras vidas y, desde luego, nos lleva a cuestionarnos nuestra valía. Después de muchos ires, venires, dudas y aporreones; en el mejor de los casos llega el momento de decir: ¡basta! ¡Ya no quiero más de esto! Y es entonces cuando el feminismo se convierte en una de las respuestas. La respuesta que nos confirma la idea de Coral Herrera: Veníamos buscando amor y encontramos feminismo.

El feminismo con los miles de brazos largos y solidarios que tiene, nos arropa; nos invita a habitar hogares más seguros, a bailar bajo la lluvia de nuestras propias creencias y a tejer redes donde el amor propio y el autocuidado se entrelacen para darnos el calor y el soporte que nos permita establecer los límites necesarios para compartir en igualdad.

Seguramente no será fácil construir caminos en pareja desde el feminismo, pero, claro está, que seguiremos creándolos, combatiendo contra las prácticas violentas, construyendo (nos) y reconstruyendo (nos). Qué dicha dejaremos abrazar por esos brazos largos que dan respuestas a muchas de nuestras preguntas y quizá nos tranquilice la certeza de que siempre encontraremos en el camino a más mujeres dispuestas a ser compañeras de este y de muchos otros viajes.

En estos tiempos tan llenos de violencias hacia las mujeres y tan agitados emocionalmente para mí por atreverme a hacer cambios en mi vida, mi corazón sabe lo que necesita y, abandonándome en el mar de su sabiduría, me he dejado abrazar por mis compañeras de lucha, por mi madre, por el espíritu de mis abuelas y sus enseñanzas, por mis amigas, por mi terapeuta, por las niñas con las que trabajo y por las mujeres que, sin importar tiempos ni distancias, están en mi vida.

Y es así como queda claro, un día llegué buscando amor y por supuesto que lo que encontré fue feminismo y así está muy bien.

-Mayela Canto Escaroz

Mujer apasionada. La psicología, la psicoterapia, la sexualidad y el color amarillo le recuerdan día a día que así es vivir la vida con pasión. Ama a su familia, a las amistades que se hicieron familia y a sus gatos con quienes decide compartir el hogar. Agradecida con la vida y convencida hasta el alma de poner  el cuerpo en cada uno de sus pasos.

 

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