De amor propio, responsabilidad afectiva y otras mentiras

Dentro de las doscientas metas que nos ponemos al empezar un año nuevo, de lo más visitado es lo relativo al amor propio. «Este año voy a trabajar en mí, propósitos emocionales, rodearme de gente que aporte, invertir mi tiempo en quien lo invierte en mí, aprender a soltar, aprender a no depender de nadie, tener en mi vida sólo a quien tenga responsabilidad afectiva…». De hecho, también es una base sólida del feminismo mainstream: «yo me salvo a mí misma, me tengo a mí, empoderamiento femenino, me amo». ¿Cómo podemos explicar el alcance de este discurso? ¿Por qué nos hace sentir tan bien? ¿Por qué lo consumimos tan desesperadamente? ¿Por qué debemos evitar lo tóxico a toda costa?

Este lenguaje cultural, relativamente reciente, se ha convertido en una parte central de la vida de muchas personas, pero ¿por qué funciona? Se me ocurren tres razones. La primera es que se refleja en la vida cotidiana: es posible incorporarlo a la vida diaria y los resultados pueden sentirse inmediatos. En segundo lugar, es socialmente reconocido: quienes pueden demostrarlo yendo a terapia, cuidándose, corriendo todas las mañanas y tomando agua son personas emocionalmente estables. Y tercero, está dirigido a una parte humana que está plagada de incertidumbre: el dolor. Llegar a un mínimo de capital emocional, en lo social es un logro y en lo individual es un bálsamo. Pero, hasta hace poco tiempo, nos resguardábamos en una institución cultural que precisamente cumplía con las características de practicarse día a día, aplaudirse socialmente y amortiguar el dolor humano: la religión. Encontrarle sentido y solución al dolor es una búsqueda muy humana. La religión católica, por ejemplo, es una manifestación particular; la cultura del amor propio también.

“Para que nada te falte” por @psicmarianaledesma.

Con la crisis moderna a la que se enfrentó la religión, muchas personas ya no encuentran refugio en ella, y parece que la cultura del amor propio está cumpliendo una función parecida. Tiene un respaldo “racional” al ser una especie de cultura popular de principios psicológicos o terapéuticos. Es importante recordar que la crisis religiosa no nos exenta de crecer en la cultura occidental donde está muy presente la narrativa bíblica de la salvación. Nos consideremos religiosos o no, muches de nosotres tendremos este repertorio de creencias, aunque sea de forma inconsciente. Al contar con esta idea previa, es muy sencillo sentirnos familiarizados con otra idea más contemporánea de la salvación; finalmente sólo estamos ratificando.

Una categoría central de la narrativa tradicional de salvación es el binario pecador-virtuoso. Una interpretación maniquea de la conducta humana, acciones prohibidas y acciones morales. Cuando la cultura de la terapia se interpreta de una forma reduccionista y esencialista, trasladamos esta categoría a una más actualizada, que termina por caer en un el mismo maniqueísmo patologizado: sano-enfermo o, como a nosotres nos gusta, sano-tóxico. La aspiración es no ser una persona tóxica y se logra después de trabajar en ti. Ignora el contexto en el que estamos insertos (la angustia económica, los problemas familiares, las jornadas de trabajo, las neurodivergencias, las desigualdades, las enfermedades, las discriminaciones), a una cuestión de narrativa voluntarista que raya en la meritocracia afectiva. Casi es un equivalente a la, tan odiada frase, el «quien es pobre es porque quiere»; «quien no es feliz no ha trabajado en sí misme». Se nos aconsejan rituales cotidianos, afirmaciones, decretar, meditar, tomar agua [¿?], ser nuestra mejor versión, elegirnos diariamente, soltar, perdonarnos, usar el calificativo sano para todo… Y empieza a verse por ahí cierta superioridad moral en el manejo correcto de las emociones. Pero afinar nuestra personalidad hacia la templanza no es nuevo, el dominio de sí y el control de las pasiones es tan antiguo como la cultura judeocristiana o la antigüedad grecolatina, sólo que ahora le llamamos estabilidad emocional (bastante capacitista también).

Nos aterra no ser felices, el dolor y el conflicto. Nos aterra el malestar. Esta es una de las sensaciones que más nos mueven. Escapamos tanto del dolor que, cuando nos encontramos inevitablemente frente a él, tenemos que vivirlo en términos productivos; «¿Qué me dejó esto? ¿Qué me voy a llevar de esta mala experiencia? ¿Cómo voy a crecer? Lo que no nos mata nos hace más fuertes». Instrumentalizamos el dolor al punto en que no deja de doler sino cuando le encontramos una utilidad como sentido. Sospechamos de todo conflicto en nuestras relaciones. Este discurso nos ofrece un lenguaje con símbolos, modos de hablar, reglas y métodos de introspección que posibilita el refugio en encontrarle sentido.

En el imperativo de responsabilidad afectiva hemos encontrado una mínima garantía de que no habrá dolor. A lo mucho aceptamos que, tal vez, aunque yo exprese lo que quiero, la otra persona no tiene que cumplirlo. Pero esa aceptación no es porque queramos reconocer la complejidad humana, no es porque entendamos que los afectos y las relaciones humanas son intrínsecamente complicadas, o por lo menos complejas. Esa aceptación sigue siendo para nosotres mismes, para no idealizar a alguien, para no llevarnos decepciones. Y creo que el problema es ese, asumir que lo que ahora llamamos querer bonito es idealizar un amor correcto. Pero Imanol López (@imanollopezb) lo dice mucho mejor que yo: «Tal vez lo peor que se esconde tras el oxímoron bien intencionado de la “responsabilidad afectiva” sea que, en realidad, los afectos son eso que justamente podría permitirnos salir de la esfera de la responsabilidad, la culpa y la moralidad. Chance y lo que habría que cultivar sea una irresponsabilidad afectiva, así como Nietzsche decía que “lo que había querido era conquistar un sentimiento de plena irresponsabilidad, volverme independiente de la alabanza y de la culpa…”».

Capítulo 5 del libro Why I Am Not a Feminist (A Feminist Manifesto) de Jessa Crispin.

Por último, parte de este trabajo individual también es aprender a no depender de nadie; «Lo que no me den los demás me lo debo dar yo, ámate primero y luego amarás, sólo tú puedes darte lo que necesitas». (Sobre esto último, recomiendo el texto de Rafael Abreu “Puedes amar a alguien aunque no te ames a ti misme”). Me parece problemático negar la codependencia al grado de que, dentro del léxico del amor propio, dependiente es peyorativo. La realidad es que, incluso en una dimensión comunitaria, vivimos en diferentes grados de dependencia emocional y a veces también física (simplemente el cuidado de las infancias, de las personas de la tercera edad, de los animales, entre otres). Codepender es humano, necesitar a les demás es humano. Doler es humano. La contradicción es que idealizamos una autosuficiencia emocional mientras pedimos responsabilidad afectiva.

No digo que no sea importante tratar de desmontar ciertas lógicas de interacción entre las personas. Pero relacionarnos a través de imperativos y normas de convivencia por el bien del orden social, se convierten más en un peso que en un cauce. Tal vez reivindicar la existencia del conflicto, el malestar y el dolor nos pueda quitar un poco de la culpa de “no estar haciendo las cosas bien”. Reemplazar el lenguaje tradicional del poder que ha moldeado los afectos con palabras más woke no va a cambiar absolutamente nada si la base sigue siendo la culpa, el miedo, el estigma y la moral.

Soy feminista de tiempo completo, arquitecta de formación, pintora por elección, pero de grande quiero ser escritora. Me interesan las intersecciones de todo eso; el habitar, el espacio, las desigualdades, el género, puntos suspensivos. Me gusta leerlo, escribirlo e ilustrarlo/pintarlo. Mamá de tres (animalitos), me gustan los mapas y el chocomilk. Ella/Her.

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