De amares y despedidas

Siempre he creído que existe un “algo”, una especie de instinto, una voz dentro de nosotres que sabe, o siente, lo que es mejor para nuestro ser. Quizá suena cursi, muy abstracto, o falto de fundamentos, pero lo creo. Es gracias a ese “algo” que estoy aquí escribiendo este texto.

Crecimos aprendiendo que el amor todo lo puede, que si existe amor (más aún en ambas partes de una relación) el resto de los factores se acomodarán casi como por arte de magia para hacer que un vínculo funcione. Aprendimos que el amor es quedarse, luchar, muchas veces aguantar, casi a cualquier costo. Las parejas que triunfan son las que se quedan, y fracasan las que dicen adiós. Entendimos que el irse de una relación está justificado, o es entendible, cuando el amor se agota, cuando una o ambas partes ya no están enamoradas, o cuando la despedida llega como consecuencia de un dolor tan fuerte, una apatía tan indiscutible, que más que una decisión tomada desde el amor al vínculo y a lo que se compartió con le otre, es una decisión que nace del enojo, de la ira, del ver todo absolutamente destruido, de el hecho de que en ese vínculo no quede más nada que abrazar. Y entiendo que hay ocasiones en las que es inevitable que el desenlace ocurra de esta forma, pero hay otros casos en los que creo que esto se podría evitar, si aprendemos a escucharnos más.

Me he dado cuenta de que, en muchas relaciones, al no identificar un detonante, un momento, o un suceso que lo haya “destruido todo” (violencia física o psicológica, engaño, rompimiento de algún pacto importante en la relación, desenamoramiento, etc) puede ser difícil para las personas (y me incluyo) vislumbrar, si es que este existe, el momento de dejarse ir. “¿Por qué voy a terminar algo que no se siente tan mal?”, “pero todavía nos amamos”, “es una gran persona, puedo intentarlo más”, etc. Estiramos y estiramos hasta que eventualmente el vínculo se rompe por completo, solo ahí aprendemos a retirarnos, a hacer nuestras maletas llenes de rencor, dolor, y muchas veces odio hacia quien alguna vez amamos. Y sí, hay muchas ocasiones en las que es muy fructífero el hecho de quedarse, de intentar, de trabajar, yo misma lo he hecho, eso solo lo sabe cada une en su interior. Lo que quiero dejar en claro aquí es el hecho de que no ha sido una enseñanza muy difundida la de irse cuando un vínculo no necesariamente se ha roto, no suele existir en nuestro imaginario la idea de que, muchas veces, un enorme acto de amor es soltarse, a veces, incluso, a pesar del deseo de continuar caminando juntes.

Ivanna Coba en instagram Malhu.mor

En este tiempo de mi vida, después de tres años de construir una hermosa relación de pareja, he descubierto la que quizá es una de las lecciones más importantes que me dejará este vínculo: el hecho de que amar, más que quedarse a toda costa junto a le otre, es saber cuándo soltar si es necesario. Soltar desde el amor más profundo y lindo. Soltar cuando el amor no se ha roto, sino cuando por este mismo se entiende que, por las razones que sean, es tiempo de cada une tome su camino. Anteponer el bienestar y el crecimiento de ambes (que a veces necesita gestarse desde la individualidad) antes que el capricho de seguir juntes cualquier costo. No entrar en una dinámica tóxica y limitante, de negarnos a ver, de aferrarnos a una relación a costa de nuestro propio bienestar. Permitirme escuchar esa voz dentro mío que, aunque me dice algo que no necesariamente quisiera escuchar, tiene una sabiduría inmensa. Poder cerrar un ciclo, mirarnos a los ojos y decir“te amo y desde este amor puedo entender que esto que hemos compartido ahora está llegando a su fin, aunque nos pueda doler verlo por nuestro bienestar debemos hacerlo. Estamos entrando en una nueva etapa, despidamos con gratitud todo lo lindo que compartimos” es uno de los actos de amor más grandes que he encontrado.

Te puedes ir en paz, te puedes ir amando profundamente al otre, te puedes ir incluso estando enamorade. Te puedes ir, porque el amor no siempre es quedarse, también es saber cuándo soltar, permitir que un vínculo se transforme en calma, seguir nuestros caminos y como dice Mercedes Sosa “Que sea, lo que sea…”

Nací en la ciudad de Quito rodeada de montañas, crecí en las faldas de un volcán inactivo (llamado Ilalo) y eso es mucho de lo que soy, el haber crecido en ese lugar. Sueño con un mundo más justo para todes les que lo habitamos. La escalada en roca es mi pasión y escribir es lo que siempre ha latido en mi interior.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *