¿Cuánto va a durar esta memoria?

Es una mañana de algún sábado. Aunque está soleado, el sol no termina de calentar las calles ni de liberar el frío que se compacta bajo las sombras de los techos de los locales de la avenida. Es raro que recuerde ese día, pues es la memoria de un hábito familiar que no se consolidó bajo la repetición de los mismos lugares, ni las mismas formas, ni los mismos tiempos, ni las mismas personas. Un mal hábito diría yo. Un hábito reducido a lo central de la acción sin construir todos los rituales secundarios que suelen importar sentimentalmente más que la actividad central. Era una mañana de imprimir fotografías

Lo primero que llamaba la atención de ir a los Laboratorios Domínguez, era el letrero vertical de la marca Kodak de fondo amarillo y letras rojas. Esta combinación era mucho más impactante antes de que el rojo y el amarillo fuera secuestrados por los OXXOen el universo visual de letreros. La novedad era una máquina de autoservicio en la que podías ingresar una memoria y seleccionar qué fotografías y en qué formato imprimirlas. Por más novedoso que fuera, las personas preferían el trato convencional con quienes trabajaban en la tienda. Si no había algún encargo especial de por medio, el tiempo pasaba rápido viendo en los estantes algunos modelos de cámaras. El momento culminaba con la entrega de las fotografías en sobres amarillos, como pan caliente, y con su acomodo en casa dentro de álbumes que improvisábamos. Se cerraba el ritual y así, bien o no tan bien hecho, nuestra memoria perduraba.

Hay cuatro factores importantes que contribuyen al deterioro de las fotografías: condiciones ambientales inapropiadas; envoltorios, cajas y gabinetes inapropiados; manipulación brusca o inapropiada que produce daños innecesarios; y en algunos casos la presencia de residuos químicos utilizados durante los procesos fotográficos o el uso de químicos con fecha de expiración vencida.

Siendo honesto, no visitábamos esos álbumes más que cuando se añadía uno nuevo a la colección. Es decir que, aunque no fuese parte del día a día ver nuestras fotografías, lo importante era la sensación de seguridad de haberle dado un lugar al pasado, de tener un camino seguro (¿y objetivo?) desde el presente.

Es raro pensar que, en el balance de una vida, muchas fotografías se pierden sin saberlo. Por un lado, al no tratarse de memorias individuales, sino compartidas, y siendo también con frecuencia copias únicas, la sensación de cuidado para preservarlas solía despertarse con mayor fuerza. Por otro lado, algunas fotografías no se salvaron de ser mutiladas por ciertos impulsos lúdico-creativos de nuestra infancia, así como otras no se salvaron del deterioro material o incluso del olvido en alguna mudanza. Perder una fotografía se siente como una doble pérdida: de alguna u otra manera te vas a olvidar también que la perdiste.

Durante mucho tiempo me pregunté también el porqué de esas fotos y no otras. Sobre todo, desde que se hicieron muy accesibles las cámaras digitales. Está “curando la memoria”, no sólo quien captura, sino también quien elige y deshecha qué fotografías serán impresas y sobrevivirán en último término. Quizá, atentando contra ella. Transformándola, en todo caso.

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Pasó el tiempo y la memoria comenzó a caber cada vez más en la palma de la mano. Disquetes, discos duros, DVDs, CDs, memorias USB, SD, micro SD, Memory Stick, las computadoras personales y los teléfonos inteligentes. En términos de necesidad, dejó de haber una gran necesidad por imprimir fotografías. Al diversificarse los medios de almacenamiento y los medios de lectura visitar el pasado se volvió, por así decirlo, menos ceremonioso y más económico, aunque no menos importante.

Simplemente el catálogo cotidiano de procedimientos, tragedias y crímenes de la memoria se amplió. Yo mismo me declaro culpable de formatear alguna memoria USB con fotografías familiares para salvarme de alguna emergencia escolar en la secundaria o de llenar de virus alguna computadora de escritorio con las únicas fotos de algunos viajes y reuniones. Aunque la calidad del papel fotográfico y la prisa por buscar un álbum de fotos a la medida perdieron protagonismo como preocupación cotidiana en el fondo todo sigue siendo parte de la misma experiencia y motivación: que nuestra memoria dure

Incluso ahora, un salto en el tiempo más tarde, mientras considero contratar un servicio de almacenamiento en la nube a una de las empresas con mayor poder informático del mundo. La nube en la mitología moderna es un lugar etereo que se posa sobre nuestras cabezas y reparte abundancias desde el más allá, como los servicios de streaming, el poder despreocuparse por tener una única copia de la tesis y despreocuparse porque nos roben el teléfono y así perder todas nuestras fotografías.

Aunque no se ponga en esos términos seguido compramos la sensación de seguridad, de haberle dado un lugar al pasado. Es el mismo propósito de que nuestra memoria dure y sea accesible desde nuestro presente, moviéndose al viento según la tecnología a la mano. Pero ni los mejores discos duros tienen garantizado funcionar para siempre y aquella mítica nube no es sino una red de servidores que sin reemplazo ni mantenimiento no superan los diez años de expectativa de vida. ¿Realmente existe un formato imperecedero? ¿Realmente la digitalización y la nube son la cura al olvido?

La edad oscura digital es la falta de información histórica en la era digital como resultado directo de formatos de archivo, software o hardware obsoletos que se vuelven corruptos, escasos o inaccesibles a medida que las tecnologías evolucionan y los datos se deterioran. A las generaciones futuras les puede resultar difícil o imposible recuperar documentos electrónicos y multimedia , porque se han grabado en un formato de archivo obsoleto y oscuro, o en un medio físico obsoleto (…)

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 Al volver de todos estos pensamientos, mirando alguna foto, no puedo evitar preguntar: ¿cuánto va a durar esta memoria? Sólo ahora veo que este mal hábito, no el de imprimir fotografías, sino el de querer hacer que duren nuestros recuerdos es posible únicamente con la inocencia de que, en efecto, van a durar. La verdad es que es suficiente un formato que nos alcance en vida para creer que durará siempre (hay en la actualidad papeles fotográficos que aseguran durar más de 400 años). Sin que nos detengamos siempre a pensar en ello, una gran parte de nuestras vidas se dedica a la gestión de la memoria. La memoria y la fotografía, son, gracias a este impulso, procesos vivos.

En permanente desconfianza de las categorías. Para quien sirvan los títulos: estudiante de economía y filosofía. Busco aproximarme a la realidad con disposición crítica.

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