Cuando una alza la voz, resonamos todas

Nota inicial: este texto trata, principalmente, sobre la violencia ejercida en relaciones de “mujer-hombre”. Es así porque, desde mi vivencia como mujer cis heterosexual, es lo único que he vivido en carne propia. Considero que no sería prudente hablar sobre las violencias ejercidas en otros tipos de relaciones, por el simple hecho de que no pertenezco a ellas y porque no quiero apropiarme de sus voces y vivencias; sin embargo, tampoco es mi intención contribuir a la invisibilización de ellas. Si bien está claro que hay pisos disparejos en las relaciones entre hombres y mujeres —por lo que todo nuestro sistema implica— NINGÚN tipo de violencia es menos grave que otra y todas las historias deben ser escuchadas. El que yo hable en este texto desde mi vivencia cis heterosexual, no intenta borrar todo lo que ocurre en relaciones de la comunidad LGBTTTIQA y realmente espero que la sociedad esté cada vez más dispuesta a escucharles, aspirando así a que todas las personas podamos seguir aprendiendo, empatizando y buscando justicia.

El pasado viernes 22 de enero, la youtuber Nath Campos subió un video a su canal en el cual relató la historia de abuso que, lamentablemente, vivió por parte de Rix, otro youtuber mexicano (uno más de la bandita de hombres que ya varias veces ha dado de qué hablar con “chistes” machistas y misóginos). Quizá a estas alturas, después de casi una semana, la mayoría de las personas ya sabe a grandes rasgos qué dijo Nath y, personalmente, no me siento con la capacidad de dar un resumen (o algo similar) por el hecho de que considero que TODAS sus palabras son de suma importancia y porque creo que es SU VOZ la que debe contar su historia. Así que, si alguien quiere seguir leyendo este texto, pero no sabe de qué hablo o necesita más contexto, por favor vaya a escuchar a Nath a su canal de YouTube y prepare a su cuerpo con buenas dosis de empatía.

Lo que siguió después de haberse publicado el video fue que, como era de esperarse, el internet estalló. Se volvió la noticia principal y, para bien o para mal, todo el mundo empezó a opinar. Por una parte, lamentablemente, los comentarios misóginos no se hicieron esperar y sacaron a relucir que, si bien no era necesario recordárnoslo, el mundo y nuestro país están llenos de machos con una falta de empatía tremenda que entorpece los procesos de mejora y justicia cuando una víctima se decide a alzar la voz. Por otra, las redes sociales se empezaron a llenar de mujeres que nos reconocimos sumamente identificadas con la historia de la YouTuber y, entonces, entre tantos #YoTeCreo, nos dimos cuenta de que ya no hablábamos sólo de ella, si no también de todas nosotras, de todas las que habíamos vivido violencia, de todas las que en algún punto fuimos las amigas que no supimos cómo reaccionar, o de todas las que hemos estado al pie del cañón acompañando a otra en su confusión y dolor. Todas resonamos en Nath.

Después de ver el video, lo primero que escribí sobre este tema fue que, cuando una habla sobre su agresor y su experiencia, no sólo se libera un poquito a sí misma, sino que, además, impulsa a otras mujeres hacerlo; que cuando una habla, otra logra sentirse menos sola, más comprendida y más fuerte. Y, desde entonces, desde que vi a tantas y tantas mujeres apropiándose de su voz y de su historia para hacerla pública, para acompañar a las otras o para decir ¡YO TE CREO Y APOYO! no he podido dejar de pensar en esto, en cómo basta con que una hable para hacernos sentir a todas que realmente no estamos solas, que no nos lo estábamos imaginando, que no estábamos exagerando, que hay alguien más (muchas más) entendiendo nuestro dolor. Por una parte, todo esto me conmueve y me genera esperanza por el hecho de saber que realmente somos MUCHO MÁS FUERTES JUNTAS. Pero, por otra, no puedo con la tristeza y rabia que me genera el preguntarme cómo es posible que, en general, la sociedad pase casi todos los días sin hablar de esto cuando, prácticamente, todas traemos una experiencia atorada en el nudo de la garganta. Nosotras vivimos furiosas, con el dolor vibrando en el pecho, con miedo, con sed de justicia, cambiando de amistades, dejando de frecuentar ciertos lugares, sin poder dormir, buscando ayuda en terapia, medicándonos, llorando, etcétera, etcétera, etcétera… y, casi siempre, todo es una experiencia silenciosa. El patriarcado lo explica, por supuesto, pero aún así, y siendo completamente honesta, la situación no deja de sorprenderme e indignarme.

Vía @tuhistorianoesinvisible

En mi caso, puedo comentar que lloré durante todo el video y es que, aunque diga que ya todo bien respecto a mi experiencia de abuso sexual y psicológico, la verdad es que creo que estas cicatrices y su historia nunca dejan de doler al cien por ciento (y es válido). Una aprende a convivir con sus emociones, a apapacharlas y a poco a poco irlas sanando. Pero la impotencia y, sobre todo, el dolor que genera vivir en un país lleno de abusadores, violadores y feminicidas no se va; por el contrario, se vuelve un constante recordatorio que invade con tristeza. Muchas de las palabras de Nath resonaron en mí y, si bien no todo es igual (aunque sí en gran medida), me gustaría compartir mis emociones, mi vivencia y todos los retos que, desde mi trincherita, alcanzo a reconocer.

Hace casi un año, me atreví a compartir mi testimonio como víctima de violencia física y emocional. No fue fácil, pero hasta la fecha no me arrepiento. A pesar del tiempo que ha pasado, el escuchar a Nath hablar me hizo darme cuenta de muchas cosas más. Entre ellas, y en primer lugar, el hecho tan terrible que es tener que “convencernos a nosotras mismas” de que lo que vivimos no fue una exageración ni un producto de nuestra imaginación; que el dolor que sentimos y el miedo que se sembró en nosotras SÍ es tan grande y grave como lo alcanzamos a percibir, aunque constantemente nos hagan querer creer lo contrario. A pesar del gran camino que he recorrido en terapia, del tiempo y de todo el amor que le he puesto a mi proceso, gracias al video de Nath y a todos las discusiones y comentarios que han surgido desde entonces, me acabo de dar cuenta de que llevo desde 2018 pensando en el abuso sexual que viví como algo “no tan grave”. Y quiero explicar esto con mayor detalle porque, siendo honesta, para mí ha sido muy complejo entenderlo: yo nunca dudé haber sido víctima, sin embargo, pasé mucho tiempo pensando que no había sido tan grave porque él no pudo llegar tan lejos (gracias a una mera coincidencia) y porque yo, a pesar de estar destrozada emocionalmente, estaba a salvo (y esto lo pensé desde el día que pasó el abuso sexual hasta hace unas horas, antes de que empezara a redactar este texto). Vamos por partes, si bien es cierto que en mi experiencia todo pudo haber sido mucho peor, la verdad es que, durante estos días, ha sido dolorosísimo escuchar y leer tantas historias porque me estoy reconociendo en ellas, porque estoy aceptando, de manera distinta, que sí pertenezco al gigante grupo de mujeres que fueron abusadas sexualmente y que por mucho que lo haya tratado durante este tiempo, siempre lo minimicé, siempre me incluí en otra categoría “menos” grave que el resto. Incluso, a pesar de haber contado mi historia públicamente, cuando escuchaba a otras mujeres me abrumaba y preocupaba su dolor, pero como si fuera ajeno… y fue hasta hoy —después de pasar un buen rato intentando escuchar a mi tristeza para comprenderla mejor— que pude aceptar que no estaba siendo totalmente honesta y comprensiva conmigo misma, que ahora estaba dando un nuevo paso, que por fin estaba aceptando la realidad con todas las palabras, y que esto no era un reproche hacia mí misma, sino más bien un apapacho para volver a reconocer que este proceso no es lineal y que sigo transitándolo. Las palabras no me alcanzan para explicar el dolor que he estado sintiendo desde hace una semana, pero, a la par, me hace bien aceptar que cada paso me sana un poco más.

Por otra parte, el testimonio de Nath y todo lo ocurrido en torno a él, me hicieron pensar en lo cansado e injusto que es tener que “convencer” a las demás personas de que tu dolor es válido, que tu experiencia fue terrible, dolorosa, traumática y, sobre todo, que no fue tu culpa. Claro ejemplo es lo que pasó en el programa “HOY” de Televisa, donde las y los conductores confundieron el testimonio de Nath con un tema de debate y sacaron a relucir un montón de comentarios machistas y misóginos que, lamentablemente, terminaron revictimizándola. O no faltan, además, las personas que se empeñan en intentar “explicarte” tu dolor con sus palabras y bajo sus propios términos. En mi caso, por ejemplo, hubo quien me dijo:

De que viviste violencia sexual no hay duda y no hay nada que justificarle ni defenderle, pero yo no veo que hayas vivido volencia psicológica, nomás era un caso de codependencia… y es que sí estabas bien enamorada.

Híjole… lo peor de todo es que me la creí y que, como consecuencia, dudé de la validez de todo lo que sentía, ¡como si la manipulación, el engaño, el control y la invisibilización y negación de las emociones de la otra persona no fueran violencia! ¡CLARO QUE LO SON! Y si bien es cierto que hay muchas opiniones que no son malintencionadas y que, por el contrario, buscan “apoyar” a quien está sufriendo, resulta muy injusto que pongan en tela de juicio nuestras experiencias, la gravedad de los actos y el impacto que tuvieron en nuestra salud mental.

Vía @ariesdestrella

Además de todo esto, hubo una parte del video de Nath que tocó un tema muy sensible en mi experiencia y que, aunque duró unos cuantos segundos, en mi mente y corazón se repitió varias veces: la parte en la que explica que, por un momento, pensó en compartir su testimonio sin decir el nombre de Rix (su agresor) y que fue una amiga quien le dijo que no podía exponerse a ella misma así y protegerlo a él. Cuando yo publiqué mi testimonio, lo hice nombrando a mi agresor únicamente por sus iniciales; en parte porque me daba miedo exponerlo y, en parte, porque mi objetivo no era hacer una denuncia, sino más bien contar mi experiencia y las reflexiones por las que transité alrededor de ella. Sin embargo, a los pocos días, volví a enfrentarme a un bajón emocional muy muy fuerte cuando me di cuenta de que, de nuevo, así como ocurrió durante toda nuestra relación, le estaba encubriendo todo el daño. Yo genuinamente estaba enojada por seguir cayendo en ciertas trampas del patriarcado, pero lo platiqué con mi psicóloga (¡uf! la importancia de contar con una acompañante profesional) y me ayudó a entender que no debía ser tan dura conmigo misma; que por mucha deconstrucción que procuremos, seguimos siendo parte de este sistema y es normal caer en ciertas acciones… así crecimos y eso aprendimos; que estaba bien si yo prefería hacerlo de esa forma, pues era mi historia y podía ser contada como yo quisiera; y, además, que el proceso que estaba viviendo constaba de varias etapas y que, si por el momento quería dejarlo así, era válido, pero que también, si un día quería aclarar esas iniciales, también estaría bien. Ese día llegó. Hoy vuelvo a editar mi testimonio y le pongo el nombre completo a esas siglas; lo hago sintiéndome menos vulnerable, con menos miedo, con más calma y consciente, una vez más, de lo que ya dije arriba: este proceso no es lineal y sigo transitándolo (quizá la moraleja más importante de este texto).

Otro aspecto que vibró mucho en mí durante el video fue el tema de las redes de apoyo. No sé si estarán de acuerdo conmigo, pero a mí me pareció que el aprendizaje más grande que intentó compartirnos fue que las redes de apoyo pueden generar una completa diferencia en la experiencia de una víctima. Y es que sí, la ternura, la empatía, el cariño, la comprensión y la compañía salvan. Necesitamos ser escuchadas y sentirnos en un espacio seguro. Necesitamos apapachos (muchos), pero también compartir la rabia para que no se quede sólo atascada en nosotras. Necesitamos saber que realmente no estamos solas y que las personas a las que amamos reconocen nuestras emociones como válidas. Personalmente, no sé cómo hubiera salido de una relación llena de abuso si no hubiera contado con todo el apoyo y amor que mis personas especiales me dieron; más aún, no sé cómo seguiría lidiando con este proceso si no fuera por todo el respaldo que me dan, por su disposición constante a escucharme, por su cuidado tierno y paciente. Al igual que Nath, me tardé mucho en hablar sobre mi experiencia y las últimas personas a las que decidí contarles fueron mi mamá y mis hermanos (las personas a las que más amo en el mundo entero) y, de hecho, a raíz de esa plática fue que decidí hacer pública mi historia. Ellos, después de darme unas palabras preciosas de apoyo y reconocimiento de valentía, me preguntaron por qué no se los dije antes. No estoy tan segura de qué tan bien les expliqué el miedo y la vergüenza que sentía al pensarme tan vulnerable ante ellos, pero me resultó muy importante hacerles saber que, a pesar de no haberlo hablado antes, siempre supe que estarían para mí. Algo similar ocurrió con mi mejor amigo, quien siempre me apoyó durante los años que duró esa relación porque sabía que vivía con el corazón roto, pero que se enteró sobre el abuso sexual en una de nuestras profundas pláticas mientras viajábamos en el metro, mucho tiempo después. Cuando terminé de contarle y vi sus ojitos llenándose de agua por la rabia y tristeza de saberme víctima de algo así, quise decirle, también, que si no se lo conté antes fue porque no estaba lista, porque no sabía ni siquiera cuánto necesitaba sacarlo. Para mí siempre fue muy duro el enojo que me guardé a mí misma por sostener una relación con mi agresor y eso hizo que me detuviera varias veces a compartir mi dolor. Afortunadamente, me fui comprendiendo y perdonando, el amor propio se fue volviendo mi mejor aliado y fui entendiendo que, cada vez que lo hablaba y nombraba en voz alta con las personas a las que amaba, todo el daño sanaba otro poquito. No puedo dejar de sentirme agradecida y afortunada por todo el apoyo que recibí; ese apoyo que vino de la manera más sincera y desinteresada; que vino sin juicios ni críticas; que partió principalmente desde el amor y que sigue brillando en cada uno de mis días. Ejemplo de esto último es la presencia constante de mis amigas, quienes me han escuchado hablar de lo mismo una y otra vez, quienes me han sostenido (literalmente) en los ataques de ansiedad que me han provocado los recuerdos y quienes, a partir de lo que ha ocurrido durante estos días, me han cuidado y procurado, sabiendo lo difícil que está siendo enfrentarme a todos los discursos misóginos y a mis propios recuerdos tormentosos.

¡Que viva la ternura! ¡Que vivan las amistades! ¡Que viva mi mamá! ¡Que vivan mis hermanos! ¡Que vivan las redes de apoyo! Y, sobre todo, ¡que vivan todas las morras valientes que gritan #YoTeCreo y que acompañan en los procesos paralelos de dolor! Porque sí, estas redes de mujeres que escuchan, acompañan, cuidan y acuerpan son salvadoras de vidas. Ejemplo de ello es también Nath cuando habla sobre la importancia que tuvo en su vida la pasada marcha del #8M. ¡No dudemos nunca de la fuerza e importancia que tienen las marchas! Y tampoco le cerremos los brazos a las mujeres que “no saben mucho del tema”, pero que tienen curiosidad. Recuerdo que justamente en el pasado 8 de marzo hubo muchas quejas por el hecho de que varias influencers y mujeres jóvenes fueron también a manifestarse. Muchas decían que sólo iban por moda, que “entorpecían” la furia del bloque negro, que eran tibias, etcétera, y —si bien estoy de acuerdo en que bajo ninguna justificación se deben aceptar los discursos de odio o los que criminalizan a las morras encapuchadas— creo que lo que ocurrió el viernes con Nath es una muestra más de que juntas somos más fuertes y de que cada una va viviendo su propio proceso en esta lucha colectiva. Si toda esa marcha sirvió para que una mujer se atreviera a hablar, a sentirse más fuerte y más segura, TODO YA VALIÓ LA PENA. Quien se acerca por “curiosidad” al feminismo, quien lo hace porque su “youtuber” favorita se puso un pañuelo morado, quien lo hizo porque un tiktok la inspiró, etcétera, quizá no sabe mucho sobre teoría feminista o probablemente va a tener opiniones que suenen contradictorias, etcétera, es cierto… pero no deja de ser una mujer que también vive bajo el patriarcado, que muy probablemente ya ha sufrido violencia, que va a crecer y a seguir forjando sus ideales, que seguirá aprendiendo, mejorando e inspirando a otras a también hacerlo. Si yo hubiera sabido sobre feminismo en la secundaria, mis decisiones siguientes hubieran sido muy distintas; si yo hubiera visto a mi youtuber favorita alzar la voz, probablemente me hubiera sentido menos sola y poco entendida cuando pasé por tanto dolor. TODAS las voces aportan y, una vez más lo repito, debemos tener siempre presente que los procesos no son lineales.

Vía @muffiholle

Ahora, respecto a los vatos… pienso tantas cosas que todo se enreda en mi cabeza. De entrada, creo que todo esto es tan estructural que cuando nos referimos a “TODOS LOS HOMBRES” lo decimos desde una postura que reconoce que TODOS viven bajo este sistema que les brinda ventajas y posibilidades para violentar, agredir, violar y lastimar; para hacer y deshacer sin pensarlo. Por algo, en todas resuena la vivencia de Nath. Los hombres no nacen malos y esto es una ventaja porque se nos abren dos posibilidades: 1) como personas, todas, todos, todes, tenemos la posibilidad de cambiar y mejorar; 2) otras realidades SÍ son posibles. Una vez dicho esto, me pongo a pensar también en lo doloroso que me parece que bajo este sistema y esta estructura, nosotras seamos las que tenemos que invertir tanto tiempo y energía en comprender, en sanar, en resignificar (etcétera, etcétera, etcétera), mientras ellos pueden seguir perfectamente con su vida. Luego, cuando esto cruza por mi mente, también intento detenerme a tiempo, ya que lucho constantemente por tener una mente menos punitiva, por salirme de ese molde y por imaginar soluciones que no involucren simplemente cancelar a las personas, ni mucho menos que asuman que la solución directa es la cárcel (por que no, ¡ningún ser vivo permanece a espacios con rejas y sin libertad!, ninguno). Pero, ¿entonces? Claramente no tengo la respuesta, pero algunas conclusiones a las que llego son las siguientes:

  1. Necesitamos que más hombres aprendan a reconocer sus errores sin darle vueltas. No se trata de contar la historia de la víctima con otras palabras “más suaves” o que la versión sea tergiversada a su favor; no se trata de hacer “gaslighting” e intentar minimizar lo que pasó. Se trata de que acepten su responsabilidad.
  2. Que una vez aceptada la culpa, estén dispuestos a mejorar y que se comprometan a intentarlo. Maneras hay muchas; pueden ir a terapia, escuchar más, estar dispuestos a aprender, etcétera.
  3. Necesitamos que más hombres rompan el pacto patriarcal, necesitamos su indignación y rabia cada que una injusticia pasa. OJO, no me refiero a intentos chafas de superhéroes que van a salvar a la morra en peligro; ni son hombres con capa, ni eso es lo que buscamos. Me refiero a que no se solapen, a que se cuestionen, a que se enfrenten entre ustedes mismos desde los comentarios que “entre broma y broma” sacan a relucir toda su misoginia, desde cuando se comparten nudes, hasta cuando violan a alguna y se encubren entre sí. Necesitamos su rabia y voz; no como un favor hacia nosotras, si no como una acción colectiva por el bien de todas y todos.
  4. Y bueno, nuestras instituciones de justicia necesitan, claramente, ser fortalecidas para que tanto víctimas como victimarios cuenten con el debido acompañamiento. Pero eso da para otro artículo (sino es que otro libro) aparte.

El camino bajo esta resistencia es largo y doloroso y realmente lamento mucho que tengamos que transitarlo. Sin embargo, me da mucha esperanza pensar que el “NO ESTÁS SOLA” cada vez se siente más cercano; no sólo porque nuestras redes crecen, sino porque, además, estas conversaciones se están llevando a espacios en los que antes ni de broma entraban. El proceso de cada una es distinto y la forma en la que cada quien decida transitarlo es válida; con denuncias o no, en silencio o con ruido, enojada o triste; todas nuestras emociones nos dicen algo y hay que dedicarle el tiempo, atención y cariño que necesitan. Yo nos creo a todas y nos repito que no tenemos la culpa por ningún tipo de violencia que hemos vivido. Creo profundamente en que todo este nivel de tristeza y rabia que sentimos sirve (y seguirá sirviendo) como motor para transformar vidas y realidades. Vamos demostrando día a día que juntas somos más fuertes; que nos tenemos y que, si tocan a una, respondemos todas. Este sistema tan violento va a caer y, en días como hoy —cuando la digna rabia y la ternura radical se hacen presentes— de verdad siento que lo estamos tirando.

Vía @las_curanderas_

Finalmente, no me gustaría concluir este texto sin decir que, en caso de que alguna necesite un espacio seguro para platicar o desahogarse, puede confiar completamente en que cuenta conmigo. Aquí hay mucho espacio para construir apapachos, valentía y fuerza juntas.

Tengo 22 años, soy feminista y estudio Economía en El Colegio de México.
Me encantan las ciencias sociales, aprender sobre desigualdad y cuestionar todo desde lo estructural y sistemático.
Creo firmemente que todo aquello que se hace desde la empatía resulta mejor.

Una respuesta a «Cuando una alza la voz, resonamos todas»

  1. Pau… Te he leído y me dejas con un sentimiento extraño difícil de explicar, sentimiento, no de duda, solo de enojo que sube y baja, tristeza y culpa. Te admiro como a tu madre la admiro por las mujeres que son. Miss sentimientos hacia ti como una amiga no cambian. No cabe duda que la vida nos enseña por todos lados y estando tan cerca, me dejas con una enseñanza que tendré que aprender a manejar. Gracias por tus palabras.

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