Cuando las patitas dejan de sonar

Por Rubén Méndez

Estas palabras están dedicadas a aquellos pequeños seres que llenaron de luz de nuestra vida y que día con día lo siguen haciendo con su mirada, sus saltos, su calor y cariño ¡Nuestras mascotas! Quienes tienen un lugar especial en nuestra vida y en nuestro corazón.  Se encuentren en este mundo o tal vez se hayan ido. No están físicamente pero dejaron huella, una pequeñita gran huella. 

Vía @Piuskius

Un tema difícil

Muchas personas tienen a un animalito de compañía a su lado. Nos proveen de alegría, afecto y una diversidad de emociones. Nos despiertan por la mañana y se acurrucan junto a nosotros en las noches. Nos hacen sonreír con pequeños actos. Nos conmueven con su mirada, sentimos su amor y cariño. Hacen que el estrés de las responsabilidades cotidianas sea más ligero, y uno de sus abrazos siempre nos reinicia la vida. En ocasiones, nuestra mascota es la única familia que podemos tener cerca. Son seres realmente muy especiales para nosotros y nosotras.

Pero, a la alegría de compartir momentos hermosos, la acompaña el sentimiento de perderlos; ya sea por el transcurso de los años, que les suceda un accidente o que padezcan una enfermedad. Su muerte pasa por nuestros pensamientos frecuentemente. Pensamientos que son callados de forma pronta, por no querer ni siquiera tener una ocurrencia de ese momento tan triste. Pero, hagamos lo que hagamos, el momento sucederá inevitablemente.

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Nuestras mascotas llegan a convertirse en un ser muy querido y muy importante en nuestra vida. Se trasforman en un integrante de la familia. Y es por eso que, cuando perdemos a una mascota, se va con ella una parte valiosa de nosotros y nosotras. Los momentos, las emociones, los recuerdos que tuvimos a su lado, ahora nos causan mucha tristeza. Perdemos a alguien a quien confiábamos nuestros secretos, nuestras ideas, nuestras locuras. Un ser que nunca nos juzgó por lo que éramos. Que nos daba cariño en todo momento, lo necesitáramos o no. Siempre estaban ahí, moviendo su colita, su pequeña nariz, sus tiernos ojos, sus bigotes, o sus delicadas plumas.

Es por eso que sufrimos, y mucho. Porque no comprendemos ni hallamos respuestas, ¿por qué no pueden vivir más?, ¿por qué seres tan hermosos padecen de una enfermedad tan horrible? ¿O por qué el destino hizo que la vida se les esfumara en un accidente? Esas y muchas preguntas nos invaden. Y es que los animalitos que nos acompañaron realmente muestran una comprensión enorme. No hallamos maldad alguna en su ser, y por ello, nos cuesta más trabajo asimilar su pérdida. Nuestro estilo de vida cambia drásticamente con su ausencia. Más allá de los paseos, los juegos, las muchas dinámicas que podíamos tener, nuestro/a compañero/a de vida, se ha ido, ¡se ha ido!

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Las patitas que nos han dejado huella

Duele, y duele mucho. Quienes hemos pasado por este momento sabemos lo indescriptible que puede llegar a ser. El llanto se ahoga en nuestra garganta mientras lo ves dormir para siempre, sabiendo que sus ojitos no brillaran jamás. Que nunca volverás a escuchar su ladrido, su miau, sus gritos de emoción. Que ya no podrás contemplar su silencio mientras descansa, mientras se cobija. Que no podrás hacer de la hora del baño una aventura más. Las patitas que corrían en el pasillo han sido calladas.

Y es que no hay respuesta para calmar ese triste sentimiento -y probablemente no las necesitemos-. Queremos apartarnos de todo y de todos. Porque también existe un duelo que muy frecuentemente se presenta con mucha incomprensión. Escuchamos frases como “solo era un animalito”, “puedes comprar otro”, “se te pasará pronto”, “no comprendo porque te afecta tanto”. En ese instante, solo quisiéramos salir huyendo como mejor opción, pues nadie puede saber lo que realmente vivimos junto a uno de los seres más especiales de nuestra vida, y no nos atañe que nos entiendan, en esos momentos no nos interesan muchas cosas.

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Es necesario que vislumbremos que el duelo por una mascota es muy importante. Era un ser muy amado, era parte de la familia, era nuestro/a amigo/a, nuestro/a compañero/a de aventuras, y no es fácil poder asimilar su perdida. Nos invade el sentimiento de culpa por no estar más tiempo jugando con ellos mientras vivían. Lloraremos por mucho tiempo, hasta que nuestros ojos no puedan más. No existe un tiempo determinado para recuperarnos y tampoco una forma correcta de hacerlo. Recuerda, no eres culpable de que se haya ido, no sirve de nada culpar a alguien

Al final, nos quedan los hermosos recuerdos a su lado. La felicidad que nos causó y los días alegres. Esos momentos son los que nos ayudaran a sanar, porque se trata de una herida que no pretende ser borrada, sino curada. Debemos seguir, pero ahora somos personas diferentes y nuestras mascotas han hecho de nosotros y nosotras personas mejores, mostrándonos que existe la comprensión y el amor desinteresado en este mundo. Se trata de que los momentos de luz le ganen terreno a la oscuridad de la perdida.

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Miradas que aman

Es muy difícil atravesar esta situación. Les comparto que yo tuve un periquito que llegó a casa perdido en una migración. Su nombre era “Paku”, quien vivió con nosotros 10 años, y cada año fue muy especial. Nos daba mucha alegría, risas y diversión al jugar. Él era libre de andar por toda la casa, y era el amo de ella. Un día enfermó y yo no estaba ahí. Para aquel entonces ya me había mudado. Él se quedó en Oaxaca y yo vivía en la Ciudad de México. Recuerdo que un día antes de que se fuera le hablé por teléfono como si estuviera ahí. Mi madre cuenta que él parecía buscarme con la mirada, como si quisiera despedirse. Al otro día, se complicó su estado. Y mientras mi mamá lo abrazaba, “Pakito” se durmió entre los cálidos brazos de una madre. Jamás olvidaré la llamada inmediata que recibí, me quedé petrificado. Mi mente no podía procesar qué es lo que había pasado. La tristeza me ahogó.

Ha sido un proceso difícil superar una pérdida. Para mí, fue la primera experiencia con la muerte de un ser querido tan cercano. Aprendí que no se trata de olvidarnos de su existencia, sino de valorar el enorme lugar que ocupan en nuestro corazón. Aprendemos a vivir con ello y a recordar sin sufrir, nos tome el tiempo que nos tome. Comprendemos la gran importancia que tuvo mientras nos acompañó. Esto no debe ser un impedimento para poder compartir amor con algún otro animalito que lo necesite. No se trata de remplazarlo, sino de ayudar a alguien a tener una mejor vida en este mundo, estando seguros que ellos lo harán con nosotros.

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Si actualmente tienes a una mascota junto a ti, abrázala muy fuerte y con mucho cariño. Muéstrale todo los días de su vida el enorme afecto que le tienes. Disfruten de los momentos que pasen juntos. Hagan locuras y diviértanse. Valora el poder compartir tiempo de tu vida y la de tu ser especial. Déjate conmover por su tierna mirada, estoy seguro que ellos ven el amor que les tienes a través de tus ojos, de tu calor, de tus apapachos. Tómate mil fotos y videos juntos/as haciendo travesuras, comiendo o simplemente contemplando el abismo de sus pensamientos. Habla con tu mascota, cuéntale tus penas, tus alegrías, tus enojos, te escuchará muy atento/a y probablemente encuentres respuestas.

Cada mascota tiene un lugar especial y único en nuestra vida. Los momentos son irrepetibles y la magia que tienen es realmente increíble. Por eso y más, les debemos mucho. Lo único que podemos darles es hacer que su estancia en este mundo sea la mejor posible. Mientras que ellos nos enseñaran el valor de la vida, del momento, del recuerdo, de la alegría y el amor. Nos enseñan que la muerte es inevitable, y que no hay tiempo que perder. Muchas aventuras nos esperan antes de la última.

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Si has perdido a una mascota como yo, déjame decirte que su amor no se ha ido, al contrario, está más cerca que antes. Te acompaña a cada lugar que vayas, en cada momento de tu vida. ¡Ahí está!, muy dentro de tus pensamientos, de tus recuerdos, de tu corazón. Porque la belleza de su ser no se puede esfumar en el abismo del universo. Forman parte de nosotros y nosotras, de lo hermoso de la vida, de lo bello que hay en ti.

Pakito

Él/He
Joven oaxaqueño formado en Ciencias de la Educación. Aprendiendo constantemente de las diferentes realidades sociales. Disfruto viajar y vivir México a través de sus culturas, arquitectura, gastronomía y misticismo. Amante del café, los momentos entre amigos y la música.

2 respuestas a «Cuando las patitas dejan de sonar»

  1. Nunca se supera ésta pérdida, pero vale totalmente la pena compartir la vida con un ser no humano que casualmente termina siendo más “humano” que nosotros.

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