Crónica de las injusticias en el futbol femenil

El oficio de un cronista se puede resumir a tres actos: observar, indagar y escribir. El cronista puede ser más flexible que el periodista y menos glamouroso que un columnista, pero no menos interesante; eso sí, siempre más responsable de las historias que cuenta porque reconoce y asume que sitúa sus textos desde la posición de un observador ¿Por qué contar esto ahora? Porque este texto no pretende ni asumir las voces de las mujeres y personas que conocen de futbol ni explicar el problema desde una perspectiva deportiva, sino a partir de los fenómenos de discriminación y desigualdad.

El futbol en México cobija varias de las conductas reprochables a los hombres, tales como el machismo y la homofobia; este artículo se enfoca en la primera. A pesar de que últimamente adquirieron mucha relevancia los comentarios que visibilizaban la desigualdad en el futbol mexicano tras el reciente triunfo de las recién campeonas Rayadas del Monterrey y el pobre reconocimiento de la directiva del equipo a su triunfo —con un IPad y sin el bono que prometieron—, esta historia (tristemente) inició hace mucho.  

En una estructura social que discrimina y violenta a las mujeres en todo ámbito, no sorprende que también se traslade al ámbito deportivo. En el imaginario machista el futbol “es un deporte de hombres” y bajo esta premisa de excluye, estereotipa y violenta a las mujeres; y a lo largo de los años su resistencia frente a estas condiciones ha generado cambios positivos, pero no los suficientes. Y esto no es su culpa.

La liga a la que pertenecen las jugadoras del club Monterrey y de otros 18 equipos permitió a partir de 2017 que las mujeres pudieran jugar de forma profesional y luego de una lucha de muchos años con la Federación Mexicana de Futbol. Desde 2006 Patricia García Cuéllar, presidenta de la Liga Premier Profesional de Futbol, hizo una solicitud para registrar la liga ante la FMF haciendo énfasis en la discriminación histórica del futbol profesional, los tratados internacionales en materia de derechos de las mujeres e incluso presentando un plan de negocios, pero su solicitud fue rechazada y las jugadoras siguieron participando en las ligas amateurs.

Cuando se jugó el primer torneo las jugadoras relataban condiciones indignantes: i) sus contratos establecían topes salariales de $2, 500 pesos mensuales, ii) puertas cerradas a jugadoras lesbianas y jugadoras extranjeras, iii) prohibición de embarazo, y iv) “conductas femeninas” fuera de la cancha, todo esto con el aval de la FMF y a pesar de que eran jugadoras profesionales. Aunque la situación ha mejorado luego de muchos señalamientos los avances no son suficientes.

La mayoría de las jugadoras sigue ganando entre $2, 500 y $30, 000, muy pocas tienen un salario que permita que se dedique de forma exclusiva a su carrera deportiva profesional, como Mirelle Arciniega (Puebla F.C.); quien además de su carrera como futbolista de primera división es madre soltera, entrenadora de un equipo sub-15 y fue seleccionada nacional. Jugadoras como ella ganan en promedio tres mil pesos mensuales y aunque no lo hace por el dinero sino por amor al deporte, según sus propias palabras, espera que con el tiempo pueda tener un salario digno. En contraste, un jugador profesional en la primera división masculina gana al menos 120 mil pesos mensuales con la posibilidad de recibir ingresos adicionales por patrocinios.

El problema no sólo son los salarios, sino también otras oportunidades. Mientras que en la primera división masculina pueden jugar a partir de los 13 años, las jugadoras tienen que tener al menos 18 años y seguir otras reglas de conformación de los equipos (máximo 18 jugadoras por equipo, de las cuales sólo 6 pueden ser mayores de 26 años) que no son aplicadas a los equipos masculinos. Por otro lado, sólo los partidos de finales de torneo se juegan obligatoriamente en los estadios de los equipos y los de fase clasificatoria y regular pueden ser jugados en otras instalaciones; a diferencia de los partidos de la liga masculina que siempre se juegan en sus estadios. Todo esto según los reglamentos oficiales aprobados por la FMF.

Respecto a los patrocinios se suele decir que debido a que la liga “está empezando”, pero también debe recordarse que se abandonó cinco décadas el futbol femenil y no se generaron condiciones que sí se generaron en el futbol masculino; y dado no existe la obligaciones de jugar partidos en los estadios, salvo que se trate de partidos de final, no se garantiza una venta de boletos amplia. Estas condiciones generan una especie de circulo vicioso: no transmiten los partidos en cadenas de televisión como los partidos de la liga masculina, no se dan a conocer las jugadoras y los resultados en los noticieros deportivos, no se crean audiencias y las empresas no se interesan en patrocinar, volviendo a cualquiera de las etapas.

Pero no todo es negativo, las jugadoras se están abriendo camino a pesar de todo. Por otro lado, organizaciones como Espartanas MX y Versus que comunican y dan seguimiento al deporte femenil, sin reproducir estereotipos, sin cosificar a las jugadoras y reconociendo su talento y disciplina.  Gracias a iniciativas como estas y la incidencia de expertas como Marion Reimers se está avanzando, reduciendo poco a poco la brecha salarial y rompiendo con los estereotipos. El futbol femenil está colocando figuras y modelos a seguir para otras mujeres jóvenes y niñas, y también está consolidando una plataforma para continuar con las luchas feministas.

Miembro de la Red Peninsular de Apoyo al Litigio Estratégico a favor de los pueblos indígenas y comunidades campesinas en los estados de Campeche, Yucatán y Quintana Roo, y de la Red Juvenil "Valiente” para defender la tierra, el territorio y el medio ambiente.

Escribo sobre política, sociedad y medio ambiente con perspectiva de derechos humanos.

3 respuestas a «Crónica de las injusticias en el futbol femenil»

  1. Estuve averiguando y pues el articulo es muy cierto, y es bueno saber que hay gente dispuesta publicar cosas como estas para que la gente se concientize y pida mas igualdad

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