Convivir pacíficamente con la depresión: Lecciones fuera de la neuronormatividad

El video (famosísimo) de la OMS, “Yo tenía un perro negro”, usa la metáfora de un perro para retratar la depresión, y es una manera excelente y sumamente didáctica de entenderla. Sin embargo, quienes vivimos con ella sabemos que la depresión toma muchas formas, a veces concretas y sólidas, a veces abstractas y líquidas. Ese sentimiento incorpóreo es tan mutable, tan abrumador, que cuesta describirlo gran parte del tiempo.

Es por eso que mucha gente considera extraña la frase que siempre utilizo al hablar de mi neurodivergencia, sobre cómo aprendí a “convivir pacíficamente con mi depresión”, sin embargo, es una frase que nace de un largo proceso de aceptación, afrontamiento y manejo de mis emociones para lidiar con mi Trastorno Bipolar. Y es una frase que no sólo es muy cierta, sino que, además, retrata una meta que no es tan imposible como se siente cuando se obtiene el diagnóstico por primera vez. Enlisto aquí tres de las lecciones más importantes que he aprendido para llegar a esta pacífica (y a veces hasta hermosa) convivencia con mi propia depresión.

Lección 1: Hacer las cosas mal

“Todo lo que vale la pena hacerse, vale la pena hacerse mal” -G.K. Chesterton. A simple vista, la frase parece no tener sentido. Pero hoy por hoy, la considero un mantra, un estilo de vida, una forma que querer y abrazar mi propia depresión sin tener que sumirme más en ella. Se ajusta perfectamente a lo que es vivir con depresión clínica.

Al padecer Trastorno Bipolar, uno de los hechos más difíciles de asimilar fue que iba a sentirme deprimido prácticamente la mitad de mi vida, que mis periodos de depresión iban a ser largos (de tres a seis meses); cíclicos, pues vendrían una o dos veces al año sin importar qué tan feliz me sintiera; y, lo peor, permanentes, pues el Trastorno Bipolar no tiene cura. Mi depresión puede tratarse, pero nunca irse para no volver.

Además, mi Bipolar cae en el rango de padecimientos que se clasifican como discapacidad. No todos los casos de Bipolar llegan a ese punto, pero el mío sí. La depresión me llega a “botar” al grado de que en ocasiones he pasado días sin comer ni dormir y, en otros casos, he comido tanto que vomito y me quedo dormido hasta veinte horas seguidas. He llegado a estar días enteros sin moverme de la cama ni bañarme, sin ir al baño, aunque la necesidad es tal que me causa dolor físico.

Y, entonces, surge el problema principal al que se enfrenta cualquier persona con discapacidad en algún punto: la lucha contra un monstruo llamado “productividad”. Nos sentimos en la obligación de “funcionar”, y no sólo funcionar, sino funcionar bajo estándares neuronormativos, hacer las cosas como si no tuviéramos depresión. Entonces, haces una lista (real o imaginaria) de cosas que harías normalmente si no estuvieras deprimide. Tratas de funcionar, de acuerdo con la neuronormatividad, haciendo todos y cada uno de los ítems de la lista, fallas el primero, te convences de que “ni para eso sirves”, no haces nada y te regresas a estar todo el día tirade en la cama sólo existiendo y llorando por no poder ser “normal”.

¿Pero qué tal si en lugar de eso, decidieras hacer las cosas mal? Si no puedes darte un baño, moja un trapo y te lo pasas. Si no puedes lavar tus dientes, mastica pasta dental, si no puedes limpiar tu cuarto, separa el montón de ropa del montón de basura y del montón de platos de comida. Hiciste las cosas pobremente, pero al menos te aseaste, cuidaste tu higiene dental y organizaste un poco tu desorden. Porque un secreto de la depresión es que el chiste no es funcionar, es sobrevivir. No importa hacer las cosas perfectamente, lo que importa es hacerlas de tal manera que no te hundas en la incapacidad, que puedas sentir tu depresión sin que ésta te gane y domine tu vida. Eso nos lleva a la segunda lección.

IG @chuckdrawsthings

Lección 2: Permitirte la tristeza

Siempre que hablo de estos temas, ya sea en conversaciones, en un post en Facebook o Instagram, o en cualquier medio, siempre se aproxima alguien con depresión a preguntarme cómo puede “derrotarla”, así que aquí les paso el secreto: no puedes. Porque derrotarla implica una lucha y a la depresión no se le combate, se le abraza.

Porque si luchas contra ella, como, por ejemplo, tratando de “funcionar” de manera normal como mencioné anteriormente, el perro negro se vuelve un elefante y te pisa el pecho hasta que no puedes moverte y con trabajo puedes respirar. Si abrazas la depresión, en cambio, el perro negro se vuelve un río, un río que fluirá a través de ti y que mientras lo haga, te hará sufrir, pero que pasará a su tiempo. Si luchas contra la corriente para acelerar el proceso, te vas a ahogar, si dejas que el agua siga su curso, te llevará hacia un mar de calma en algún punto. Sólo tienes que confiar en el viaje y soltarte.

No hay una “formula secreta” para escapar de la depresión, porque la única forma de lidiar con ella es no escapando. La idea aterra al principio, después de todo, iniciamos el proceso esperando nunca sentirnos tristes de nuevo. Pero la cosa no funciona así. Si trabajas por ignorar tu depresión, si te distraes en otras actividades, si te concentras en “técnicas milagro” que ofrecen soluciones para deshacerte de ella completamente de forma “fácil y rápida”, lo único que estás haciendo realmente es embotellar a la tristeza en tu cerebro. Y el cerebro, como cualquier otro contenedor, tiene un límite. La depresión que ignores hoy se volverá una serie de ataques de pánico, o una crisis emocional, o un arranque de ira; y lo peor es que no sucederá mañana, sucederá en tres meses o más y no sabrás de donde salieron tantas emociones de repente. Pero las emociones no surgen de la nada, las soluciones fáciles de hoy traerán cicatrices emocionales a la larga.

Lección 3: Confía en el proceso

Por último, cierro este artículo con la lección final: no dejes que los tropiezos de hoy te hagan dejar de luchar por estar bien. Cuando aprendemos a andar en bicicleta, nos caemos, raspamos y lastimamos, pero los moretones y la hinchazón pasan, las heridas cierran y andar en bicicleta se vuelve una rutina fácil.

Lo mismo pasa con la depresión, aprender a convivir con ella y aceptar que, aunque se vaya, probablemente regrese, son procesos que duelen, que indudablemente nos van a lastimar, pero con el tiempo, te prometo que llegará la depresión y la recibirás menos como un perro negro y más como una gata inquieta: a veces se te olvidará que está ahí, a veces será irritante, a veces hará un desastre, pero tendrás la confianza de que, si la dejas ser, se aburrirá y se irá de nuevo, hasta la próxima vez. Y, como toda gata inquieta, aprenderás a amarla en todo su caótico fluir.

Soy Rafael Abreu, psicólogo, autista y paciente bipolar que busca eliminar estereotipos negativos sobre la neurodivergencia. Clasificado legalmente como "Discapacitado, más no incapacitado." Me apasionan los temas relacionados a videojuegos, cine, neurodivergencia, discapacidad, la comunidad LGBT+ y DDHH.

Una respuesta a «Convivir pacíficamente con la depresión: Lecciones fuera de la neuronormatividad»

  1. Excelente publicaciön Rafael Abreu, me encanta la manera en la que logras hacer tan entendible estos conceptos y situaciones tan complejas. Esto nos permite tener una mirada y un panorama mås amplio sobre el tema y sobre todo cuånto nos falta por entender al respecto. Muchas felicidades Rafa!! Me encanta leerte.Mi admiraciön y respeto. Neni Cano.

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