Contra las nuevas masculinidades (o de cómo revolcar un gato hasta que parezca perro)

Este año, nuevamente, las redes se llenaron de publicación tras publicación sobre el qué hacer como hombres en el marco del 8M. Las respuestas todas giraron, nuevamente, en torno a este extraño concepto de la masculinidad “nueva”, “positiva”, “sensible”. Entre quienes se hacen (nos hacemos) estos cuestionamientos, parece que ya hay un consenso respecto a la esencia del problema. Lo que a mí me parece de lo más peculiar (no realmente) es que la solución al problema de la masculinidad parece ser… ¿más masculinidad? De machos a hombres, dice una de las páginas que más he visto compartidas, al grado de que parece estar peligrosamente cerca de tener el monopolio de la verdad en el tema. Tautología: “acumulación reiterativa de un significado ya aportado desde el primer término de una enunciación”.

Sin pretender que esto sea una disertación de ningún tipo ni sobre ninguna materia en particular, a mí me gustaría apuntar una cosa: lo que hoy nos gusta pensar como la vieja masculinidad, la masculinidad negativa, no es algo puesto en piedra, no es una verdad ni un concepto absoluto que se extienda a través de la historia de la humanidad. Como todo, la masculinidad cambia, varía, se deforma y reforma y reconfigura. Lo que sí es una verdad, lo que sí ha estado presente a lo largo de la historia, son sus consecuencias. Hemos tenido tal vez cientos, tal vez miles, de masculinidades “nuevas”, “distintas”. Ninguna de ellas ha cambiado, de fondo, el problema. Tal vez el problema no es, entonces, creo yo, el de una masculinidad obsoleta contra una nueva y flamante y pintada de rosa con brillantina. Tal vez el problema es la masculinidad en sí misma.

 Desde hace unos años, está en boga la idea de la masculinidad frágil, “la ansiedad sentida por algunos hombres que creen que no cumplen con los estándares de la masculinidad” y que “puede motivar actitudes o comportamientos compensatorios para restaurar el estatus amenazado de la hombría (manhood) ‘real’” (DiMuccio, 2020). Actitudes o comportamientos compensatorios, como, por ejemplo… ¿redefinir la hombría real? ¿Es que yo sí soy hombre; tú no eres hombre, eres macho? No me queda del todo claro.

 Yo —seguramente al igual que varios de los hombres que me están leyendo— durante mucho tiempo fui apuntado por no ser Hombre, un hombre real, bien hecho, que cumple con los estándares de la “masculinidad hegemónica”. Siempre he tenido una expresión masculina, siempre me he apuntado a mí mismo como un sujeto masculino, siempre he sido, pues, hombre. Lo que nunca he podido ser, a los ojos de muchos, es Hombre, así, con mayúscula. Eso es algo que hoy porto con orgullo y que pretendo que sea uno de los aspectos bajo los cuales me rijo. Después de muchas luchas internas y externas, decidí que yo no tengo ningún interés en ser Hombre, a pesar de que el ser hombre (con minúscula) es algo de lo que, por una u otra razón, no es algo de lo que yo haya podido separarme. Hay muchos mecanismos que operan alrededor del género. Yo, en lo personal, no puedo terminar de entenderlas y tampoco pretendo hacerlo. Lo que sí entiendo es que, cuando finalmente había hecho mi paz con el hecho de que jamás podría ni querría ser Hombre (¿quién sí podría, siendo completamente honestos? ¿quién puede cumplir a cabalidad con una carga normativa tan terrible?), vinieron un montón de personas —muchas de esas que, cuando niño o adolescente, me escarmentaron por mis expresiones, por mis amistades, por mis sentimientos, por mis formas de relacionarme– a decirme que, de pronto, sí puedo ser Hombre. Es más, me dijeron que, en realidad, yo había sido Hombre todo este tiempo. Quienes durante años se aseguraron de que yo supiera y sufriera las consecuencias de no serlo, de pronto, según entiendo, habían perdido su carnet de Hombres y se les había entregado uno de machos. Hazme el favor. Ambos siempre han sido uno y el mismo. Tautología.

¿Por qué seguimos tan obsesionados con ser Hombres? ¿Por qué seguimos tan obsesionados con exigirnos y exigirles a nuestros amigos, hermanos, compañeros, a los que tenemos a un lado, cumplir con las métricas del Hombre? ¿No será posible, acaso, divorciarnos de esa idea? No me queda del todo claro cómo pretendemos erradicar el problema si nos la pasamos cambiándole la forma, pero no hacemos nada con su contenido. Pienso yo: ¿realmente cuánto compromiso podemos alegar por esta (o cualquier otra) causa si nuestras soluciones son meramente formales?

Repito lo que hace apenas un par de días escribí en Twitter y que repetiré hasta el cansancio con todo aquel que me quiera escuchar: la vía de salida de la masculinidad (negativa, tóxica, vieja, si quieren) no puede, de ninguna manera, ser más masculinidad. La nueva y la vieja, la positiva y la negativa, la tóxica y la benévola: todas estas etiquetas, toda esta oposición artificial, no está sino evitando que nos hagamos un replanteamiento radical sobre lo que significa la masculinidad, sobre lo que significa ser hombre. Masculinidades hay muchas. Ninguna de ellas —y para ello tenemos la historia de testigo— podemos decir que, en tanto masculinidad, haya sido positiva.

A riesgo de pasarme de la extensión estándar para los artículos del blog (una profunda disculpa al equipo), me atrevo a plantear, como conclusión, una última pregunta que queda al lector como ejercicio: entendiendo que la masculinidad y la feminidad solo pueden ser definidas por oposición entre sí, ¿por qué no podemos, entonces, llamar a esto “nuevo” simplemente feminidad? Ninguno de los comportamientos ni estándares que plantean las nuevas masculinidades son, por lo menos en la superficie (ya hablaremos en otro artículo de ello, si les parece), masculinas. Las nuevas masculinidades, en efecto, parecen pretender acercarnos, como hombres, más a la feminidad. Las nuevas masculinidades pretenden ser no-masculinidades. ¿Por qué, entonces, las siguen llamando masculinidad? ¿Qué hay en el fondo de eso? ¿Es posible una masculinidad que no sea masculina?

Chilango apasionado y chavito bien empedernido. Me gusta mucho la política y creo que a veces un puro es solamente un puro pero también a veces no. Me gusta irme a dormir con más dudas que con las que me desperté y despertar con más que con las que me fui a dormir. A veces cuestiono más de lo que me gustaría.

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