Comunicarse en el Silencio

Hace casi tres meses mi abuela (la Yoyi) “se transformó en la luz que ilumina mi camino”.[1] La Yoyi nació en Chiapas por azares de la migración, ya que mi bisabuelo llegó desde China en 1925. La Yoyi poco sabía del pasado de su padre, ni siquiera su verdadero nombre. El bisabuelo un día era (inserte nombre en cantonés) y miles de kilómetros después, se convirtió en Ángel Chié Wong, por sentido de pertenencia (supervivencia). La Yoyi, a falta de un idioma en común entre elles, creció conectando con mi bisabuelo a través de la cocina, con pollo con curry, wonton o garnachas. De esta forma, la Yoyi se (nos) sostenía con deliciosos platillos como “lenguaje de amor” y aprendió a comunicarse en el silencio.

Cuando la Yoyi partió, yo no estaba ahí. No sabía qué hacer con tanto y la distancia se sentía —y a veces todavía se siente— abrumadora. Yo estaba en Nashville, Tennessee, un lugar al que no pertenezco, en el que me siento ajena y en el que mi identidad se ha visto trastocada y transformada. Un lugar donde las sutilezas importan. Un lugar en el que estoy por decisión propia y, afortunadamente, en “libertad” de estar, pero no siempre (ni completamente) de ser. En el que a veces dejo de ser yo, aunque sin cambiarme el nombre. 

Desde antes de llegar a Estados Unidos, me había dedicado, y ya tenía un interés profundo, a la migración.  No es coincidencia, pero un poco sí, que la organización que creamos se llame “Sin Palabras” y que trabajemos con personas en movimiento. En Sin Palabras, no usamos la comida (todavía), sino que la expresión se da por medio de la introspección, el arte y la creación de máscaras.  Desde entonces, la migración para mí siempre fue estudiada, vista “desde fuera”, nunca experimentada. Me costó —y todavía me cuesta mucho trabajo— asumirme como mujer migrante mexicana, la mayoría de las veces esto lo determina el contexto en el que me encuentro y los ojos que me miran, incluyendo los míos. La mayoría de las veces, me reconozco en la libertad que tengo de estar donde quiero estar, sin repercusiones.

Hace 6 meses que llegué, y en sentido de pertenencia (supervivencia) encontré una organización que da servicios a la comunidad latina. Aunque en principio iba a trabajar con infancias, terminé trabajando con madres. Mujeres que partieron de sus países por miles de razones distintas y complejas, sin poder voltear atrás. Mujeres que tuvieron que llegar a un lugar desconocido, pero que prometía algo mejor. Mujeres que antes de llegar ya eran madres y pudieron venir con su familia completa y, en otros casos, incompleta. Algunas que no lo eran y ahora lo son. Muchas de ellas han aprendido a resistir en un país despiadado, sin un idioma en común.

Como en muchas ciudades de Estados Unidos, la población de estudiantes hispanoparlantes de Pre-kínder a doceavo grado cada vez crece más. Las escuelas y el sistema escolar están todavía en proceso de adaptarse para poder atender las necesidades de las familias. De esta manera, por medio de talleres de 9 semanas, las acompañamos balanceando conocimientos sobre disciplina positiva y el sistema escolar estadounidense y, sobre todo, haciendo comunidad a miles de kilómetros de sus (nuestras) “tierras y familias.”

El día antes de lo de mi abuela, yo estaba con ellas. Rodeada de su generosidad y compañía, como si todo hubiera sido orquestado por mi Yoyi. Aunque tenía la opción de volver, me quedé, alejada de mi madre, aunque con 10 más. Con todo el dolor del mundo y con el corazón hecho pedazos, pero al mismo tiempo resguardado y apapachado.

Pasados los meses y sintiendo a mi abuela más cerca que nunca, sigo tratando de descifrar mi sentido de pertenencia. Comienzo a querer alejarlo de un lugar físico, incluso un poco de algunas partes de mi pasado, y empiezo a resignificarlo. Trato de conectarlo con aquellas personas que me rodean y me sostienen (de distintas maneras, distancias e instantes). Aunque yo no soy la misma —la misma que se fue hace tres años— mi experiencia como mujer migrante mexicana con el tono de piel de “un cafecito con leche por la mañana con tu abuelita”[2] se vuelve mejor cuando lo puedo compartir con otras e, incluso, comunicándonos en el silencio.


[1] Miriam Toews. “Fight Night”. 2021.

[2] Prisca Dorcas. “For Brown Girls with Sharp Edges and Tender Hearts: A Love Letter to Women of Color.” 2021


Mónica Trigos es Internacionalista por el ITAM y Maestra en Administración Pública por la Universidad de Columbia. Es una apasionada de la migración y del arte como herramienta de transformación social y política. 
Twitter @moniquitri

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