Codo a codo somos mucho más que dos: Apuntes sobre la empatía

De un tiempo para acá pareciera que hemos hallado en la palabra «empatía» una receta maravillosa, un manual inequívoco para los males que nos aquejan como individuos y comunidades. Buscamos —exigimos— empatía por todos lados y de todo el mundo: familias, amistades, parejas, superiores, autoridades, nosotres mismes… A todos los reclamos y quejas (me gusta el término en inglés grievance por su proximidad con grief: la congoja, la pesadumbre) les recetamos una buena dosis de empatía… y párale de contar. Estas semanas me he encontrado con el término siendo utilizado a diestra y siniestra, como arma y como escudo. Sin ser ninguna clase de especialista en temas de psicología, sociología ni ciencia política (todas disciplinas que han tratado extensamente, desde lo teórico y lo práctico, con la empatía y sus implicaciones) hay algo que no me he podido sacar de la cabeza en estos últimos días: ¿por qué no nos aventuramos más allá de la empatía?

La empatía se nos ha enseñado desde siempre como la habilidad de ponerse en los zapatos de alguien más. Sin duda alguna, esta no es labor menor: ser capaz de distraerme de mis propios intereses y preferencias, aunque sea momentáneamente, es un ejercicio que en un mundo disgregado donde los vínculos se debilitan con cada paso que da se antoja cada vez más cerca de la imposibilidad. Me queda claro que la empatía da pie al cuidado (protegernos y proteger a otres de “incursiones extraordinarias de violencia u otras formas de disrupción de nuestras vidas diarias”; “todo lo que hacemos para mantener, continuar y reparar nuestro “mundo” para que podamos vivir en él tan bien como sea posible”, según J.C. Tronto), pero también me queda claro que en la empatía no se agota el trabajo de cuidado. No puede bastar preocuparse; es necesario, sin duda, ocuparse. Me pregunto yo: ¿limitarnos a la empatía es limitarnos a la pasividad, a sentir en lugar de hacer, en un sentido “duro”, por decirlo de alguna manera?

En todas las vueltas que le he dado al asunto, me brinca mucho otro concepto: la solidaridad. Sin duda alguna, ambos conceptos son inseparables, de exactamente la misma manera que lo son la empatía y el cuidado. La solidaridad, igual que la empatía, ha sido objeto de largas discusiones y cavilaciones teóricas. A mí me gusta la definición que, siguiendo la línea de Durkheim, adopta Felipe Santos en su artículo Social movements and the politics of care […]: “la voluntad de los actores de contribuir con recursos privados –tiempo, dinero y energía– a los fines colectivos de un grupo”. Santos adopta esta definición basada en los recursos en lugar de una definición basada en la identificación (como la de Melucci, “la habilidad de los actores de reconocer a otros, y de ser reconocidos, como integrantes de la misma unidad social”) bajo el argumento de que “el reconocimiento no necesariamente se traduce en comportamientos observables y puede llevar a confusiones entre la solidaridad y las identidades colectivas”. Gracias, Felipe, porque expresaste de manera perfectamente clara lo que ha estado por debajo de mis cavilaciones y chaquetas mentales estas semanas: ¿La empatía necesariamente se traduce en acción? ¿Sirve de algo tener empatía y nada más?

En su artículo, Santos señala que Hunt y Benford abordan dos clases separadas de solidaridad: la externa, dirigida hacia grupos distintos al nuestro, y la interna, dirigida hacia nuestro propio grupo y, en consecuencia, hacia nosotres mismes (en mayor o menor medida). La diferencia no es menor y creo que puede dar un poco de luz en esta discusión de empatía vs. solidaridad en la que yo solito me he metido conmigo mismo: “la solidaridad interna está motivada, por lo menos parcialmente, en el autointerés, pues se espera que el logro del fin colectivo resulte en una mejora del propio estado”, mientras que “la solidaridad externa requiere empatía, dado que uno necesita relacionarse (relate) con la posición del grupo agraviado antes de contribuir sus recursos privados a la causa”.

No quisiera volver esto un resumen del artículo de Santos (que se puede encontrar en https://www.research.manchester.ac.uk/portal/files/131356602/Social_Movements_and_the_Politics_of_Care_FGS.pdf), por lo que no entraré en detalle respecto a sus explicaciones de cómo y cuándo la empatía puede más que el autointerés ni cómo se refleja eso cuando se aplica el lente de la teoría de la acción colectiva, que es en realidad lo que busca tratar el autor. No obstante, la lectura me dejó con una duda muy profunda: ¿Qué tanto, cuando llamamos a la empatía, o más aún, cuando la propugnamos a modo de praxis política, lo hacemos con miras al desinterés que tanto enarbolamos? ¿Qué tanto es la empatía (o corre el riesgo de ser) otro término que se ve sometido a los mandatos del individualismo más cruel, ese que más que ayudarme a formar vínculos y tejer redes con quienes me acompañan y a quienes acompaño, con quienes comparto, me ayuda a separarme de elles? ¿Por qué no adoptar, ante la vorágine descarada del capitalismo y todos sus acompañantes, la solidaridad como alternativa política (y politizada) a la empatía? 

Chilango apasionado y chavito bien empedernido. Me gusta mucho la política y creo que a veces un puro es solamente un puro pero también a veces no. Me gusta irme a dormir con más dudas que con las que me desperté y despertar con más que con las que me fui a dormir. A veces cuestiono más de lo que me gustaría.

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