Narrativas mal portadas

Todavía recuerdo aquel día en el cual invité a mi prima Natalia al cine para ver una película de Michael Haneke cuyo título era “Un final feliz”. Para puntualizar, fue una ida al cine en la cual no sabíamos nada al respecto; fue a ciegas, por así decirlo. Por el nombre de la película, suponía todo lo contrario. Iba a ser todo menos un final feliz. Me hacía pensar que iba a ser alguna película de comedia negra o algo por el estilo.

Para no hacer largo el cuento, salimos del cine viéndonos las caras como si hubiéramos presenciado algún tipo de experiencia paranormal; no sabía si lo que acababa de ver me había gustado o no. Simplemente sabía que definitivamente me había incomodado. También es cierto que fue un enigma. Fue una comezón incesante que me obligó a rascar. Me vi forzado a investigar y a saber más sobre este director de cine. Vi otras dos películas de él: Amour (la cual ganó un Oscar como mejor película extranjera en 2012) y La pianiste (2001). Todas me dejaron desconcertado ante el distanciamiento emocional de la particular forma de abordar las narrativas de sus filmes.

El dolor y lo implacable que es al denunciar la violencia en las interacciones humanas es la temática repetida al cual recurre el cineasta austriaco. La violencia no es estilizada ni grotesca, sino forma parte de la estructura de la narrativa. Pero sin duda alguna, entre lo que más desconcierta del cine de Michael Haneke, está su apreciación política y cinematográfica sobre la violencia, el mal, la tecnología y su crítica a una sociedad que vive anestesiada, viviendo una fantasía, escindiéndose de todo aquello que le debe interpelar. Bien dice él para una entrevista para El País: “Somos adictos al placer. Al falso placer del consumo, de la comunicación inmediata. Ya nadie encara el dolor, lo negativo. Cierto, es un tema recurrente en mi carrera”.

Como Haneke, he encontrado no sólo en el cine sino también en la literatura, propuestas que permiten generarnos más preguntas que respuestas, que nos hacen sentirnos incómodos, que hacen una crítica que nos obligan a cuestionar nuestras posiciones de privilegio. Haneke está convencido de que “los artistas deben de lidiar con la responsabilidad de reflejar la actualidad”. Comparto esa idea. Creo que resulta ya necesario pensar en que debemos de politizar sobre aquello que nos interpela como sociedad. También que el consumo de narrativas, ya sea en el cine o en la literatura; por tomar de ejemplo, hay mundos ficticios que reflejan interrogantes sobre nuestra realidad acerca de la forma en la que nos estamos relacionando actualmente.

 La manera en la cual se presentan estas propuestas, también considero importante de analizar al momento de generar algún tipo de crítica sobre el contenido que consumimos. El director austriaco, en reiteradas ocasiones crítica el hecho de que ahora el contenido que se nos presenta está ya desmenuzado, está hecho papilla para que al público no le cueste digerirlo. Todo está al alcance, no cuesta trabajo pensar. Privilegia el principio del placer. Nos emancipa de cuestionar, nos hace asumir una postura de neutralidad, de holgazanería, de ser apolíticos para no enfrentarnos con nuestros pensamientos machistas, clasistas, racistas, homofóbicos. Son contenidos sin una propuesta que nos genere una conversación fructífera, que impulsen a las personas para emprender un «viaje» hacia lo desconocido, hacia la comprensión de la otredad que no conocemos, que no vemos, que no interpelamos.

En la literatura, Cristina Rivera Garza (escritora tamaulipeca) ha realizado propuestas políticas desde su narrativa de la desapropiación, desde una escritura que desafía lo que se conoce del género, de las fronteras, del lenguaje. En su obra queda plasmada su preocupación por un mundo que se adolece. En numerosas ocasiones denuncia esa política que rige nuestro país en la cual hay cuerpos que importan y cuerpos que no. En el que la dignidad todavía no se hace costumbre. En el que el sistema heteropatriarcal nos enferma, nos violenta, que arrebata la vida a quienes viven en lo abyecto. En fondo y forma, su propuesta resulta de mucha importancia pues no permite a los lectores que encuentren comodidad ni respuesta a los enigmas que plantea. Rivera Garza recalca que “Siempre voy a estar del lado de los libros incómodos, que no necesitan carta de buena conducta para existir”. Se necesita a autores que “tomen al toro por los cuernos” y a lectores que “se la jueguen”, que apuesten por libros mal portados.

Tanto Cristina Rivera Garza como Michael Haneke tienen propuestas que no son fáciles de digerir, que nos presentan retos como lectores y que nos exigen desempeñar un rol como lectores activos e involucrados con lo que nos trate de decir el escritor. Son el tipo de propuestas necesarias para dialogar y para confrontanos ante una realidad inmediata que apela a nuestra cita.

Ante la crueldad, necesitamos romper la indiferencia” propone la escritora tamaulipeca. Tiene razón. Debemos plantearnos en comunalidad y desde lo personal, que también resulta político, nuevas formas de hacer frente a estas políticas deshumanizantes que nos vulneran como comunidad. Una forma de empezar es siendo responsables del contenido que consumimos a diario.

Referencias:

‘Ante la crueldad necesitamos romper la indiferencia’: Cristina Rivera Garza

https://elpais.com/cultura/2018/07/19/actualidad/1532015620_669164.html

 

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Psicólogo. Interés por la educación y consejería de la sexualidad, estudios queer y literatura latinoamericana.

Amo las películas de Yorgos Lanthimos, el jazz, la trova y leer artículos del New Yorker.

Mi libro favorito es “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro.

Convencido de que “lo personal es político”.

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