Este post no es sobre La Sirenita

Nací en el año de 1987, por lo que mi infancia transcurrió principalmente en la década de los 90, creciendo como muchas y muchos, con la segunda oleada de los clásicos de Disney: La [hoy tan polémica] Sirenita (1989), La Bella y la Bestia (1991), Aladdin (1992), El Rey León (1994),  Pocahontas (1995), El Jorobado de Notre Dame (1996), Hércules (1997), Mulán (1998) y Tarzán (1999). Por mi parte, probablemente por la incipiente adolescencia, perdí la pista de los lanzamientos posteriores, salvo algunas afortunadas excepciones. Hoy por hoy, soy de ese grupo de adultas y adultos nostálgicos que ha disfrutado de las recientes versiones live action (y sus correspondientes modificaciones en historia y personajes), más ahora que mi hija ya mantiene la atención y concentración en un estímulo por más de una hora, volviéndose candidata para acompañarnos al cine de vez en cuando.

En mi humilde opinión de mujer promedio y no particularmente cinéfila, los títulos anteriormente enlistados, me parecen piezas hermosas de animación tradicional y en algunos casos, bastante innovadoras para sus tiempos, pero sobre todo (y ahí sí puedo opinar más fundadamente), largometrajes musicales emotivamente acompañados de entrañables y perfectas bandas sonoras nacidas de la genialidad del fallecido Howard Ashman, Alan Menken, Stephen Schwartz, Tim Rice y en atinadas y afortunadísimas colaboraciones con Elton John y Phil Collins en El Rey León y Tarzán, respectivamente. Estas bandas sonoras acompañaron nuestras infancias con canciones que siguen clavadas en nuestra memoria, aunque algunos lo nieguen, con letras, a veces, más profundas de lo que podíamos entender a los 8 años.

Si bien, es cierto que las versiones de Disney distan mucho de las historias originales, la adaptación era necesaria para poderlas dirigir al público infantil de la época: definitivamente no hubiera sido tan agradable mirar antes de los 10 años El Jorobado de Notre Dame tal como la escribió Víctor Hugo, las historias de la mitología griega sin censura, o la misma Sirenita de Hans Christian Andersen, aunque después sea un necesario ejercicio crítico y de cultura general acercarnos a las historias originales.

En todas o casi todas las películas antes mencionadas, las mujeres son protagonistas o al menos personajes clave como en el caso de El Jorobado de Notre Dame y Hércules. Ciertamente, en un análisis feminista más estricto, a la mayor parte de estos personajes podríamos encontrarles algunos –muchos– discursos dominantes y hegemónicos, como por ejemplo que la mayoría son mujeres blancas y terminan siempre como pareja del protagonista masculino, siendo el amor (romántico) uno de los requisitos para salvar el día. Sin embargo, en los 90 es notable la dramática evolución de los personajes femeninos que abandonan poco a poco los modelos establecidos por Blancanieves, Cenicienta o Aurora, las cuales sólo se puede escuchar sus voces para cantar o manifestar sus deseos de encontrar al príncipe azul… o las dos cosas simultáneamente. Encantada (2007) es una ilustrativa parodia auto-satírica justamente de estos modelos femeninos representados en las producciones de mediados del siglo XX.

A raíz de los debates desatados por la reciente elección de la actriz afroamericana Halle Bailey para interpretar a Ariel en el live action de La Sirenita, señalando el color de piel como un cambio central, decidí escribir este texto enfatizando lo sustancial y memorable de los diversos personajes femeninos con los que crecí, que definitivamente va mucho más allá de sus colores.

En La Bella y La Bestia, la protagonista es el primer personaje femenino de Disney en rescatar al protagonista masculino. Es verdad que metafóricamente lo salva de sí mismo con un poco de “amor verdadero” y paciencia, cuando en realidad lo debió mandar a terapia, pero ya tener en pantalla a la chica salvando a todos, era bastante distinto a lo que se había visto antes en estas películas. Años después, la versión live action, intenta resarcir un poco el daño de promover una suerte de síndrome de Estocolmo, para darle al personaje de la Bestia una historia más consistente, una personalidad con más matices y un vínculo que se va construyendo poco a poco entre él y Bella, que nos deja ver cómo se va complejizando la relación entre ellos.

Otro aspecto importante es como Bella es retratada como una persona diferente y rara al respecto de los demás aldeanos, por su nivel intelectual y el gusto por la lectura, así como el rechazo categórico a las propuestas de matrimonio de un personaje como Gastón, un ‘onvre’ en toda la extensión de la palabra. Este tipo de características no habían sido tan importantes de narrar en personajes femeninos de películas anteriores: eran bonitas y eso bastaba.

Tuvieron que pasar alrededor de 60 años para que Disney se atreviera a presentarnos personajes de razas diversas a la blanca y no de forma simplista o excesivamente caricaturizada, por no decir racista. En este caso, Jazmín, una mujer árabe, Pocahontas, una indígena norteamericana, Mulán, una mujer china y Esmeralda, una gitana. Me detendré brevemente en cada una de ellas.

Jazmin, al igual que Mulan, desafían el protocolo y la tradición, la primera para revelarse contra los matrimonios impuestos, la segunda para darnos una cátedra sobre igualdad entre hombres y mujeres. La temática abordada por Mulan hacia finales de los 90, resulta bastante atrevida y necesaria, con seguridad, muchas niñas cansadas de los mismos lugares comunes, disfrutaron de un personaje estratega y capaz de luchar como cualquiera de sus compañeros hombres. El grano de arroz que inclinaría la balanza.

Pocahontas es un personaje maravilloso para hablar sobre colonialismo y hegemonía (ya voy a empezar), así como para cuestionar el antropocentrismo cantando «Colors of the Wind».

La película del Jorobado de Notre Dame es mi favorita por muchos aspectos: Alan Menken y Stephen Schuartz captan la esencia de la música sacra para transformar las sensaciones desde lo tenebroso, hasta lo dulce y lo épico en uno de los soundtracks más hermosos de Disney; Esmeralda, como una mujer gitana, en absoluto modesta o recatada con su sensualidad, consciente de su marginación social y la de su comunidad.

Víctor Hugo relataba principalmente historias de dolor social en sus obras como lo podemos ver en esta novela y en Los Miserables. La versión original de El Jorobado es mucho más oscura, cruda y trágica, siendo un retrato del París de finales de la edad media. La Esmeralda de Víctor Hugo, una niña inocente, es muy distinta a la de Disney. Si bien, las historias toman rumbos muy diversos y cada una de las Esmeraldas cumple funciones diferentes en sus respectivas historias, me gusta más la Esmeralda de Disney.

La gitana se manifiesta en la plaza tras indignarse por el trato que reciben Quasimodo y su gente (históricamente, los gitanos siempre han sufrido de persecución, discriminación y marginación en Europa) por parte de las autoridades parisinas. Ya de adulta, no puedo evitar emocionarme cuando ella levanta el puño y grita “¡Justicia!”, arengando antes un subversivo discurso bastante interesante. Escenas posteriores entra en Notre Dame y tiene un dialogo con el sacerdote acerca de la discriminación y desigualdad en el mundo. Es de mis favoritas la escena en donde se dispone tímidamente a orar, observando primero a los feligreses que estaban de rodillas, para continuar declarando que no sabe si en verdad Dios está ahí escuchando, sin embargo, se aventura a pedir en su oración por la gente marginada en la canción «God Help the Outcasts», contrastando con las oraciones de los devotos pidiendo fama y fortuna. En este punto, se ve como ella camina en dirección contraria a todos ellos en una hermosa metáfora visual. Jamás creí que Disney nos regalaría una reflexión digna de la Teología de la Liberación en alguna de sus películas, pero así fue.

Creo que el tema da para muchas, muchas líneas más que no necesariamente pueden ser escritas por mí, sino por quienes deseen interactuar con este texto. Pienso que hay muchos aspectos de contenido y de fondo sumamente interesantes en las historias de Disney y en sus heroínas (y por supuesto, muchos aspectos para destrozar y cuestionar), más allá de la forma y la paleta de colores elegida para un personaje. Disfrutemos no solo la nostalgia y la ortodoxia de esa nostalgia, sino las posibilidades que estos personajes pueden ofrecer, que si tanto influyeron en nosotras y nosotros tantos años después (que dedicamos conversaciones, debates y posts a este tema) ¿De qué formas cada vez mejores podrían influir en las infancias de ahora?

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Soy psicoterapeuta, docente universitaria, cantora, feminista y mamá.

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