Casas de estudios inhóspitas

Acabo de egresar de la licenciatura de psicología de la UADY, egresé de preparatoria y de secundaria en el Centro Educativo Piaget, y antes de eso, egresé del Colegio Libanés Peninsular. Tal vez pudiera ser que en mi etapa universitaria pudiera haberme sentido más seguro que en otras etapas escolares; pero aun así podía presenciar las violencias hacia mujeres, hacia compañeras abiertamente feministas, hacia personas que, como yo, conformamos el espectro LGBTTTIQAP+ y hacia cualquier estudiante a quien se le atraviese algún tipo de violencia hacia alguna de sus identidades que le conformen. Esto no es un fenómeno aislado, es un hecho coyuntural que nos debe ocupar con emergencia: las instituciones educativas; en cualquier ámbito, nivel educativo y de cualquier procedencia, están siendo inseguras para los propios estudiantes.

Los grupos antiderechos y los partidos políticos “prianistas” han infiltrado sus discursos de odio en las instituciones de educación superior de nuestro estado y de nuestro país. Cabe aclarar que la emisión de estos mensajes por parte de estos grupos encuentra el apoyo en las instituciones tanto públicas como particulares, prestándoles espacios para que puedan transmitir sus ideas y creencias o al permitir que docentes, personal administrativo o externo puedan violentar sin ser debidamente penalizados. Ni que decir de que las víctimas de violencia obtengan justicia y no sean revictimizadas en el proceso de denuncia.

Recientemente se han brindado conferencias y eventos académicos en universidades que no han obedecido a un estándar de calidad educativa adecuada, pues no toman en cuenta a parte del alumnado que conforma parte de la diversidad sexual. Nos sentimos violentados al recibir mensajes que podrían afectar nuestra salud mental y nuestra integridad como personas dignas de derechos humanos al escuchar a personas que rechazan el matrimonio igualitario, a docentes que apoyan las terapias de conversión o que de forma abierta dicen ser parte del Frente Nacional por la Familia (para ser más precisos le llamamos frente nacional del odio) o de grupos “Provida” (para ser más exactos, grupos antiderechos).

También es preocupante la falta de interés por parte de las autoridades educativas de crear protocolos de atención para casos de violencia, acoso u hostigamiento sexual en las instituciones educativas. Y en el caso de la UADY, universidad que cuenta con un protocolo de este tipo, esto resulta reconfortante pero no satisfactorio, puesto que numerosas veces el colectivo de estudiantes que conforman “UADY sin acoso” han exigido que las autoridades a cargo del protocolo respondan de forma eficiente a casos de violencia hacia mujeres que no han recibido la atención necesaria y que sancionen a los agresores con la debida justicia que se debe a las víctimas. Las mujeres que se asumen abiertamente feministas reciben desacreditación y burlas por parte del cuerpo docente de sus respectivas facultades y son orilladas a tener que sobrellevar por ellas mismas el acoso a la cual son víctimas tanto por parte del cuerpo docente como del cuerpo administrativo y de las autoridades académicas.

Si bien es cierto que las instituciones de educación superior, y en específico, las universitarias, deberían ser espacios libres de violencia y que permitan el libre desarrollo de sus estudiantes, hoy en día parece no haber garantía de que se cumplan los estándares para una educación libre de violencia. La mayoría del cuerpo estudiantil pasa una gran parte del tiempo en las universidades, necesitamos la certeza de que podemos sentirnos seguros y que no se violentan los derechos humanos de todos, todas y todes. Esto es una obligación por parte de las autoridades educativas, puesto que es el alumnado quien paga por una educación laica y libre de discursos de odio.

Les invito a exigir a su universidad de procedencia una educación que incluya la seguridad de todos, todas y todes. Debemos de colectivizarnos y de tomar acción ante la apatía institucional y ante la violencia que se ejerce dentro de nuestras respectivas casas de estudio. No podemos quedarnos en silencio, sin voltear a ver a la otredad que nos interpela. Hagamos uso de nuestra voz que cuenta, que puede hacer eco y que debemos darle uso para que se nos cumplan las demandas que pedimos. Siempre en comunidad y comunalidad, tejiendo redes y extendiéndolas a quien las necesite.

Psicólogo. Interés por la educación y consejería de la sexualidad, estudios queer y literatura latinoamericana.

Amo las películas de Yorgos Lanthimos, el jazz, la trova y leer artículos del New Yorker.

Mi libro favorito es “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro.

Convencido de que “lo personal es político”.

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