Carta de una joven adulta para otra persona adulta

Por: maria gomez

Querida persona, espero te encuentres bien y con el corazón dispuesto para recibir lo que te quiero compartir. Escribo estas líneas para platicarte sobre el ser persona adulta; aunque parezca contradictorio que soy joven, precisamente de esto va esta pequeña carta, de una persona joven adulta a otra: un par de reflexiones sobre el adultocentrismo. Cuando era más pequeña y hablaba de mis sueños a corto plazo era común escuchar: “¿Cómo vas a hacer eso si eres muy chiquita? ¿Apoco sí vas a poder?, mejor espera un par de años y decides”; una respuesta adultocentrista de manual. Fue entonces que, por vivencias propias, comencé a cuestionarme y, en el encuentro con infancias, reafirmé la necesidad de traer al adultocentrismo a la conversación que tenemos ahora les jóvenes, adultes y adolescencias, sobre desde dónde y cómo queremos relacionarnos con las infancias.

A lo largo de mi vida ha sido fácil reconocer, además de las responsabilidades, los privilegios que tiene la edad: cumplir un año más o cambiar de nivel educativo, siempre ha tenido más implicaciones que el cambio de edad o de escuela. Dejar de ser niña, convertirme en adolescente y ahora ser joven han sido etapas del desarrollo influenciadas por la confianza de las personas adultas en mí y mis capacidades. Frecuentemente, se espera que la edad actúe como una suscripción, un ‘nivel’ más trae más beneficios, un suceso que se espera sea mágico en lugar un trabajo continúo de la niñez y las personas que les acompañan en esta misión.

A las infancias en el mundo adultocentrista no se les reconoce como parte activa y transformadora de la realidad. El adultocentrismo se escuda en ideas como “entenderás cuando seas más grande”, mientras que olvida todo lo que sí entendíamos (y ya no tanto) cuando estábamos en la niñez y, así, limita las acciones, decisiones y espacios que ocupan las infancias. Contratos de renta que dicen “no se aceptan niñes” como si la infancia fuese exclusivamente fuente de destrucción y ruido, como si el juego y el llanto no fueran formas de ocupar el espacio sonoro igualmente válidas que la telenovela o las noticias. 

La niñez es merecedora del espacio que ocupan. Incluso las personas adultas tenemos una deuda histórica con ella en la accesibilidad al espacio público. Por ejemplo, las infancias en el transporte público no tienen preferencia al sentarse, sin embargo, tampoco tienen de dónde agarrarse; es necesario cuestionarnos sobre los momentos o espacios que habitan sin estar acondicionados: ¿qué propuestas habría tenido la niñez al ser consultada en el diseño del transporte público de su ciudad? La falta sistemática de espacios incluyentes obliga a la niñez y a sus madres y padres a limitar su presencia a aquellos que sí lo son: las escuelas, los parques y sus casas. Esto no quiere decir que sean espacios no adultocentristas, porque pueden y frecuentemente lo son, sino que, son los únicos que consideran, en cierta medida, su tamaño, juego y forma de habitar en mundo.

La manera en la que se discrimina a las infancias parece para algunas personas aceptable, ya que la edad es una característica transitiva, pues nadie está en la niñez para siempre; pero siempre hay niñes en el mundo que son, simplemente por existir, merecedores una vida libre e infantil. Una invitación a sacudir colectivamente la carga negativa de la palabra infantil para comenzar (las personas adultas) a reconocer a las infancias como personas capaces, que se comportan diferente a personas adultas, cuyas decisiones y formas de habitar el espacio son válidas.

Las preocupaciones, sueños, ilusiones y sentimientos de las infancias son tan grandes como un océano. No es posible ‘ahogarse en un vaso de agua’ —frase utilizada para expresar que los problemas de la niñez son chiquitos, ya que “su única responsabilidad es la escuela”— o “entenderán cuando crezcan”. Son personas pequeñas, pero también personas completas. Desde la mirada adultocentrista, es imposible empatizar con sus sentires, incluso cuando en algún momento de nuestra vida nos sentimos exactamente de la misma manera.

Kadysz , P. (n.d.). Bikes Bicycles. Stocksnap.io. Consultada 2022, desde
https://stocksnap.io/photo/bikes-bicycles-4WNE643A53.

Me gustaría despedirme, compañere de la adultez, de esta pequeña carta con la invitación a mirar y acercarnos a las infancias en los espacios que compartimos con ellas, públicos y privados, desde de la idea de que son personas y no seres incompletos. Además, comenzar a preguntarnos sobre los momentos en los cuales fuimos indiferentes o actuamos de manera grosera y cómo podemos acondicionar las situaciones, lugares y momentos para compartirlos con las infancias. Al mundo que construyeron para las personas adultas le quedan muchas áreas de oportundiad, es nuestra responsabilidad encontrarlas y actuar en consecuencia.

Para concluir, una pequeña nota. La infancia no es homogénea, es tan diversa como formas de habitar el mundo, por eso se habla de infancias en plural y algunas están atravesadas por otros sistemas de opresión, además del adultocentrismo: el racismo; el machismo; el capacitismo; el clasismo; etc. que inciden directamente en su vida cotidiana, por lo que, al camino de construir de manera junta —personas en la niñez y en la adultez— un mundo de infancias libres todavía le queda un largo tramo por recorrer; pero encaminarnos es urgente.

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