Carta de una feminista

La marcha del domingo fue la primera marcha feminista de mi mamá. Cuando cuento que mi mamá me acompañó a la marcha FEMINISTA, la gente se sorprende porque es casi impensable que una persona que no es de mi edad o no perciben como subversiva, se identifique con el feminismo. Y es que hoy en día, si bien menos que antes, sigue habiendo un tabú alrededor de las feministas y del movimiento en general. Este artículo quiero dedicarlo a cómo, desde mi experiencia personal, logré derribar mi propio tabú mental y comencé el turbulento camino hacia la deconstrucción. Este texto encuentra su razón en mis hermanas de lucha –pues sin ustedes este escrito nunca habría sido posible– pero va dirigido hacia aquellas mujeres que todavía ven al feminismo con reservas.

Yo fui criada en el cristianismo. Desde ahí parece contradictorio, ¿no? “¡¿Cómo logras concordar tus ideales de crianza si militas en un movimiento que busca que las mujeres sean más que los hombres?!” Primero, porque decidí que no quería que mi creencia personal tuviera algo que ver con el machismo o con la opresión hacia cualquier persona –esto es una convicción a nivel individual, porque hay quien sigue utilizando la religiosidad como forma de opresión patriarcal–. Y segundo, van dos pilares que sustentan mi militancia: crecí aprendiendo que lo más importante es el amor a las personas, y el feminismo no tiene que ver con la superioridad de un sexo o género sobre otro, al contrario. El feminismo busca la emancipación de la mujer de un sistema patriarcal y machista que la ha oprimido a lo largo de la historia en todos los niveles: al interior de la familia, en la cultura judeocristiana, en la estructura económica, en la educación, en todos lados. Y esto último no está a discusión.

El problema es que estamos acostumbradas a pensar y estar bajo estructuras patriarcales de pensamiento: estamos tan alienadas frente a la opresión de ciertos grupos (mujeres, personas LGBTQ+, personas de racializadas, por decir ejemplos), que pensamos que un opresor tiene que sustituir al otro. Vaya que no es así. En el feminismo encontré hermandad, sororidad, empatía y amor. Más que nada amor sororo, porque cuando una mujer nos dice que nuestro movimiento no la representa, en el pensamiento solo nos viene “tal vez hoy no lo entiendas porque has sido muy privilegiada, pero si un día eres tú, tu hija, o tu madre la que no vuelve a casa, nosotras lo quemaremos todo hasta encontrarla(s). Nosotras escribiremos su nombre en el Zócalo”. Me atrevo a decir que en ningún otro lado había encontrado esa clase de empatía tan incondicional.

Ahora, esto tampoco es un cheque en blanco. Muy personalmente creo que los feminismos tienen que ejercerse desde la interseccionalidad: no solo mirando la opresión por género, sino la opresión por color de piel, por nivel socioeconómico, por posición geográfica, por no encajar en los estándares de cuerpo y belleza, por orientación sexual, entre muchos otros. Esto quiere decir que claro que mi feminismo no te va a representar si no eres capaz de ver más allá de tus privilegios de color de piel, de ciudad en la que vives, de nivel socioeconómico. Si tus privilegios te nublan la empatía frente a otras mujeres que han vivido violencias, muchas de ellas culminando en el feminicidio, entonces claro: mi feminismo no te representa y no te molestes en encarármelo, porque no busco representarte.

Hoy orgullosamente afirmo que milito en el feminismo porque he encontrado la hermandad que no encontré en ningún otro lado. Así. Porque, a diferencia de aquellos que culpabilizan a las víctimas por cómo iba vestida, porque qué andaba haciendo sola a esa hora, porque ella provocó a su agresor; mis hermanas siempre creen a las víctimas. Orgullosamente milito junto a mujeres que, antes que prejuicios machistas, ejercen empatía y cariño hacia aquellas que han sufrido la peor cara del sistema patriarcal. Milito junto a aquellas que dejan atrás su alienación de clase y empatizan con las más pobres: la discusión no es aborto sí o aborto no, eso es algo bien personal; la discusión es la criminalización de las pobres, o de la niña que fue violada a sus 12 años y cuyo derecho no respeta el Estado. Milito junto a aquellas mujeres que acogieron a las sexualidades disidentes en la secundaria y prepa, porque sus amigos hombres heterosexuales ejercían violencia hacia estos grupos por “no ser machos”, o por “ser marimachas”. Milito junto a aquellas mujeres que ENTIENDEN que una vida vale más que un monumento, y que claro que quemarían el Palacio Nacional junto a las madres de las asesinadas, porque de otra forma, el gobierno no nos escucha.

Marchar junto a mi mamá fue de las mejores experiencias que he tenido en la vida. Por varios momentos estuve nerviosa y temí, porque la policía gaseó y no quería que nada le ocurriera en su primera marcha –por una misma, como quiera, se tiene menos miedo–. Y hago hincapié en mi mamá, porque si ella marchó y si ella fue capaz de entender que el feminismo se trata de amor por las mujeres, de emanciparlas del patriarcado desde la empatía, entonces cualquier mujer que tenga un mínimo de empatía puede entenderlo. El feminismo no se trata de discusiones técnicas, morales y éticas –aunque hay quienes lo trasladan a esos terrenos–; se trata de lucha, de marcha, de acciones concretas en mi entorno y también más allá de mi entorno y privilegio. Las discusiones académicas también, pero acaban siendo huecas si no van acompañadas de acciones concretas.

Decidí hacer este escrito algo muy personal, porque para mí el feminismo se ha vuelto algo muy personal. A mí no me digan que “es una lucha de buenos contra malos”, porque estoy convencida más que nunca de que es el maldito (sí, maldito) patriarcado. A Ingrid, a Fátima, a Marichuy, a Mara, a Nadia (y a todas las demás), no las mataron monstruos anormales: las mató el patriarcado. Las mató su novio, su esposo, su amigo. Las mataron hombres con los que compartimos espacios públicos. Hombres comunes y corrientes, que tienen tan internalizada y apropiada la violencia machista que la llevaron hasta el más grande extremo. Los agresores sexuales y los feminicidas son dignos hijos de un sistema que les enseñó a odiar a las mujeres, hacen un gran homenaje al misógino canto del Potrillo “Mátalas”. Y así, ejemplos hay muchos: el patriarcado permea en todos lados. La idea de que la culpa es nuestra, de que una muchachita no hace esto o aquello, de que los hombres son “los herederos” y nosotras “las princesas”. No. Es por eso que yo decidí desertar del patriarcado, porque estoy harta. Hacia el feminismo me movió el amor, pero también me movió el hartazgo.

Así que ahí lo tienen. Espero que este texto haya movido algo en aquellas que no simpatizan con el movimiento porque tienen una idea equivocada de él; y si no fue así, yo seguiré luchando por ustedes y por las violencias que viven todos los días. Porque mi lucha y la de mis hermanas no se va a detener; pues como decía la pancarta de una hermana el domingo: No es una ola, es un tsunami feminista. Y como dice la consigna: Y tiemblen, y tiemblen, y tiemblen los machistas, que América Latina será toda feminista. La revolución somos nosotras, y los agresores nunca más tendrán la comodidad de nuestro silencio; las víctimas nunca más estarán indefensas ni solas, pues el miedo ya no está de nuestro lado. Soy feminista por Mara (que fue el primer feminicidio que me hizo llorar en la soledad de mi cuarto), por Fátima, por Ingrid, por Marichuy, por las 10 mujeres asesinadas hoy, por las 10 de mañana. Soy feminista por mi mamá, por mis amigas y por mi futura hija. Soy feminista porque quiero que la única sangre que derrame una mujer, sea la menstrual.

Tengo 23 años, estudio Relaciones Internacionales y vivo en la Ciudad de México.

Me gusta leer, salir a correr con mi perrita y soy una apasionada de Mafalda. Mis temas de interés son: desarrollo en América Latina (pobreza, desigualdad, democracia y elecciones, derechos humanos), relaciones Norte-Sur y feminismos.

Aquí escribo mis opiniones y mis preguntas.
“Hasta que la dignidad se haga costumbre”.

Una respuesta a «Carta de una feminista»

  1. Extraordinario Artículo!!! Felicidades Noelia porque seguramente tienes una madre extraordinaria y lo heredaste!! Yo soy abogada egresada del ITAM hace 25 años, y hoy mi hija mayor también estudia derecho en el ITAM. Ella me hizo llegar tu artículo y me dijo lo feliz que será cuando un día vayamos juntas a una marcha. Yo también, y le recordé que mientras eso suceda, marchamos juntas todos los días en nuestros quehaceres y vaivenes diarios, luchando por las mujeres, todas las mujeres.

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