Carta de adiós al feminismo

-Hannah Cubbells.

A veces toca despedirse de personas, de momentos y algunas otras veces nos despedimos de espacios. Cualquier adiós duele, ya se ha hablado numerosas veces de esto en películas, literatura y canciones. Creo que la razón por la cual el sentimiento de una despedida es tan profundo y doloroso es porque nadie está preparade para dejar ir aquello que alguna vez te hizo sentir segure y en calma. Nos solemos aferrar a todo lo que nos provoca esta paz, porque en la vida crear lazos tan extraordinarios es difícil y requiere trabajo y compromiso. Sin embargo, el tiempo llega de alejarte de lo que alguna vez quisiste, puede ser que esto suceda por circunstancias de la vida fuera de nuestro control, también existe la posibilidad de que sean nuestras propias decisiones lo que lleven a esto. En general la vida cambia y con ella nuestros planes y nosotres mismes. Dejamos algunos lugares porque ya no nos dejan crecer, dejamos algunas personas porque hemos crecido, y los momentos nos dejan porque como todo son temporales.

Es importante recordar que decir adiós implica un duelo. Pasar por uno siempre nos enfrenta con muchas emociones que suelen ser difíciles de manejar. Por eso debemos darnos el tiempo que necesitemos para digerir todo el proceso y lograr atravesarlo. Confiar en que lo que decidimos es lo correcto y que el fin de algo no es el fin de todo, aunque parezca que sí. Sin embargo, esto no lo hace más fácil, pues retirarse de algo, por mínimo que sea, implica también entender lo que nos llevó a dicho punto. Comenzamos negando que tenemos que irnos y tratamos de buscar todas las razones que aún quedan para mantenerse ahí. Poco a poco pasamos por otras de las etapas hasta que aceptamos que debemos dar un paso atrás y seguir nuestro camino porque el que construimos ahí ha terminado.

Hoy me toca decir adiós al feminismo que me ha acompañado en los últimos años y pasar por todas estas fases. Confrontarme con mis propias ideas y con la persona que alguna vez fui. Esta despedida también es dolorosa porque fue en el feminismo donde por primera vez encontré la seguridad y comodidad que el patriarcado me había quitado. Me encontré a mí por un tiempo, aprendí que muchas de mis inseguridades provenían de discursos machistas, y que mis formas de relacionarme con otras mujeres contenían aún misoginia internalizada. Cambié mi forma de pensar y deconstruí los valores que me habían inculcado desde la infancia basados en la religión y la “pureza” de la mujer. Dentro de mis relaciones surgieron muchos cuestionamientos y pláticas que ayudaron a que yo y mi círculo pensáramos más allá de nuestros privilegios. Pasé de visualizar a las mujeres como competencia a verlas como aliadas y hasta posibles amores. Entré a colectivas en las que adquirí herramientas para impulsarme e impulsar a otras desde la empatía y sororidad. En esos espacios feministas nunca me sentí juzgada. Marché y grité cuando era feminista, acompañé y me acompañaron las feministas, resistí junto a ellas y luché junto a ellas para hacer caer estructuras patriarcales. Ahora que me voy, tengo miedo de que todo esto tenga que quedar atrás. No es así y lo sé porque lo bailado nadie me lo quita.

Me llevo conmigo las relaciones que compartí ahí y que sigo nutriendo todos los días. Cargo en mi maleta mi nueva manera de percibirme a mí y a las demás mujeres porque entiendo que nunca ha sido nuestra culpa la forma en que nos trataban. Todo el conocimiento de las morras que vinieron antes que yo y gracias a las que hoy gozo de varios de mis derechos también viene conmigo. La empatía que generé y el aprendizaje que ahora tengo estarán siempre. Los límites que aprendí a poner ante las injusticias del mundo y mi voz que nunca dejaré callar. Sobretodo, mantengo mi rabia contra el sistema que nos ha minimizado por siglos y finalmente mi categoría de mujer.

Me voy, porque no puedo tolerar las violencias de las que ahora muchas han decidido ser parte. Ya no me encuentro con la confianza que previamente sostenía sin dudar. Ahora no sé en qué espacios estoy segure yo u otras personas no binaries, las mujeres negras, indígenas o trans. Porque el racismo, la transfobia y otras violencias llenaron estos espacios que antes eran de todes, intentando instruir a otras en cómo debían luchar y junto a quienes. Algunas ramas del feminismo se declararon transexcluyentes, escudándose en la teoría y oprimiendo a otras con base en su sexo. A las bisexuales nos invalidaron porque que nos gustaran los hombres significaba estar del lado del agresor. A las trabajadoras sexuales les dijeron que lo que hacían era la aceptación consciente de su explotación y de violencia sexual. Entre otros tantos discursos violentos que lamentablemente solo veo crecer. Valieron más las palabras escritas en libros que la propia experiencia de muchas. De pronto, la interseccionalidad no bastó para incluirnos en el movimiento y todo aquello de lo que huía por el patriarcado me alcanzó en el feminismo.

Afortunadamente encontré nuevos espacios donde había más personas como yo que ya no resonábamos con nuestra antigua lucha. Disidencias sexuales e identidades no hegemónicas a quienes nos atraviesan vivencias similares. Junto a elles ahora marcho y grito, acompaño y soy acompañade, resisto y lucho para hacer caer estructuras patriarcales. Hoy me declaro antipatriarcal y hago uso de mi derecho a marcharme (Tomo esto del manifiesto por el derecho a marcharse de la feminista Karina Vergara, y aunque no comparto todas sus ideas considero que es un buen ejemplo de que lo que se aprende en cualquier espacio va contigo a todas partes) de espacios que ya no son para mí. Me quedo con el feminismo, pero no en él, porque mi camino ahí ha terminado, pero sigue en otras partes. A aquellas que se mantienen estoicamente en el feminismo para combatir la violencia interna quiero decirles que está bien quedarse, seguro seguiremos siendo compañeres en muchas batallas. Sin embargo, también me gustaría recordarles que tienen derecho a irse, a buscar nuevos espacios o a crear los suyos propios. El proceso de despedida asusta y siempre es doloroso, pero no necesariamente nos deja con las manos vacías porque podemos elegir qué llevarnos.

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