Carta a mis papás

[*]

Hoy, después de cortarme el cabello, no quería llegar a la casa. Sabía lo que ibas a decir, mamá, sabía que no te iba a gustar. Mi cuerpo se derretía en nerviosismo cuando venía en el camión, me dolía el estómago solo de pensar en llegar y recibir tu desaprobación gentil, esa que me hace caer tan profundo después de haberme sentido en lo más alto al verme en el espejo o en los reflejos de los autos y gustarme, gustarme, esa cosa que aprendí después de mucho tiempo, de tanto rechazo hacia mi cuerpo.

Dicen que la esperanza es lo último que muere y, después de haber tenido aquella conversación donde te expliqué que tu preocupación solo me hacía sentir más débil, que si seguía sintiendo ese rechazo me iba a ver en la obligación de alejarlos de mi vida, esperaba que no me dijeras nada, muy dentro de mí, lo esperaba.

Pero no fue así.

Que quedé muy rapade. Pues sí, el corte quedó así, y me gusta. Que creías que ya iba a cambiar “ese estilo”, que ya iba a “madurarlo”. Pues no, no puedo cambiar algo que es ya parte de mí. De mi cuerpo. De mis gustos. De lo que me hace sentir bien hasta que llego a la casa y me dices, sin decirlo, que no, que no te gusta. Mi papá solo asintiendo con la cabeza, dándote la razón de manera silenciosa mientras me veía como si fuera algo obvio, algo que ya debía cerrarse, una etapa que debía concluir ya porque casi me gradúo y debo encontrar un trabajo y vestirme más formal y hacer lo que me piden hacer y dejar mi “rebeldía” a un lado y dejar de gustarme para gustarle a ellos. A mis futuros jefes. A mis futuros compañeros. Dejar de gustarme para gustarle a los demás. Dejar de gustarme para que me contraten. Dejar de gustarme para ganar dinero. Dejar de gustarme para que no me discriminen. Dejar de gustarme para que no me cierren las puertas. Dejar de gustarme para no batallar.

Porque la vida aquí es así. O haces lo que te gusta o vives de manera digna. O te vistes como te gusta o tienes trabajo. O te das gusto a ti misme o le das gusto a los demás.

Tengo firmes mis ideales, mamá, papá. Más firmes y delimitados de lo que alguna vez pensé que estarían. Y sé que todo lo que tengo que dejar para tener un empleo, o para no batallar, o para que no me discriminen, valen mucho más la pena de lo que voy a recibir al renunciar a ellas.

No sé si ustedes lo han sentido, yo espero que sí para que puedan (por fin) entenderme. Me miro al espejo, yo, sin todas esas voces en la cabeza que me dicen que no, y me quiero. Me quiero tanto. Cuando hago las cosas que me hacen sentir a gusto conmigo, me quiero tanto y me siento tan feliz, tan plene, tan orgullose de mí misme. De verme libre, de verme resistir y no desistir, de verme y no esconderme, de ser yo tal y como quiero ser.

Y es triste saber que cuando llegue a casa todos esos sentimientos se van a convertir en inseguridades, en preocupaciones, en barrotes que uno a uno se van a ir colocando alrededor de mi cuerpo hasta capturarlo, encapsularlo, enjaularlo, y verme de nuevo en una posición que tardé tanto en destruir, en superar. Verme de nuevo insatisfeche porque no les gusto a ustedes, papás.

Dicen que la (in)validación que más nos marca de pequeños, de adolescentes, de jóvenes o de adultos, es la de nuestros padres. La más importante de todas. Y creo que están en lo correcto. Porque no me molesta ir en contra de lo que una sociedad tan retrógrada, homofóbica, transfóbica, machista y misógina, piense y diga de mí, de mi existencia, de cómo vivo mi vida, no me molesta, verlos a ellos a la cara y decirles “pues se chingaron porque voy a seguir viviendo como se me plazca”, es resistir, y resistir contra elles me hace sentir que voy a lograr algo, un cambio, aunque sea pequeño, pero uno.

Pero ir en contra de ustedes, es otra cosa.

Yo los entiendo, o eso intento, con todas mis fuerzas y con toda mi empatía. Creo saber de dónde vienen, de lo mucho que han batallado porque la vida no es fácil, no lo fue antes, no lo es ahora y probablemente no lo sea en un buen rato. Ustedes son seres de otro tiempo distinto al mío. Ustedes y yo somos personas diferentes, con diferentes experiencias, con diferentes creencias, con diferentes ideales y con diferentes metas en la vida. Y sé que se preocupan por mí, por la vida tan dura que probablemente vaya a tener o que probablemente estoy teniendo ya. Probablemente yo estaría igual de preocupade si estuviera en sus lugares.

Pero ya basta, por favor.

Una vez vi un diálogo en una serie de Netflix, entre un papá y su hijo gay. A lo largo de toda la serie vemos al papá no estar de acuerdo con la forma de vida que lleva su hijo, es entendible, son una familia religiosa y negra, imagínense lo que es ser negro y ser gay, si siendo negro y heterosexual la vida es difícil.

El hijo, después de haber estado encerrado mucho tiempo, con miedo de salir, decide ir al baile de primavera de su escuela, vestido con un traje precioso color naranja con tonalidades azules y rojas, con tacones, con los labios pintados de celeste y un enorme turbante del mismo color cubriéndole la cabeza, es llevado a la fiesta por su papá.

El hijo baja del carro, decidido y seguro de su atuendo. El padre baja justo después de él y le dice:

- ¡Eric, espera! ¿Seguro que quieres entrar así?
-Sí -. Le responde su hijo.
- ¿Seguro que estás seguro?
-Sí, ¿por qué? ¿pasa algo malo?
-Cuando llegué al país -. Explica el papá. - Tuve que esforzarme mucho para encajar. Nunca quise eso para mis hijos. Quería que fueran fuertes y orgullosos. Pero tú eres muy distinto-. Le dice mientras mira sus ropas. - Tengo miedo por ti.
El hijo mira hacia el suelo, cansado, y responde. - Tu miedo no me ayuda, papá, me hace sentir débil-. Sentencia y da pasos para entrar al colegio. Su padre lo detiene otra vez.
- ¿Por qué tienes que ser… tanto? -. Le pregunta, respecto a su forma de vestirse, de ser tan visible.

Ustedes son ese papá, que hace sentir a su hije débil por el miedo que cargan y que después proyectan en comentarios hacia mi vestimenta, o hacia mi corte de cabello, o hacia mi peso. El miedo no ayuda, mamá, el miedo no ayuda, papá. No nos ayuda. Porque todo lo que hacen es transmitirlo. Y, si ya soy yo una persona lo suficientemente nerviosa por mi futuro, lo único que ustedes logran es ponerme aún más preocupade por lo que pasará cuando termine la universidad. Hacen que me dé miedo salir, hacen que me dé miedo relacionarme, hacen que me dé miedo buscar trabajo, hacen que me dé miedo graduarme, hacen que me dé miedo irme de la casa, hacen que me dé miedo no estar en una zona de confort, porque ¿qué tal si sí es cierto que me van a discriminar al buscar empleo?, ¿qué tal si hablan mal de mí?, ¿qué tal si se burlan de mí?

Y estoy tan cansade de sentir miedo, tan pero tan cansade. Que a veces siento que no voy a poder más, porque ¿qué me espera allá afuera cuando acá adentro no me hacen sentir a gusto conmigo misme?, ¿qué me espera allá afuera cuando acá adentro cuestionan mis decisiones en cuanto a mi apariencia, en cuanto a mi cuerpo?, ¿qué me espera allá afuera si acá adentro no es un lugar seguro para mí?

Sé que es difícil, ser papá de alguien como yo en una sociedad como esta. Sé que solo quieren que tenga una vida plena, feliz pero  creo que no tienen idea de lo feliz que estaría si ustedes me apoyaran en lugar de criticarme. No tienen idea de lo feliz que estaría si ustedes decidieran acompañarme en esta batalla que tengo que librar todos los días, en lugar de simplemente querer sacarme de ella.

Les escribo esto porque necesitaba hacerlo. Porque, aunque resulte muy cansado para mí tener que estarme explicando cada uno o cada dos meses, quiero que me entiendan, que me quieran, que me alienten, que me apoyen, en todas las decisiones que yo quiero tomar, en lugar de querer, alentar y apoyar las decisiones que debería de hacer porque la sociedad las exige. Les escribo esto porque los amo, con todo mi corazón.


[*] Esta carta la escribí en 2019, después del último altercado que tuve con mis padres. Al parecer, este texto les hizo entender muchas cosas y ahora mismo tengo una relación sana y amorosa con ellos.

Soy una persona no binaria, nacida en el 97. Estudié letras y aunque una de mis grandes pasiones es la lectura, muchas veces me inclino a la crítica social desde un enfoque cuir y feminista. Mis intereses siempre se encuentran en movimiento ya que me gusta aprender cosas nuevas. Creo firmemente que lo personal es político.
Me gusta escribir en primera persona.

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