Las caras de la cuarentena mexicana

La naturaleza de una pandemia nos coloca de sobre manera en una vulnerabilidad y exposición constante. Además de la existencia de las modificaciones sociales, económicas, políticas y culturales derivadas de esa vulnerabilidad. Después de esta cuarentena, no volveremos a ser los mismos.

 Socialmente, el COVID-19 modificó la forma de relacionarnos.  Desde los afectos, pareciera que el sentido del tacto se fue. Abrazamos, saludamos, besamos y acariciamos a quienes queremos, o a quienes les debemos la cortesía. Sin embargo, las limitaciones corporales que nos mantienen en casa – ya sea en solitario o en familia – nos ha volcado en un anhelo por el tacto y la comunicación. Ahora más que nunca queremos conectar con la gente. Pareciera que la prohibición nos ha hecho querer y añorar más al otro, o al menos evocar la posibilidad de tocarnos. No sólo para comunicarse con alguien y hacer más llevadero esto, sino el buscar la hora en que todo termine y materializar las muestras de afecto.
Por otro lado, para muchas personas el enclaustramiento representó permanecer en lugares dónde se les ha violentado. Para ellas, el salir de casa significaba un respiro que ya no está. Esas personas necesitan acciones que les aligeren la convivencia, necesitan no ser olvidadas.  De la misma manera, hay personas cuya salud mental se vio desmejorada y que, por tanto, necesitan atención psicológica, pero muchas redes de acompañamiento se han visto desarticuladas.

Por otra parte, en el ámbito económico la pandemia aceleró la crisis económica que algunos economistas ya venían venir. Y es que al menos en México se han perdido 346 mil 878 empleos. Sin contar que algunas empresas “amablemente” concedieron vacaciones a sus empleados sin goce de sueldo. Otras, se han solidarizado buscando mecanismos que permitan palear los estragos de la pandemia. Mientras que otro sector, debido a la precariedad de las condiciones, no puede resguardarse en casa como se había recomendado, siendo este el más vulnerable. Evidenciando así, la necesidad de encontrar soluciones económicas inmediatas.

Lo anterior, está vinculado con las discusiones sobre el quehacer o la inacción que los gobiernos (Particularmente el gobierno federal) han realizado para contrarrestar los efectos del COVID-19.

Puntalmente del gobierno de México se podría decir lo siguiente:
1) Tener un presidente que deliberadamente decidió acatarlas tarde, a pesar que su equipo ya estaba intentando cumplirlas. (Cosa no menos problemática debido a la edad y al cargo que Andrés Manuel detenta) Pareciera así, que hay dos posturas: La primera con AMLO a la cabeza y su retórica de siempre; y la segunda con López-Gatell intentado sostener una crisis sanitaria.
2)La ausencia de un mensaje serio – digno de un sistema presidencialista – que inste a los mexicanos a acatar las medidas preventivas. Y es que cuando ese mensaje llegó fue largo, carente de precisión y pareciera que la pandemia es un tema secundario, pues lo importante era informar los avances gubernamentales de las promesas de campaña.
3) La improvisación de su plan económico de rescate enfocándose en la baja de salarios, aguinaldos y fideicomisos antes que detener la inversión pública en obras que no deberían ser su prioridad ante una situación como esta (Dos Bocas y el Tren Maya) o siquiera el pensar en una estrategia de recaudación fiscal progresiva y escalonada a quienes tienen tienes más recursos, por mencionar algo.
4) No sólo el cómo usaremos el gasto público para la inmediatez de la situación, sino la infraestructura médica con la que el país contaba antes de la llegada de la pandemia. De antaño se sabe de los problemas institucionales que tienen los servicios de salud mexicana, además de la universalización prometida por la 4T que se vio interrumpida por la pandemia.
5) La necesidad de contar con instrumentos económicos de la administración pública ante situaciones excepcionales. Tales como el acceso a renta básica universal o la suspensión y amortización del pago de servicios públicos.

Desde otro ángulo, instituciones que despliegan artefactos culturales han suspendido toda actividad, transitando a la virtualidad de las cosas: Iglesias, teatros, conciertos, reuniones, discusiones y un largo etcétera de dispositivos culturales han transitado de manera apresurada a las redes sociales. Antes del COVID-19 ya existía el streaming, es solo que ahora se ha vuelto nuestra única herramienta para el acceso de productos culturales no cercanos.  Algunos ponen sus saberes a disposición de otros. Otros más buscan que ver, leer o aprender de manera gratuita. Porque sí algo es cierto, es que la dinámica del consumo también ha sido trastocada, dada la situación económica, se busca que algunos productos se socialicen de manera libre, con el mayor acceso posible, para hacernos más llevadera la situación.   Asimismo, las redes sociales también han suavizado la alteración de la cotidianeidad mexicana. Pareciera que ahora lo cotidiano es enterarnos, discutir y desmentir noticias falsas sobre el COVI-19.

En suma, la llegada del coronavirus a México permite detenernos un momento y observar, señalar, cuestionar las formas en cómo nos relacionábamos; también permite evidenciar las carencias del aparato estatal ante situaciones particulares y por ultimo; mirar reflexivamente la forma y el acceso a productos culturales. De la misma manera, dos posturas se han adscrito ante la pandemia: quién ve con optimismo la situación y se muestran dispuesto a realizar proyectos e intenciones personales. O aquellos que ven esto como una crisis y que están buscando darle una salida, desde lo particular, a su situación. Pero lo innegable es que cuando esto termine, todos seremos otros.

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