Café vs. Reloj

No hay días en los que yo no me sienta más activado para dejar fluir mis pensamientos que cuando tomo una taza de café de manera religiosa. Un café americano negro, cargado y sin la compañía de agregados. No pienso juzgar al lector por sus hábitos a la hora de tomarse el cafecito, aunque tampoco podría pasar desapercibido el hecho de que el café así es un gusto adquirido, y su preparación es parte importante para que se disfrute aún más de ese momento íntimo y personal. Ya sea en compañía de otras personas o de unx mismx, el momento para tomar café también es la excusa perfecta para dar y recibir amor, para compartir afectos, amenizar pláticas o para trabajar con todo el flow posible.

Conforme uno va desarrollando el afecto por el café, va regalándose la maravilla de tomárselo en su forma más pura. Y así como unx va siendo cada vez más vulnerable al estrechar lazos con una persona, también pasa lo mismo con el café. No necesitas endulzar el sorbo, no necesitas intermediarios. Tu paladar se llega a acostumbrar a esa sustancia oscura. Es cuestión de aprender a disfrutar de su amargura característica.

El café me recuerda al balance que tanto buscamos en nuestra vida. Aunque nuestras pérdidas, tropiezos y tristezas nos sepan algo amargas también dan lugar para tener oportunidades de crecimiento. Pero hay que saber apreciar eso para poder ser capaces de disfrutar luego de nuestros logros. Desde luego, al dar un sorbo al café por primera vez, además de escaldarnos la lengua no logramos sentir todos los sabores contenidos. El café es complejo. Dependiendo de la papila gustativa con el cual haga contacto se pueden distinguir diferentes notas de sabor en el paladar: desde notas acarameladas provenientes del café latinoamericano hasta las notas terrosas o de especias que son características del café asiático. El paladar se entrena así como se entrena para correr un maratón o para desarrollar habilidades mentales o psicológicas.

También el café es la rutina con la que la mayoría empezamos el día. Muchas veces unx puede ir al trabajo o a una reunión sin haber comido debidamente. En mi caso es todo un ritual la preparación del café en mi prensa francesa. También es un gesto envalentonado para desafiar al tiempo establecido por esta modernidad que nos apresura a vivir, que nos quita el tiempo para disfrutar de esos pequeños instantes para darse afecto a unx mismx.

Al despertar, lo primero que hago es preparar mi café. El tiempo para preparar mi café y disfrutarlo es de treinta a cuarenta minutos ¡Qué desperdicio de tiempo cuando te puedes preparar un café instantáneo! dice mi familia. Puede ser que también es un lujo o un privilegio el “tener tiempo”, el “hacer tiempo” o “desaprovechar el tiempo” al prepararme con escrupulosidad el café, pero el tiempo es cosa sobrevalorada, cuestión ilusoria que nos convierte en personas autómatas. Uno encuentra las maneras para (des)aprovechar el tiempo. Muchas veces las horas que utilizamos “(des)aprovechando el tiempo” son las que nos permiten mantenernos cuerdos para seguir existiendo, viviendo, sobreviviendo o lo que a estas alturas de nuestra vida nos dicte el maldito tiempo.

Si tomar mi café en prensa francesa significa un momento de serenidad, no dudo en derrochar esos cuarenta minutos en mí mismo. Si eso involucra ir a otro ritmo, que sea mi propio ritmo. Entonces valdrá la pena medir mi tiempo en cuestión de tazas de café que disfruté conmigo mismo o al compartir afectos con otras personas.

Psicólogo. Interés por la educación y consejería de la sexualidad, estudios queer y literatura latinoamericana.

Amo las películas de Yorgos Lanthimos, el jazz, la trova y leer artículos del New Yorker.

Mi libro favorito es “Los recuerdos del porvenir” de Elena Garro.

Convencido de que “lo personal es político”.

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