Buscando la aprobación colonial

Existen conceptos que se ponen de moda. Creo que, más que conceptos, son palabras que, al sobre usarse, o pierden su significado o se convierten en palabras a las que cada persona las define según su gusto, representando, entonces, nada y todo. Pienso en palabras como sustentabilidad, transdisciplinario, feminista… no sé, ustedes dirán, seguro hay una lista larga. Pero de la que me gustaría hablar ahora es de la palabra descolonizar. Puede ser que la hayan escuchado; hay que descolonizar nuestras dietas, nuestra idea de éxito, de amor, de trabajo, y hay que descolonizar el conocimiento y la academia.

No pretendo definir qué es “descolonizar”, ni pretendo asumir que yo sé cómo luce “la verdadera descolonización”. Pero lo que sí puedo hacer es hablar, desde mi experiencia, cómo he visto el uso del concepto. Y, además, reflexionar sobre cómo, en realidad, sí nos falta un chingo para, si bien no descolonizar, al menos hacerle resistencia a la colonización; la cual, cabe mencionar, no acabó cuando naciones en América, África, Asía, Oceanía obtuvieron su independencia de imperios predominantemente europeos —pero un poco más de eso más adelantito.

Una vez leí una tesis donde la persona realizando la investigación clamaba ser parte de la academia descolonizadora porque, durante su trabajo de campo y su análisis de datos, siempre tuvo presente que las personas a las que entrevistó (quienes son pertenecientes a una nación indígena) son personas. Perdón, pero que pinche baja está la vara para adjudicarse la etiqueta de decolonial. No, pues entonces yo voy a empezar a decir que soy bien activista porque retuiteo lo que publica la cuenta de gatitos contra la desigualdad.

Honestamente, no me sorprende. La academia es uno de esos espacios en donde nos colocamos en un pedestal, construimos un aire de superioridad, y nos damos golpecitos de aprobación en la espalda porque hicimos algo medianamente decente. Con esto no quiero decir que no exista gente que dentro de la misma academia esté trabajando de formas que definitivamente están inspiradas en el anticolonialismo, y les admiro y les respeto. Pero sí me pongo a cuestionar qué tan posible es la idea de una academia descolonizadora, cuando la academia fue y es un espacio construido desde el colonialismo, la supremacía blanca, y el positivismo. Honestamente, sí me pregunto qué tanto podemos construir alternativas desde un espacio que en sus meras raíces se sostiene por estos sistemas.

En fin, de lo que también me gustaría hablar en este tema de colonización/descolonizar es algo muy interesante, por describirlo de alguna manera, que he visto entre la gente (yo incluida) —no toda, eso sí, ni todo el tiempo— que nacimos en Latinoamérica y, particularmente, entre las personas que hemos migrado al Norte Global:

Primero, un esfuerzo potente de demostrar que sí “es un orgullo ser de [inserte nombre de país]” pero también “ah, pero yo no soy como la gente en mi país” o sea, no soy pobre, no soy corrupte, no soy ignorante y, claro, tampoco soy indígena. “Mira que blanquito, blanquita soy” dicen unes, mientras la gente blanca ríe en lo bajo. Esto es problemático porque parece ser que, en el imaginario de estas personas, las categorías de pobre, corrupte, ignorante, indígena, no existieran en el Norte Global, y oh, vaya que lo hacen. Y también es problemático porque pareciera que existe este deseo de negar o separarse de las condiciones “negativas” que se asocian con América Latina, y esto normalmente se hace asociándose o describiéndose con ideas o percepciones que se tienen sobre lo que es una persona blanca. No en vano se porta con orgullo el apellido del tatarabuelo español, el abuelo italiano, la blanquitud, el inglés sin acento, el capital cultural.

Y segundo, una necesidad de recibir la aprobación del otre, de la persona blanca, sobre todo. Esto se expresa en mostrarles la cultura de tu país, la comida, el arte, la música, el lenguaje, esperando, pero verdaderamente deseando, que les guste, y que su aprobación le de valor a algo que no necesita ni la aprobación, ni la valorización, ni mucho menos lo que muchas veces termina pasando: la exotización de las culturas no blancas. Es decir, cocinamos platillos “típicos” acá para que las personas blancas lo disfruten, pero qué perro oso comer eso en nuestros países. “Mira que gran música y fiestas se hacen en mi país”, pero que pinche pena la música de banda y las fiestas de pueblo.

Rebe Lope en la Asamblea Feminista de CABA para organizar el Paro Plurinacional del #8M. Foto también conocida como “cállate blanca”

Creo que el que nos valga tres hectáreas de [inserte sustantivo aquí] la opinión de la gente blanca, puede ser un paso en la dirección correcta, sobre todo porque la colonización es una dominación de una cultura hegemónica que somete a otras culturas a que se parezcan más a ella, a que desaparezcan o a que existan para el regocije y entretenimiento colonial.

Muchas veces asociamos colonización con dominación económica, dependencia, y sometimiento militar, siendo que estas últimas situaciones son producto del imperialismo (o neoimperialismo), mientras que la colonización se presenta sobre todo en las esferas de lo cultural y los valores. Pero claro que van junto con pegado (y van junto con el patriarcado), todo es una red de sistemas que se sostienen a sí mismos y se fortalecen mutuamente.

Reconozco mi hipocresía de escribir esto desde un país del Norte Global, y también reconozco que, quizá, no sea la persona más preparada (ni por mis conocimientos ni por mis experiencias de vida) para hablar de colonización. Pero sí quería compartir cómo es que el poder colonizador se expresa en todo momento, tanto por quienes tienen el poder, como por quienes no lo tienen.  Y también quería compartir cómo me molesta, me saca de onda, me entristece, que pues está cabrón salir de esto, no dudo que se pueda hacer, pero desde donde estoy a veces siento que nomás no.

Quizá por ahora lo que nos quede es seguir reflexionando y cuestionando lo que pasa a nuestro alrededor. Ahora sí que, amigues, hay que darnos cuenta. Dejemos de buscar la aprobación colonial. Sé que parece que a veces eso nos traerá más ventajas —individuales, claro—, pero al final estamos reproduciendo dinámicas que no nos traen ningún bien como colectivo, y, si hay algo que he aprendido en la vida, es que no hay futuro que se vea amable, ya no digamos esperanzador, si no saltamos del individualismo a lo comunitario.

Al final, después de esta catarsis, creo que lo que haré mañana será bailar el Chúntaro Style, lo cual es uno de los placeres que me puedo crear en estas praderas canadienses donde, al parecer, la gente piensa que sólo puede conectar conmigo si me habla de Cancún (sólo he ido una vez), burritos (el primero que comí fue aquí), y resorts (no gracias). Ante esos comentarios en mi mente sólo puedo pensar “cállate, blanco/blanca”.

Soy una mujer proletaria y anti-patriarcal. Mi comida favorita es el pozole. Hubiera querido ser amiga de Engels. Mi trabajo está enfocado en la diversidad biocultural y la ecología política. Creo que compartir ideas y sentires colectivamente es una fuente fundamental para la creatividad, la aceptación y la justicia social. Me gusta nadar, echar el chisme, cocinar, bailar, leer, y echar la chela. Mi cerveza favorita es la Patito (de Mérida, Yucatán). Dónde están los ladrones (1998) me cambió la vida. Mi escritor favorito es Alejandro Dolina.

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