Burnouts: La nueva epidemia de la era post-COVID

El inicio del periodo vacacional de invierno se acerca a pasos agigantados a los que yo misma les he agarrado un miedo inconcebible. Cualquier persona joven sabrá que siempre antes de un periodo vacacional es cuando la carga de trabajo se hace cada vez más pesada, con el paso de los días se van acumulando entregas, pendientes y todo culmina con el inicio del periodo de asueto. Sin embargo, conforme pasan los días, sentimos las consecuencias de estos nuevos modos de vida que hemos adquirido en el mundo post-covidiano agregadas a cargas de trabajo que, en otros momentos de la vida, no se hubiesen sentido tan crueles. ¿Qué es lo que está sucediendo?

Mucho se ha escrito sobre la emergencia de las llamadas “Sociedades de Cansancio”, siendo el texto más en boga el trabajo del filósofo coreano-alemán Byung Chul Han y la obra homónima al término. Desde la disciplina sociológica pueden haber ciertos roces con su propuesta –de la misma manera en la que las podría haber con cualquier otro filósofo social–, pero si hay algo que es sumamente rescatable son las concepciones del “poder” y el “deber” en la época postmoderna neoliberal, especialmente en los entornos de encierro que ha traído la contingencia sanitaria por el COVID-19.

Debido a la remotización del trabajo, muches de nosotres nos encontramos trabajando en los confines de nuestros espacios privados. Esto puede resultar en algo que ya había escrito hace unos meses –en esta misma plataforma– sobre la contaminación cruzada de los espacios de esparcimiento con los espacios de trabajo; sin embargo, surge otro evento a largo plazo que en ese momento no había contemplado: la borrosa y traicionera línea que describe Chul Han entre el “poder” y el “deber”.

Bajo la premisa del trabajo remoto sentimos, hasta cierto punto, una mayor holgadez de nuestros tiempos, puesto que se eliminan los tiempos de trabajo no activo, tales como el tiempo de transporte y las formalidades de los espacios de trabajo. Pero esta disminución de tiempo del trabajo activo no conforma a una disminución total. Por el contrario, la contaminación de los espacios de descanso con los espacios de trabajo tiene como resultado una ambigüedad en la distribución misma de los tiempos establecidos para cada una de estas actividades. En parte, tiene que ver con un factor psicoespacial de asociación de espacios, pero, más importante, con el énfasis de que si puedo hacerlo, debo de hacerlo. El mito de que en plena pandemia disponemos de un mayor tiempo solamente alimenta nuestra necesidad de sentirnos productivos y rendir a nuestros determinados trabajos y/o responsabilidades. Por así ponerlo, nuestros espacios donde predomina el “poder”, como lo son los espacios privados, se van mutando a espacios donde el “deber” contamina nuestra cabeza.

Es por esto que, en trabajos que se dan a distancia, las personas empleadas se verán con una mayor carga laboral, puesto que quienes las emplean tratarán de compensar estos vacíos del periodo del trabajo inactivo, a pesar de que su eliminación no contribuya a un verdadero aumento en el tiempo libre. Por su parte, quienes cuentan con un empleo aceptarán estas cargas de trabajo, puesto que pueden y, por lo tanto, deben. De la misma manera, el fenómeno mexicano del “ponte la camiseta” va alcanzando mayores frecuencias que en otros momentos. Esto, por una parte, como el resultado directo de un desplome económico tras la explosión inicial de la pandemia. Pero aún más importante, como una nueva medida de socialización que han desarrollado las empresas para incentivar a la persona empleada a trabajar más horas con el mismo salario y usando sus propios insumos (electricidad, espacio, internet), que en otro momento iban por cuenta de las empresas.

¿Cuál es el resultado de todo lo anterior? Burnout.

O el síndrome del “empleado quemado”, refiere a condiciones psicológicas y físicas en las que la población económicamente activa baja su rendimiento debido a una serie de síntomas derivados de una excesiva carga de trabajo y estrés. En enero de este año, se reportó que, de una muestra de 7.500 empleados, tres cuartas partes habían lidiado con burnout en algún punto de su vida laboral.

Si la proporción es alta, el tiempo en confinamiento y las nuevas formas de trabajo remoto han propiciado un aumento todavía mayor en este fenómeno que no hemos podido medir aún.

Estamos trabajando muchísimo más de lo que nuestros cuerpos pueden aguantar y, por lo pronto, no existen todavía soluciones estructurales que puedan mitigar las consecuencias de este fenómeno.

Solamente queda en nosotres tratar de tener una mayor consciencia de las advertencias de nuestro cuerpo y nuestra salud mental. Establecer marcaciones delimitadas entre los tiempos de ocio y los tiempos de trabajo. Es normal no rendir como se rendía en los tiempos previos a la contingencia, lo que no es normal es atenernos a las responsabilidades que van más allá de los confines de nuestro cuerpo. A veces el “poder” debería quedarse como la posibilidad y no como el impositivo autoritario del verde demonio capitalista, el “deber”, que vive en la parte de atrás de nuestras cabezas.  En fin, tomen agua, ¿no?

Celeste, como el color. Estudio Sociología en la UNAM y me especializo en Estudios de Asia. Tengo 20 años y constantemente me hago la misma pregunta ¿Se podría hacer un análisis sociológico de esto? La respuesta, para mala fortuna de los que me leen, siempre es sí.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *