En ningún lado debería de haber brechas de género y en la impartición de justicia menos

Pensar que dos candidatos a un puesto en igualdad de condiciones, con la única diferencia que uno es hombre, produce incertidumbre en quién será elegido, viene de nuestro afán de creer que los procesos laborales son meritocráticos, cuando no. Es verdad que existen esquemas regulatorios destinados a otorgar paridad, ya sea con acciones afirmativas o cuotas, estas medidas tienen por objetivo que la competencia sea más equitativa. Sin embargo, no son una garantía en la administración pública ni en la privada.

Decir “no hay mujeres en puestos más altos porque no quieren”, sin considerar todas las desigualdades laborales es completamente erróneo. Por eso, decidí investigar el poder judicial mexicano, porque todos los ascensos, en teoría, son meritocráticos y “sin sesgo de género”. Asimismo, no cuenta con acciones afirmativas, lo que quiere decir que iba a poder ver si había discriminación hacia las mujeres o no.

La presencia de las mujeres es igual o mayor que la de hombres en tareas administrativas y disminuye conforme se va subiendo en jerarquía.[1] Según datos del Censo Nacional de Justicia del INEGI, se reportó que en el puesto de Secretario había 36.6% hombres y 63.3% mujeres; no obstante, en el siguiente puesto (Juez) estos porcentajes casi se invierten, el 59.5% eran hombres y 40.4% mujeres, y en el siguiente 17% de mujeres nada más; es decir, perdimos 46 puntos porcentuales.

La administración e impartición de justicia se basa en la llamada carrera judicial, esta, consiste en que para ascender tienes que pasar ciertas pruebas. En teoría, están diseñados para que pasen los mejores candidatos.

Hay variaciones, pero desde 1995 casi siempre funciona de la siguiente manera: primero, un examen de opción múltiple —larguísimo— de conocimientos; luego, un caso práctico; y, finalmente, un examen oral frente a un juzgado de tres integrantes. Es importante mencionar que las convocatorias a los exámenes tienen mucha incertidumbre, las y los aplicantes, en caso de ganar una plaza cómo juez o magistrado, no saben dónde es, así como puede ser en Mérida, CDMX o Monterrey puede ser en Irapuato, Tamaulipas o Pánuco, por mencionar algunos lugares.

Mi investigación sostenía que la brecha de género vertical se debe a un trato discriminatorio entre hombres y mujeres en el reclutamiento. Esto, lo considero un problema estructural que afecta la conformación laboral y la repartición de tareas domésticas. Lo anterior tiene una explicación un poco obvia pero a la vez no tanto. En profesiones donde no hay mujeres en puestos de toma de decisión la repartición de tareas domésticas cambia. Esto, porque funcionan como limitante tanto para postular a puestos mayores cuanto para ejercer puestos más altos.

En México, las mujeres dedican cuatro horas más a la casa en parejas donde de por sí existe corresponsabilidad. Uno pensaría que si ya se dividen las tareas esto no tiene sentido pero sí por el concepto de carga mental. Para explicarlo mejor dejaré el comic de “Emma”:

La principal preocupación de todo esto, es que, en caso de contar con un órgano más equitativo, la impartición de justicia tiene resultados diferentes que, según ejemplos de política comparada, son deseables para la calidad de la misma porque los organismos paritarios son más justos.

¿Qué  buscaba y cómo lo busqué? Pretendía explicar por qué hay menos mujeres, por lo tanto, analicé el proceso de acenso.  ¿Cómo lo busqué? Armé una base de datos con todos los concursantes por etapa desde el 2000 hasta 2017 y, la analicé con base en las siguientes hipótesis: (1) se inscriben menos mujeres que hombres a los concursos para avanzar de puesto por la incertidumbre; (2) los exámenes de memoria perjudican a las mujeres; (3) si el jurado es de hombres, escogerán puros hombres.

¿Qué encontré?

Uno, que la incertidumbre pesa en los hombres y en las mujeres casi por igual, no obstante, pesa más en las mujeres con familia por las dificultades que implicarían movilizar a toda la familia a otra ubicación.

Dos, que los exámenes de memoria afectan a las mujeres en el proceso de ascenso. El tiempo invertido en el hogar, impide que las mujeres tengan las mismas posibilidades para prepararse y llevar a cabo el proceso de los concursos de oposición.[2] Esta afirmación parte de que el desempeño de las mujeres en las otras pruebas es mejor que el de los hombres. El tiempo disponible para la carrera profesional no es el mismo en hombres y mujeres cuando hay una responsabilidad familiar desequilibrada (Orgard 2019).

Tres, la literatura indicaba que las decisiones de los jurados o reclutadores muchas veces son inconcientes y que los hombres tienden a escoger hombres, esto no fue del todo cierto en el Poder Judicial. Sí, los jurados compuestos de hombres escogían más hombres, pero los jurados mixtos no escogían más mujeres. Los jurados mixtos tienden a escoger menos candidatos, lo cual quiere decir que son más estrictos y ponen la vara más alta.

Básicamente, los procesos “meritocráticos” para subir de puesto comúnmente tienen fallas. La discriminación laboral, en este caso por género, funciona de dos maneras. Por un lado, de manera grupal, es decir, que las mujeres no son electas por las instancias responsables de su promoción; entiéndase que, con base en estereotipos de género no son consideradas como candidatas para ocupar puestos de mayores responsabilidades. Y, por el otro lado, de manera institucional, esta ocurre por medio de mecanismos formales o informales, que forman parte del procedimiento para la promoción y dificultan a las mujeres alcanzar puestos más altos (como los exámenes de memoria).

Es importante tener procesos de ascenso con perspectiva de género porque de otra forma estamos sesgando la conformación de la administración pública. La perpetuación de roles de género es una de las principales causas de la discriminación laboral por género[3] y la discriminación sí funciona como autolimitante. Las mujeres no están considerando que la promoción vale los costos (tiempo invertido, responsabilidades laborales, incertidumbre familiar) porque la tienen mucho más difícil.

A pesar de que cada vez hay más mujeres en la fuerza laboral, todavía existe una brecha de género importante, sobre todo, conforme se avanza en los espacios de toma de decisión. Hay muchos factores que influyen en que un candidato hombre tenga más éxito que sus contrincantes mujeres. (Comunmente) se piensa que la o el candidato con más preparación es quien tiene “una clara ventaja”; sin embargo, muchas veces no es el caso y la ventaja está determinada por el sexo.

Un claro ejemplo de esto se puede ver cuando se analizan las edades promedio de mujeres que en efecto llegaron a puestos altos. En el caso del Poder Judicial, la edad promedio de las mujeres en los puestos más altos es mayor que la de los hombres, lo cual significa que las mujeres necesitan más tiempo para llegar a los mismos lugares que los hombres. A una jueza le toma 11 años llegar a ser magistrada mientras que con los hombres es secuencial. Estos once años claramente son un indicador para determinar las inequidades de género que impiden estructuralmente que las mujeres alcancen los mismos puestos que los hombres en los mismos tiempos.[4]

Y por cierto, todo mi argumento derivó de una revisión de literatura exhaustiva. En caso de querer leer la investigación completa o las fuentes de dicha revisión lanzen un tuit.

[1] La escalera en la carrera judicial funciona así: Secretario, Juez y Magistrado.

[2] «Carrera judicial y género: de secretarias a juezas, un techo de cristal (diagnóstico)». Consejo de la Judicatura Federal, diciembre de 2014.

[3] Lombardo, Emanuela and Petra Meier (2014) The symbolic representation of gender. A discursive approach. Aldershot: Ashgate.

[4] Fondevila, Gustavo y Mejía, Alberto. “Género y ocupación en la justicia federal”. La ventana Vol. 5 No. 40. Guadalajara 2014. pp 133-164.

 

Politóloga internacionalista de profesión, feminista foodie por convicción.

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