Apuntes sobre lo inmediato

El aforismo griego “conócete a ti mismo”, inscrito en el templo de Apolo, debe de ser uno de los más famosos y problematizados de la historia. Hay algo que es común al tratamiento del problema que inicia con la pregunta sobre qué significa conocerse a si mismo: conocerse a sí mismo es visto como un proceso que alguna vez inicia y ninguna vez termina (al menos no en vida). Lo importante de la cuestión, se ha pensado, está en todo lo que hay en medio. ¿Qué hay sobre el inicio? Leí que bien podría ser aquella primera vez que nos detuvimos a observar nuestro reflejo y fuimos capaces de reconocernos en el mismo ¿tendrá distinto destino haberse visto en un río que un espejo sucio?

¿Quién recuerda todas las primeras veces? Aun si pudiésemos identificarlas jamás podríamos contar nuestras historias en un orden cronológico lo suficientemente fiel (por aquello de que hay quienes buscan abordar el problema de la forma más lógica posible). Lo contingente, como una ola que nos revolca al fondo del mar, nos arrebata esa posibilidad.

Quizá preguntarse sobre sí mismo por primera vez es, como lo retrata con frecuencia la literatura y la poesía, una fractura. A veces esa fractura se explica como un momento originario. Como el pecado original asociado al género humano, con la expulsión de Adán y Eva del Jardín del Edén. A veces la fractura no explica, sino que sirve para imaginar el momento previo a esta. Sin duda, esta es mi forma preferida, por ser la más bella de todas. Un conocido ejemplo es el poema de Handke que se muestra al inicio de la película El Cielo Sobre Berlín de Wim Wenders. El fragmento inicial describe esta imagen:

Cuando el niño era niño,
andaba con los brazos colgando,
quería que el arroyo fuera un río,
que el río fuera un torrente,
y este charco el mar (…)

Caída y Expulsión del Jardín del Edén. Miguel Ángel

Desde aquí la infancia se vuelve a veces el propio Jardín del Edén. Mal traducido, Rilke decía algo así como que la verdadera patria es la infancia. Otras veces la fractura se disfraza, según la religión, en los símbolos y los rituales (la pena de una quinceañera quizá sea un símbolo difícil de descifrar de esa fractura). Incluso podríamos pensar si la fractura es un motivo de ser de aquellos movimientos espirituales, culturales y medioambientales donde se busca reconectar (la fractura como desconexión) con el Todo, con la naturaleza, con lo inmediato. En el fondo, esta cuestión está también en múltiples tratados de filosofía que teorizan sobre cómo llegamos a donde llegamos. Por ejemplo, aquel “estado de arrojamiento” al mundo del existencialismo también sirve como respuesta provisional de las dificultades de existir. Aquí la filosofía tiene un área de oportunidad, pues no ha terminado de decirlo todo.

¿Pero qué puedo decir yo? Si la fractura es una originaria separación entre vivir el mundo de forma inmediata y el vivir con el signo de la mediatez, no puedo sino pensarla como un proceso contingente en sí mismo, suscitado por la eventual (pero no segura) distinción de elementos que forman parte de un mundo, alguna vez inmediato. Saber las cosas en su carácter distinguible, como una extirpación de lo inmediato, es justo esa fractura. Lo otro, lo que se distingue de mi, comienza a revelarse desde aquí como tal. Tal separación no es un hecho abstracto acontecido una única ocasión, contrario a lo que ciertos textos filosóficos, tal vez por desinterés en problematizarlo, sugieren.

Por otra parte, aunque se asocie este proceso a la infancia, sobretodo en el terreno poético y literario, lo sustancial es considerar que la pérdida de la inmediatez con el mundo es un proceso que no está sujeto a un tiempo o edad en específico, en el caso de la experiencia subjetiva. Si acaso hay ciertos parámetros que tendrían su parámetro social en la sociedad correspondiente. De cualquier forma no es inocente el hecho de que sea mucho menos asequible vivir de forma inmediata con las cosas conforme crecemos. Nos exponemos con mayor frecuencia a aquellos sistemas e instituciones que nos piden pensar (y vivir en consecuencia) de forma mediata. Jugando a las reducciones, me pongo a pensar en si por esta razón el modelo de vida que comparten los académicos e intelectuales (personajes arquetípicos que se condicionan a abandonar la inmediatez de su experiencia con la realidad) se percibe como un modelo disociado de la forma cotidiana de vivir cotidiana.

A mi juicio, antes que constituir un pecado original (como lo propone la cosmovisión cristiana), este hecho constituye una suerte de herida original. Esta forma de conceptualizar nuestra relación con la realidad nos permite hacer paralelismos a su vez entre las dicotomias entre lo racional y lo irracional (alguien con sesgos nietzscheanos buscaría paralelismos entre lo apolineo y lo dionisiaco quizá, pero no los considero yo compatibles). Este enfoque permitiría detectar malestares sociales y culturales sui géneris. Piénsese en como todo estándar de vida tiene su contrarrespuesta en la contracultura, para ponerlo en términos modernos. En los extremos tendríamos una sociedad entregada a la inmediatez (quizá el hedonismo radical es una expresión de esta tendencia) y en contraparte una sociedad entregada a la mediatez (como ejemplo quizá podamos pensar en una sociedad sin ningún fundamento espiritual). Ambos polos se pueden expresar de formas distintas, lo cual está sujeto a los propios y complejos procesos históricos y culturales de donde se mire. Detectar la contrarespuesta al estado actual de las sociedad siempre ha sido de interés, mas pocas veces se busca en la forma que los individuos se relacionan con su realidad más subjetiva, lo que nos permitiría dimensionar cómo se expresa y discurre esa herida original en contextos específicos. Si las sociedades se han estudiado de forma deductiva a la luz de lo racional y lo irracional, quizá estudiarlas a la luz de su relación con lo inmediato y lo mediato permita un nuevo enfoque deductivo, que permita estudiar las experiencias individuales y subjetivas con matices mucho más ricos y diversos para luego trasladarlo al aspecto colectivo.

En permanente desconfianza de las categorías. Para quien sirvan los títulos: estudiante de economía y filosofía. Busco aproximarme a la realidad con disposición crítica.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *